Llamados de Cristina en una noche temible

Política

La Casa Rosada, como tantas otras veces con tantos otros ocupantes, se transformó en un lugar inhóspito y ajeno para quienes estaban allí adentro durante el atardecer del jueves pasado. «Que venga Kunkel, llamen a Kunkel», se encrespó Cristina, la primera dama, mientras se acomodaba las extensiones de cabello, que ese día parecían más rebeldes. La senadora todavía no había terminado con la última audiencia en el despacho que ocupa junto a la Sala de Situación de la Casa Rosada. Un ritual interrumpido cuando llegó la noticia: una parte de los manifestantes concentrados en la Plaza de los Dos Congresos se dirigía ahora a la Casa de Gobierno, amenazante.

Carlos Kunkel, a pesar de hacerse famoso en alguna revista como «el estratega de Kirchner», se había retirado 10 minutos antes. Contaba, acaso por su misma condición de estratega, con información privilegiada. Eso sí, no la compartió con quienes quedaban en el área presidencial: cuando se enteró de que una columna de protesta enfilaba para el palacio, comentó con un amigo: «Yo acá no me quedo».

• Contención

«El Flaco» Kunkel dejaba atrás a un grupo de kirchneristas ultras: su jefe, el secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli -más blanco que un papel-; el jefe de Gabinete, Alberto Fernández; el subsecretario de Relaciones Institucionales de la Cancillería, Marcelo Fuentes; el representante del Estado en Papel Prensa, Dante Dovena; y al abnegado Jorge Moreno, mano derecha de Carlos Zannini en la Secretaría Legal y Técnica y viejo amigo del Presidente desde los tiempos de estudiantes en La Plata. Este fue el elenco que pasó esas horas de incertidumbre en la Casa Rosada, tratando de contener a Cristina, casi desbordada después de asistir por TV a la manifestación.

En efecto, la senadora no paró de moverse desde que la concentración comenzó a caminar hacia la sede del gobierno. «¡Que venga 'el Chango'!, ¿dónde está 'el Chango'?», exclamó. «El Chango», Héctor Icazuriaga, titular de la SIDE, tampoco estaba a la vista. Lo mismo que su segundo, Francisco «Paco» Larcher, a quien también la esposa del Presidente comenzó a convocar para pedir alguna explicación a pesar de la mala relación que siempre tuvieron. Estuvo sensato uno de sus secretarios, el paciente Fabián Gutiérrez, cuando le dijo a Pereyra, el chofer: «Por más que vengan los de la SIDE, no van a agregar nada a lo que diga la televisión».

• Trago amargo

Como todos los funcionarios, ellos se repartían a esas horas entre Crónica TV y TN Noticias. «ATC», el preferido de la casa, mostraba para esas horas a Federica Pais haciendo su rutina. «¿Qué querían, que la Scalon se tirara a la pileta a transmitir en directo algo que no se sabe cómo sale? ¿No saben lo que le pasó en Parque Norte?», comentó uno de los contertulios, en la oficina de Parrilli. Estaba bien informado: la señora de Miguel Bonasso, encargada de contenidos del canal oficial, tragó amargo cuando emitió en directo, y en exclusiva, el discurso que Cristina pronunció durante el infausto congreso del PJ.

Mientras tanto, llegaban las primeras versiones sobre lo que ocurría. «¿Qué miedo tenemos que tener? Esto no es contra nosotros. No nos tenemos que poner nerviosos», razonaba Parrilli, sudando frío y en un soliloquio que interrumpió de golpe el jefe de Gabinete, Fernández: «Entérense, de cada 10 gritos, 5 son contra nosotros», dijo y se sumergió de nuevo en un silencio preocupante.

• Formalidades

Cristina iba y venía, abonando la tesis de Parrilli: «¿Por qué nos van a cargar con lo de la inseguridad a nosotros si es un problema de la provincia? ¿Ibarra? ¿Dónde está Ibarra? ¿No tiene nada que ver?,» seguía despotricando la primera dama. Ante su última apelación, el jefe de Gabinete habló con su socio porteño, el alcalde.

Formalidades: qué se sabía de la movilización, qué sucedió con Juan Carlos Blumberg, cómo lo atendieron en la ambulancia de SAME, donde lo atendieron por un rato. Al cabo de la conversación, sin demasiados datos, Fernández sugirió: «Deberíamos llamar al equipo de crisis que tenemos para los piqueteros». Parrilli lo sacó de la burbuja: «Alberto, éstos no son piqueteros, esto es otra cosa». En efecto, para un gobierno cuya principal vinculación con la población es a través de los medios de prensa y las encuestas, formado en gran medida por nativos de una provincia desértica y que todavía lamenta no haber podido superar las 20.000 personas el 1 de marzo, la manifestación del jueves, sobria y multitudinaria, tiene que haber sido una imagen inmanejable, casi incomprensible. La «opinión pública» se había corporizado y no se movía a favor.

• Sin jefe

El desconcierto, la posibilidad de que ocurriera algo terrible («a ver si a Blumberg se le ocurre decir que no se van hasta que no los recibamos», conjeturó uno de los habitantes de la Casa desolada) y la dimensión inesperada de la protesta hizo sentir de golpe la falta de un jefe. Por suerte, Kirchner llamó, desesperado, desde el avión que lo llevaba a Tierra del Fuego. Y dio la orden que sacó a todo el grupo de la inercia: «Que hable Alberto, que aparezca alguien por televisión». Después de esa instrucción, el jefe de Gabinete se dirigió a la Sala de Conferencias del palacio para asegurar que el gobierno tenía un plan para satisfacer la demanda de seguridad de la población. Por primera vez, Fernández padeció las consecuencias de sus incesantes apariciones radiales y televisivas: si se habla sobre todo y en cada momento, también hay que estar ante los micrófonos cuando la ola viene adversa. Es el costo que pagó el jefe de Gabinete, desairado por el propio Blumberg esa noche por TV.

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