14 de marzo 2008 - 00:00

Lousteau, un cómico y Mefisto

Cristina de Kirchner, Alberto Fernández, Martín Lousteau, Guillermo Moreno,Julio De Vido y Néstor Kirchner.
Cristina de Kirchner, Alberto Fernández, Martín Lousteau, Guillermo Moreno, Julio De Vido y Néstor Kirchner.
Poco lucido y menos lúcido pareció ayer el ministro Martín Lousteau al hablar por radio. Le han organizado un plan oficial de prensa y difusión (fotos sucesivas con la presidente Kirchner, conferencias de prensa, audiencias con ciertos medios) para levantarle el ánimo y desvirtuar la versión, surgida de su propia cartera, de que no soportaba estar más en el gobierno (por sus confrontaciones con Guillermo Moreno). Pero, se sabe, en las administraciones Kirchner nadie renuncia, tampoco nadie es renunciado. Buenos o malos, todos los funcionarios se mantienen, a menos que los supere un desorbitado escándalo (Claudio Uberti) o su propia inestabilidad emocional (Gustavo Beliz).

Los RR.PP. entonces le organizan a Lousteau entrevistas como las de ayer con Dady Brieva, un simpático cómico que anima las mañanas de radio «Mitre» con mínimo éxito (está tercero en las mediciones). Se supone que esas apariciones del ministro lo harán más popular y sustentable, un personaje desgarrado por sus continuas derrotas ante el secretario de Comercio Interior, Moreno, un subordinado al cual hipócrita y públicamente defiende. Le eligen esos profesionales de la promoción el marco facilista: reportajes obvios y pueriles del comediante Brieva -a su lado, Mirtha Legrand parece Larry King-, carentes de rigor o minuciosidad hasta en preguntas menores (por ejemplo, lo interrogó a Lousteau por «los viejos», como si los dos vivieran; ni siquiera leyó los diarios de enero con la muerte de la madre del ministro, ampliamente difundida inclusive por la característica del deceso: se atragantó con un hueso de pollo).

Esa superficialidad es una póliza, de ahí que hasta la habitualmente muda (en los medios) y discreta mandataria Cristina se allanó a una función de dóciles inquietudes, luego que ella misma llamara al cómico por teléfono para felicitarlo por el cumpleaños, un deber poco imaginado en un jefe de Estado.

Privilegios de presidir el gobierno y garantías naturales del monopolio «Clarín», la sospecha más concluyente de un connubio entre esas dos partes, a costa tal vez de un Mefisto de la risa que, en su interior, debe suponer -como cualquier artista- que algunas figuras políticas gustan dialogar con él porque los funcionarios son cholulos.

No es Brieva, sin embargo, a quien uno escucha sobre Economía. Fue el ministro Lousteau el que, otra vez, insistió en su propaganda radial, como maestro de escuela -ya lo hizo en su presentación sobre las nuevas retenciones-, en el descubrimiento de que «no hay un solo campo», son varios los productores y las actividades. Casi una ofensa esa estupidez aclaratoria ante los periodistas de Casa de Gobierno hace 48 horas, también ante un público más anónimo que ayer lo atendía por radio. Como si la gente no distinguiera entre una vaca y una planta, ya que su mensaje -justificando el nuevo impuesto sobre la producciónde granos- es que ha sabido aplicar sanciones económicas a quienes ganan mucho y protegido a los que ganan poco. Aunque él, tal vez cándido, también ignora la realidad de la soja y los productores de ese arbusto: hay varias sojas, así como semillas, de más frío y más calor, de más y menor rendimiento, igual que las tierras dedicadas a esta plantación. Su docencia de primaria explica por qué el Estado hace tributar más a unos que a otros, pero no distingue -no debe saber, como se reconoció en la audición poco experto en la cadena cárnicaque un mismo tributo puede castigar ganancia a un sojero de Río Cuarto (capaz de recolectar 30 quintales por hectárea), y causar desastre económico en aquellos que se arriesgaron a invertir en tierras marginales o en otras en las que la lluvia no habrá de bendecir, que apenas cosechan 20 quintales. ¿Conoce la diferencia económica entre 30 y 20 quintales?. Si la supiera, tal vez no improvisaría tan alegremente sobre la propiedad.

Del mismo modo, el ministro hizo demagogia diciendo que la soja incrementó sus precios hasta l00% en el último año (insinuando que hay minorías haciéndose millonarias a costa de otros), sin mencionar la feroz suba en insumos, transporte, combustibles y seguros que hubo en el sector (promedio superior a 80%). Podría haber defendido de mejor manera a las retenciones, como impuesto. Incluso agregando los esfuerzos que realiza el gobierno, a contramano del mundo, manteniendo la cotización del dólar.

Tampoco habló de lo que se lleva el gobierno para su arbitrio de gasto -ya que no participa siquiera a las provincias donde se extrae la riqueza- y continuó en la monserga propagandística de que las retenciones sirven para que no suban los precios. Como si no subieran, ya que para explicar lo del INDEC pasó un papelón de alumno que nunca estudió una línea. Penoso rol cuando en lo de Brieva se presentó como el maestro de la República.

Impericia del ministro, exceso de atrevimiento y hasta insolencia en decir que «tengo diferencias ideológicas con Macri» (cuando, es público, trabajó contratado por la fundación de Francisco de Narvaez, socio de Macri) o cuestionar a Domingo Cavallo sin, seguramente, tener el coraje de enfrentarlo en un debate (olvidando, por otra parte, el servicio y la relación que el ex ministro mantuviera siempre con los Kirchner y Alberto Fernández). Ocurrencias típicas de cuando a uno nadie lo contiene en un programa radial o en una cena. Fue preciso Lousteau, en cambio, al hablar de dos temas: está contra Pedro Troglio como técnico de Independiente y se burló de la prensa del corazón que insiste en que se va a casar próximamente o los medios que señalaron su posible renuncia (como si ésta no hubiera provenido del gobierno). Esos señalamientos le sirvieron para caracterizarse de oficialista: advirtió que no debe creerse en todo lo que se lee (diarios y revistas). Parece un sabio consejo de extensión superior: tampoco hay que creer en todo lo que él dijo en el programa de Brieva.

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