15 de septiembre 2004 - 00:00

Lula cede ante Kirchner por un sillón en la ONU

Néstor Kirchner viajará, la semana próxima, al país de sus amores, los Estados Unidos. Alguien que lo conoce íntimamente, afirma: «Salvo cuando estuvo en Praga, en el mes de junio, nunca hay viaje que lo encante más que los que realiza a Nueva York». Hay antecedentes que le dan la razón a este confidente, como que los Kirchner no conocían otro país extranjero antes de asumir el poder.

El Presidente estará en Manhattan para participar de la Asamblea de la ONU. Pero su presencia allí tendrá dos motivos principales ajenos a esa cumbre anual. Son la reunión con Lula da Silva y con José Luis Rodríguez Zapatero. Es cierto, Kirchner estará también con otros jefes de gobierno como el primer ministro de Suecia, Göran Persson, cuyo gobierno controla el voto de los países nórdicos en el Fondo Monetario Internacional. Pero ningún encuentro tendrá la importancia de aquellos otros dos.

La reunión con Lula, un desayuno que compartirán el lunes, fue solicitada por el gobierno brasileño. Kirchner supone cuál será la cuestión central que llevará su colega a la mesa. Se trata de la prioridad mayor de la gestión de Celso Amorim, hoy, en Itamaraty: la postulación de Brasil para ocupar una banca permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el día que ese organismo se reforme. Desde su fundación, el Consejo de Seguridad de la ONU cuenta con sólo cinco miembros permanentes: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, China y Rusia. Además hay cinco miembros no permanentes que se eligen cada dos años. En la actualidad son Brasil, Argelia, Benin, Filipinas y Rumania.

• Debate

Entre los diplomáticos brasileños existe un debate larvado acerca de esta pretensión de la Cancillería. Algunos creen que se trata de una obsesión personal de Amorim, quien quedó fascinado con la idea de que su país estuviera sentado entre los grandes del mundo cuando ejerció la representación ante la ONU. Otros creen que el objetivo de colocar al país en esa jerarquía es, sobre todo, un modo de compensar el orgullo herido de la izquierda brasileña frente a la sumisión del gobierno a las recetas de racionalidad fiscal que caracteriza la gestión de Antonio Palocci. Están los que suponen que ocupar una silla en el Consejo complicará a Brasil con cuestiones ajenas a su interés nacional, que sólo se justifican en el caso de grandes potencias financieras y militares que intervienen en el juego global. Otros consideran, en cambio, que el casillero en el comando de la ONU cobra valor por otras posiciones que también se conquistan por añadidura, en entidades en las que se tratan cuestiones más urgentes para países en vías de desarrollo (desde la FAO a la Unctad, por citar dos casos). Amorim tiene posición tomada y logró que Lula adhiera a ella. Aun cuando deban soportar lo que un sector de la prensa señala esta semana en Brasil: que el gobierno del PT está condonando deudas a países pobres y cediendo en disputas comerciales como las que mantiene con la Argentina a cambio de conseguir el apoyo de la comunidad internacional para ingresar al Consejo. Sin ir más lejos, ayer la revista «Veja» consignó las concesiones económicas que está haciendo Lula ( condonación de 403 millones de dólares para países como Bolivia o Mozambique, entre otros) y también la deuda que Brasil mantiene con la ONU (250 millones de dólares), que deberá saldar para acceder al lugar de privilegio que pretende.

Tal vez haya algo de cierto en esa suposición. De hecho Kirchner-espera aprovechar cierta ansiedad de su colega para arrebatarle algunas «conquistas» que Roberto Lavagna sólo obtuvo parcialmente al viajar a Brasilia la semana pasada. La más importante es que el Banco Nacional de Desarrollo brasileño financie la ampliación del gasoducto General San Martín, para lo cual el gobierno de Lula exige una garantía del Banco Central argentino.

En honor a la verdad, hay que reconocer que varios gobiernos hacen lobby por la administración brasileña y su vocación por sentarse en el Consejo de Seguridad. Es el caso de Alemania, Japón, inclusive de España en tiempos de José María Aznar (Zapatero relativizó ese aval). Es lógico: también esas naciones quieren ocupar una butaca. Esta multiplicidad hace pensar que faltan muchos años para que el Consejo se reforme. ¿Permitirá la India el ingreso de Pakistán? ¿Querrá China el de Japón? ¿Qué hará Egipto si se admite la incorporación de Sudáfrica? ¿Italia o Alemania? ¿Cuál de los dos ocupará un lugar?

Entre la Argentina y Brasil se plantea la misma disidencia. Kirchner, muy probablemente, insistirá ante Lula con la posición tradicional de la diplomacia local: América latina debe estar representada por una banca rotativa. Los mexicanos coinciden con esta posición. Como el Estado argentino, también México sueña con un lugar en el Consejo y ahora utiliza el argumento de poseer una economía más poderosa que la brasileña.

Para despejar la discusión, Kirchner y su canciller Rafael Bielsa pueden abrazarse informalmente a lo que decida el consejo de notables que convocó el secretario general Koffi Annan para dictaminar sobre el nuevo diseño de la ONU. Es probable que esos expertos aconsejen el ingreso de nuevos integrantes al Consejo pero de manera rotativa, con mandatos de cuatro o de dos años según sea la dimensión del país.

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