Macri votó sabiendo que perdía
-
El Gobierno declaró como organización terrorista a la Guardia Revolucionaria Islámica
-
La UIA defendió la vigencia de la ley de reforma laboral tras la suspensión de artículos clave
Las dos Carátulas, y a la misma hora. Aníbal Ibarra celebra con Jorge Telerman en el Palacio San Miguel mientras que Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta (h) anunciaban su propia derrota en las elecciones porteñas de ayer.
En las últimas 72 horas, los equipos de Macri se lanzaron a la batalla por el voto en favor de su jefe en la zona norte del conurbano, donde según cálculos del censo tienen propiedades de descanso entre 210 y 250 mil porteños que conservan domicilio electoral en la Capital Federal. En los countries y barrios cerrados adonde se lo permitieron llegaron a hacer reuniones con vecinos en las club-houses. Sólo era entusiasmo.
Donde no pudieron hacerlo, los punteros macristas instalaron mesas de consulta de los padrones en la puerta de los barrios y clubes. Cada votante que se paraba a consultar esos padrones era tapado con panfletos, sobres con votos y otras bisuterías de campaña.
El propio Macri intentó ponerle el cuerpo a esa campaña - ya en tiempo de descuento-. El sábado a la noche se paseó por las góndolas del supermercado del centro comercial de Pilar, sobre la Panamericana, donde pasan su tarde los vecinos de los countries, y por la noche cenó con extensa sobre-mesa para recibir saludos en un restorán de la misma zona. No funcionó.
Sin estructuras del Estado a su favor, a Macri le resultó imposible contrarrestar ese mix que ha reforzado el peso de los oficialismos en cualquier elección y que se compone de contratados (vulgo «ñoquis»), encadenados a los programas de ayuda con origen porteño (planes del tipo Trabajar que entrega la comuna) y también nacional (planes Jefas/es).
Allí volcó toda la fuerza proselitista el ibarrismo sin que pudiera hacer nada su adversario desde el llano. Consistió además en capturar a los punteros del peronismo y del radicalismo que habían trabajado divididos básicamente entre Macri e Ibarra en la primera vuelta por el compromiso que tenían en lo que fue en realidad la votación del 24 de agosto, una elección legislativa que repartió sesenta bancas de legisladores y 12 de diputados nacionales.
Sin ese compromiso en esta segunda vuelta, exclusivamente una puja por un solo cargo ejecutivo, los punteros del peronismo se entregaron al mejor postor, que terminó siendo el Gobierno de la Ciudad. La condición fue que el gobierno abandonase el método de repartos de las dádivas inaugurado en la crisis del diciembre de 2001.
Y encima el morral: el macrismo dice que el jueves, último día de la campaña, Ibarra apareció el 147 spots de TV, a un costo de $ 1 millón.
Aterrado por caceroleros y piqueteros que cantaban «que se vayan todos», el Gobierno porteño había derivado todas las formas de ayuda hacia esa nueva nomenklatura que nacía, dejando de lado a los punteros barriales tradicionales. Cuando la emergencia electoral apuraba al reeleccionista Ibarra, terminó accediendo al reclamo de reabrir esa relación con los punteros, así como con sindicatos tradicionales en cualquier elección como el de los porteros (los Santamaría, padre e hijo, terminaron trabajando para Ibarra aunque juraban que iban con Macri).



Dejá tu comentario