15 de septiembre 2003 - 00:00

Macri votó sabiendo que perdía

Las dos Carátulas, y a la misma hora. Aníbal Ibarra celebra con Jorge Telerman en el Palacio San Miguel mientras que Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta (h) anunciaban su propia derrota en las elecciones porteñas de ayer.
Las dos Carátulas, y a la misma hora. Aníbal Ibarra celebra con Jorge Telerman en el Palacio San Miguel mientras que Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta (h) anunciaban su propia derrota en las elecciones porteñas de ayer.
Perder en el debut electoral es casi una ley, pero a nadie le gusta reconocerlo. A Mauricio Macri esa sensación lo ganó ya el miércoles cuando se lo confesó a unos pocos de su intimidad: «En la ultima semana perdí tres puntos; no entiendo qué pasó y nadie me da una explicación». Los candidatos tampoco terminan nunca de saber por qué ganan y por qué pierden, quizás debido a que la decisión electoral en un sistema de voto obligatorio es un mix de razón, de pasión y de manipulación.

La primera razón que entendió Macri antes de ayer era que la última semana había sido mejor para Aníbal Ibarra que los siete días previos a la primera vuelta, que lo había beneficiado a él. En los días anteriores al 24 de agosto, la suerte de Ibarra fue a la derrota por varias acumulaciones: el show que dio en Buenos Aires el venezolano Hugo Chávez, las promesas de Luis D'Elía de que defendería con armas a Néstor Kirchner, el copamiento de la Plaza de Mayo por una banda de piqueteros que se lavó las piernas en la fuente luego de jugar al fútbol. Colmó el «mood» antioficial la pelea con Daniel Scioli, en quien se referencia el mismo padrón que votaría a Macri.

Nunca sabrá Ibarra si esas desgracias encadenadas, que explican para algunos el triunfo de Macri en la primera vuelta, las preparó Kirchner con intención de acotarlo al jefe de Gobierno. Tampoco si la última semana previa a las elecciones de ayer, las preparó el mismo presidente con el propósito de beneficiarlo a Ibarra: reanudó la amistad con Scioli, recompuso las relaciones con el planeta Tierra con la firma del acuerdo con el FMI en el tiempo justo para que el voto-protesta de la izquierda zamorista no pudiera quejarse sin quebrar el tiempo de la veda. Además anunció baja en el delito de la Capital.

Aparte de esas ayudas hubo picardías del oficialismo que sólo pueden manipularse desde el Estado. Eso le indicó a Macri que debía resignarse a que en parroquias en las que había ganado holgadamente en la primera vuelta, su rival voto a voto en su contra. Cuestión de maquinaria.

Por ejemplo, en la circunscripción 13a., barrio de Montserrat, Macri ganó por más de 1.300 votos en la primera vuelta porque es donde está el Departamento Central de Policía. Allí, el gobierno nacional dispuso que en esa repartición votarían sólo los empadronados. Es decir que no se admitiría el voto a los agentes de policía con responsabilidades en los comicios que habitualmente votan en padrones auxiliares porque tienen que trabajar el día de las elecciones. Eliminó voluntades contrarias, obra de Gustavo Béliz.

Otro blietzkrieg sobre las parroquias donde Macri había ganado cómodamente fue en las circunscripciones 19a. y 20a., donde están anotados los habitantes de las villas de los terrenos que fueron del ferrocarril en la zona de Retiro. Centenares de esos votantes se agolparon el viernes en sucursales del Banco Ciudad a cobrar contratos que, decía ayer el macrismo, habían sido firmados para sujetar el voto con cargo a fondos municipales.

En las últimas 72 horas, los equipos de
Macri se lanzaron a la batalla por el voto en favor de su jefe en la zona norte del conurbano, donde según cálculos del censo tienen propiedades de descanso entre 210 y 250 mil porteños que conservan domicilio electoral en la Capital Federal. En los countries y barrios cerrados adonde se lo permitieron llegaron a hacer reuniones con vecinos en las club-houses. Sólo era entusiasmo.

Donde no pudieron hacerlo, los punteros macristas instalaron mesas de consulta de los padrones en la puerta de los barrios y clubes. Cada votante que se paraba a consultar esos padrones era tapado con panfletos, sobres con votos y otras bisuterías de campaña.

El propio
Macri intentó ponerle el cuerpo a esa campaña - ya en tiempo de descuento-. El sábado a la noche se paseó por las góndolas del supermercado del centro comercial de Pilar, sobre la Panamericana, donde pasan su tarde los vecinos de los countries, y por la noche cenó con extensa sobre-mesa para recibir saludos en un restorán de la misma zona. No funcionó.

Sin estructuras del Estado a su favor, a
Macri le resultó imposible contrarrestar ese mix que ha reforzado el peso de los oficialismos en cualquier elección y que se compone de contratados (vulgo «ñoquis»), encadenados a los programas de ayuda con origen porteño (planes del tipo Trabajar que entrega la comuna) y también nacional (planes Jefas/es).

Allí volcó toda la fuerza proselitista el ibarrismo sin que pudiera hacer nada su adversario desde el llano. Consistió además en capturar a los punteros del peronismo y del radicalismo que habían trabajado divididos básicamente entre Macri e Ibarra en la primera vuelta por el compromiso que tenían en lo que fue en realidad la votación del 24 de agosto, una elección legislativa que repartió sesenta bancas de legisladores y 12 de diputados nacionales.

Sin ese compromiso en esta segunda vuelta, exclusivamente una puja por un solo cargo ejecutivo, los punteros del peronismo se entregaron al mejor postor, que terminó siendo el Gobierno de la Ciudad. La condición fue que el gobierno abandonase el método de repartos de las dádivas inaugurado en la crisis del diciembre de 2001.

Y encima el morral: el macrismo dice que el jueves, último día de la campaña,
Ibarra apareció el 147 spots de TV, a un costo de $ 1 millón.

Aterrado por caceroleros y piqueteros que cantaban «que se vayan todos», el Gobierno porteño había derivado todas las formas de ayuda hacia esa nueva nomenklatura que nacía, dejando de lado a los punteros barriales tradicionales. Cuando la emergencia electoral apuraba al reeleccionista
Ibarra, terminó accediendo al reclamo de reabrir esa relación con los punteros, así como con sindicatos tradicionales en cualquier elección como el de los porteros (los Santamaría, padre e hijo, terminaron trabajando para Ibarra aunque juraban que iban con Macri).

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