17 de febrero 2006 - 00:00

Magistratura, una máscara de 2007

Cristina Kirchner
Cristina Kirchner
C ristina Kirchner dedicó a Chiche Duhalde una sus innumerables intervenciones a lo largo de la sesión del Senado en la que se discutió el proyecto de reforma al Consejo de la Magistratura. La serenata merecería destacarse por varios motivos. En principio, por esas razones estadísticas que muchas veces permiten al analista sustituir las explicaciones por los récords: fue la primera vez que ambas intercambiaron mensajes, aunque sea de modo indirecto, desde que una derrotó a la otra en las elecciones del 23 de octubre pasado (si es por la tirria que delataban sus referencias, en esa sesión la perdedora parecía Cristina). Otra curiosidad que obligaría a recordar la dialéctica de esa noche es que, de tanto pelearse, estas dos señoras podrían editar un CD: «Duets» podría llamarse, para robarle a Sinatra un título previsible. Sin embargo, lo que tal vez resulte políticamente más destacable de aquella contradicción nocturna entre mujeres poderosas haya sido el contenido, no la forma.

En efecto, la esposa del Presidente se preguntó por qué razón la otra senadora por la provincia de Buenos Aires («por la minoría», machacó sobre lo evidente, una y otra vez) se mostraba tan preocupada por la politización del Consejo de la Magistratura nacional si en su propio distrito se diseñó el mismo instituto con 18 miembros «de los cuales 10, uno más de la mitad, son miembros de la representación política». La señora de Kirchner recordó la integración del Consejo bonaerense: cuatro representantes del Poder Ejecutivo, seis del Poder Legislativo, el presidente de la Suprema Corte, un juez de cámara, un juez de primera instancia, un fiscal y cuatro abogados de la matrícula (a éstos últimos, curiosamente, la oradora los olvidó en su enumeración). La Ley 11.868, que fijó esa composición, fue sancionada -consignó la senadora platense- bajo el imperio duhaldista (1996) y promulgada por el propio Eduardo Duhalde (esta vez lo llamó por su nombre).

La pregunta de Cristina tenía un significado casi personal en el Senado, en la madrugada del 22 de diciembre. En cambio ahora, a la vista del gran mercado de votos que se habilitó entre los diputados bonaerenses, ese interrogante gana amplitud. ¿Cuáles son las razones que urgen a Néstor Kirchner a conseguir el voto de los antiguos seguidores de Duhalde aún más allá del número que necesita para aprobar esa reforma?

¿Cuáles las que impiden que algunos de ellos, como Eduardo Camaño, Jorge Sarghini, Juan José Alvarez o Cristian Ritondo, se inclinen ante ese deseo? Aquella reconstrucción de Cristina Kirchner de las características cesaristas del Consejo que estos bonaerenses elaboraron cuando estaban en el poder vuelve sospechoso el argumento del cuidado de las instituciones. Interpretar que estos diputados disidentes no darán su voto, por lo menos completo, a la Casa Rosada, porque no quieren convalidar un atropello republicano sería como haber creído que, cuando Duhalde en 1999 insinuó plantarle a Carlos Menem un plebiscito en la provincia para evitar una nueva reelección, lo estaba haciendo para preservar la Constitución, como decía por entonces, cuando todavía no se había llevado dos gobiernos por delante.

• Disputa de poder

Como en ese entonces, y al igual que en tantas otras ocasiones, los peronistas están usando los pruritos republicanos como máscara de una disputa cruda de poder. Del mismo modo que en 1999, el argumento es la ley y la pulsión es la reelección. Kirchner ya es candidato para 2007 y sólo razones que hoy no están a la vista para nadie podrían separarlo de ese objetivo. En esa condición, pretende lo que indica la lógica: que en su propio campo electoral haya una sola oferta, la suya. Para los comicios legislativos no era necesaria esta disciplina: cualquier lista disidente terminaría como un afluente del oficialismo en el Congreso. Ahora es distinto: una secesión aunque mínima terminará restándole votos al Presidente. Esto obliga, sobre todo, a la unificación sin límite del peronismo, con independencia de cualquier experimento frentista, que sin duda se ensayará. En otras palabras: la recolección de votos para aprobar la reforma del Consejo de la Magistratura es, metafóricamente, la clausura de un ciclo de dispersión abierto deliberadamente en el congreso del PJ en Lanús, en 2003: en esa asamblea Duhalde y Kirchner debían provocar lo contrario a lo que el santacruceño persigue hoy, es decir, que el propio espacio se fraccionara todo lo posible de tal manera que no triunfara quien mejor lo representaba todavía, en ese entonces: Carlos Menem.

Kirchner está llevando adelante este reordenamiento, sobre todo, en una provincia: la de Buenos Aires. Igual que en 2003, él pretende alcanzar la Presidencia como postulante de ese distrito, demográficamente decisivo. Sólo que esta vez el jefe del PJ bonaerense es él mismo. Tal vez Felipe Solá sea, y es lógico, el dirigente a quien más le cuesta admitir este nuevo régimen en el cual Santa Cruz pasó a ser la «casa matriz» de un proyecto de poder que tiene en Buenos Aires, ahora, su «sede central». El puntero de esta campaña, en el Parlamento, es José María Díaz Bancalari. Por eso resultó tan inoportuno para los intereses de Kirchner el gobernador Solá, cuando intentó arrebatarle a Díaz Bancalari la presidencia del PJ bonaerense, con el consiguiente escarmiento (hacía mucho que en Olivos no se enojaban de ese modo con él).

¿Qué significa políticamente la resistencia a esta nueva configuración, tal como la ejercen Camaño, De Narváez, Alvarez, Sarghini o Ritondo? Se podría aceptar la impecable justificación de Camaño («No podemos juntarnos con aquellos con quienes competimos en las urnas») si no fuera porque dos renglones más abajo del mismo reportaje («La Nación») aventurara que con Jorge Sobisch o con Mauricio Macri sí podría arriesgarse a alguna navegación.


• Derrumbe

La explicación para la negativa de estos duhaldistas debería ser más sencilla: la nueva casa que construye Kirchner, aunque grande, no cuenta con lugar para tantas ambiciones, sobre todo cuando la mayoría apunta a lo mismo, es decir, la gobernación bonaerense. Cualquiera de los que se mencionaron llegó tarde a la carrera respecto de la propia Cristina, José Pampuro, Aníbal Fernández, Florencio Randazzo o Sergio Massa, por revistar al pelotón que madrugó primero. Por lo tanto, tal vez sea mejor ofrecer experiencia, algo de fama y hasta un poco de dinero a un emprendimiento más promisorio. Es imposible entender la ( mínima) resistencia duhaldista en el Congreso sin advertir que en el campo opositor se derrumbó cualquier arquitectura electoral en la provincia de Buenos Aires. Sobre todo si se tiene en cuenta el fracaso de Ricardo López Murphy y la crisis que actualmente atraviesa su relación con Mauricio Macri. Por otra parte, estos «disidentes» carecen de intendencia o sindicato que les puedan amenazar si no se pliegan: apenas precisan que no los echen del partido para seguir ilusionando a Macri con el dudoso glamour de contar con una «pata peronista». En definitiva, pujan los duhaldistas por mantener todavía en alto las banderas de Lanús, esta vez en contra de Kirchner, y ofreciéndole el escudo al presidente de Boca. Como en 2003 se lo acercaron al santacruceño, aunque con muchísimos más votos, claro.

Si se tiene en cuenta la circulación de estas pasiones, la discusión entre peronistas por un voto más o menos en el Consejo de la Magistratura resulta simpática. O patética. Porque deja tantas sospechas que Kirchner pretenda mejorar las instituciones echando mano de los compañeros de « Corleone» (de Ruckauf a Atanasof, de Oscar Rodríguez a Landau) como que algunos de esos «consiglieri» renuncien a sus encantos atados a las Bases de Alberdi e indignados por la manipulación judicial.

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