Para muchos pesa un temor: el exagerado odio de Eduardo Duhalde a Carlos Menem podría trastornar el proceso electoral (inclusive hay quienes, por sobreoferta informativa, esperan como complicación un incontrolable y dirigido pandemonium social). Al margen de presuntos cataclismos, la angustia sobre el calendario y la promesa de entrega se apoya en dos datos no menores: uno, ya divulgado por este diario, fue la declaración de Carlos Ruckauf al vicecanciller de España, Miguel Angel Cortés, a quien le advirtió: «Duhalde hará todo para impedir que Menem sea presidente». Cuando el alarmado funcionario español quiso saber qué significaba «todo», el canciller argentino, sin otra aclaración, volvió a precisar su falta de tacto diplomático: «Todo». Para los europeos, esa expresión permite suponer cualquier arbitrio.
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Otra información en el mismo sentido, hasta ahora no divulgada, fue lo que declaró el propio Duhalde, esta vez ante un embajador. Informalmente, le preguntó al diplomático quién pensaba que iba a ganar los futuros comicios y, luego de que éste, sin demasiado interés, aventurara el nombre «Menem», el Presidente replicó: «No va a ser así, lo voy a llevar puesto conmigo». Aunque siempre algo falta entre el dicho y el hecho, lo cierto es que el clima de confusión se ampara en esas sombras detalladas: no casualmente algunos organismos de inteligencia han preparado escenarios ante eventualidades no previstas. Con razón: ¿o José Pampuro, mano derecha de Duhalde, junto con Juan Carlos Mazzón no visitaron a Leopoldo Moreau para hacer una presentación conjunta a favor de la postergación de las elecciones? El radical no se negó -compartió tantas historias con el duhaldismo-pero razonablemente expuso: «Yo y la UCR vamos si también vienen López Murphy y la Carrió». Los dos se negaron a cualquier componenda y han salvado los comicios.
A pesar de esto, casi un remedo de lo que reinaba en el país en tiempos en que Alejandro Agustín Lanusse gobernaba y prometía no entregarle el poder a Juan Perón (en rigor, se lo cedió temporalmente al personero Héctor Cámpora), dentro del duhaldismo guiñan el ojo y preguntan con picardía: ¿acaso Menem y Duhalde no hablan entre sí? Tal vez no tienen fundamentos para justificar esa sospecha implícita (la de la comunicación secreta), pero siempre se advierte un desliz. Hace poco, ante un dirigente justicialista de confianza, uno de los 10 primeros del elenco, repentinamente Duhalde confió: «Yo hablo con Carlos». Como al interlocutor le pareció no entender, confundir el personaje o que había escuchado mal, pidió aclaraciones. Y el mandatario, entonces, precisó: «Sí, cuando es necesario, yo hablo con Carlos por teléfono. No necesito emisarios». Nada de eso, quizá por su origen oriental, revela Menem. Ni a la almohada.
Algunos del círculo oficial se preguntan, también: «Si estamos tan mal con Menem, ¿por qué le damos fondos a La Rioja como si fuera Jujuy, que nos acompaña siempre?». Y miran al jefe Duhalde, que firma los traspasos sin pestañear, aunque más de un comedido le aparta la provincia de la nómina pensando en alguna sanción o represalia (en verdad, si hay generosidad duhaldista con La Rioja tal vez obedezca al deseo de pelear la interna a favor de Angel Maza contra Eduardo Menem). No es lo único: se piensa que Duhalde decidió prescindir a Buenos Aires, su territorio, de la actual competencia electoral por la presidencia, ya que no incluyó ningún hombre de ese distrito en la fórmula. Para muchos, es una señal hacia el riojano; en rigor, el bonaerense no tenía a quién poner ya que es obvia la sequía de dirigentes de su provincia para mostrarlos en el orden nacional.
•¿Estrategia?
Pero la fantasía de un pacto superior continúa y se aduce, con razón, que Menem en cierto momento -tal vez por razones estratégicas-a su propia gente le prohibió meterse en Buenos Aires. Respeto a las jurisdicciones, tal vez. O falta de un príncipe para ocupar ese feudo ya escriturado. Lo cierto es que jamás se lanzó con bríos a promover candidaturas propias en el orden bonaerense, como si se desentendiera de la interna de ese reducto vital para sus intereses. Hizo algunos actos apenas -en comparación con la campaña en la que enfrentó a Antonio Cafiero-y hasta pactó con un amigo de Duhalde (Alberto Pierri), a quien no le objeta que semanalmente visite la Casa Rosada u Olivos como un correveidile.
Más provisión para las versiones del entendimiento secreto: nunca Duhalde habla mal de Menem, al menos en relación con la inquina que se supone le tiene y, en todo caso, le reserva esa misión a su esposa, Chiche (aunque ella habla y hace en muchas ocasiones en contra de lo que piensa su marido). Tampoco el riojano, a su vez, confiesa animadversión personal en sus discursos, no ofende ni agravia, sólo cuestiona políticamente la gestión actual. Por otra parte, nadie ignora, además, que el duhaldismo asegura que «con nosotros Carlos no hubiera ido preso» y que los de Menem, con pacífica expectativa, recuerdan que «ni siquiera perseguimos a Alfonsín, que dejó al país convertido en un desastre».
Así hoy, curiosamente, se tropieza con la fiereza extrema de los que no ven a Menem sucediendo a Duhalde -si así lo dijeran las elecciones-y otros que sueñan con un reservado entendimiento de los dos protagonistas. ¿Fantasías argentinas?
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