Los sondeos de opinión nacen en Estados Unidos. En 1936, el «Literary Digest» utilizaba un formulario con respuestas por correspondencia, y su vaticinio sobre la derrota de Roosevelt obtuvieron un estrepitoso fracaso. Enorme precariedad, al pronosticar en base a quienes tenían tiempo o ganas de enviar una carta y pagar una estampilla. Sin embargo, los aún poco conocidos George Gallup y Elmo Roper ya se basaron en muestras estadísticas más elaboradas y acertaron al triunfador.
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Para 1948, Gallup era ya una institución. Se enfrentaban para la presidencia Harry Truman, que había presidido tras la muerte de Roosevelt y el hábil Thomas Dewey, gobernador de Nueva York.
Meses antes de las elecciones, a Dewey, en la encuesta de Gallup se le concedía 46.5% de los votos, mientras a Harry lo dejaba en 38%. Lo cierto es que Harry S. Truman arrasó, y Gallup sólo se limitó a aducir: «No sé qué pudo suceder».
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