4 de febrero 2004 - 00:00

Pacto: Cristina a Capital y Chiche a Buenos Aires

El intendente de Lanús, Manuel Quindimil, Chiche Duhalde y Graciela Giannettasio: verticalismo bonaerense hacia el gobierno de Kirchner.
El intendente de Lanús, Manuel Quindimil, Chiche Duhalde y Graciela Giannettasio: verticalismo bonaerense hacia el gobierno de Kirchner.
Sigilosos y al margen de las presiones que ejerce la vida cotidiana, Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde sellaron un pacto en Madrid. «Ahora, cuando vuelva a Buenos Aires, hablaré con Aníbal; le hace mal a todos, también a él, lanzarse a una campaña tan temprano». le comentó a un amigo. «Aníbal» es Fernández, el ministro del Interior, quien se preparaba hasta hace un par de días para postularse como candidato a senador bonaerense en 2005, con la perspectiva de competir por la gobernación en 2007.

El otro detalle que reveló las conversaciones entre Kirchner y su antecesor en la residencia del embajador en España es que la operación de desembarque del gobierno nacional en un distrito será ahora reorientada hacia la Capital Federal. El ministro de Infraestructura, Julio De Vido, se comunicó con por lo menos tres importantes dirigentes del PJ porteño para anunciarles lo que se había convenido en Madrid: «Cristina no irá a la provincia sino a la Capital, el año que viene».

Uno y otro dato, el enfriamiento de las expectativas de Aníbal Fernández y la posibilidad de que la senadora por Santa Cruz pase a desarrollar su carrera entre los porteños, reordenan todo el juego político que se sugería hasta ahora en la interna metropolitana del PJ.

Que Kirchner evalúe jugar su ficha más valiosa, su esposa, para la pelea capitalina se explica en varios factores. El principal, que el desafío en la Capital es el más importante al que debe hacer frente el elenco de poder actual para el año próximo. En principio, porque se trata de un distrito-patrón para el tipo de mercado electoral al que apela la Casa Rosada: una derrota ante la clase media urbana, laboratorio principal de todos los experimentos de centroizquierda en el país, no equivale a resbalar en otro terreno.

La posibilidad de un revés no debería descartarse. El gobierno deberá sobreponerse a dos candidatos importantes el año próximo, cuando se discutan las diputaciones nacionales. Elisa Carrió, quien encabezará la lista del ARI y Mauricio Macri, quien tiene prácticamente decidido competir como primer candidato de Compromiso para el Cambio (Horacio Rodríguez Larreta (h) presidiría la oferta para la Legislatura). El dilema del oficialismo es arduo: promover a alguien que ocupe la franja del centroizquierda, como podría ser Rafael Bielsa, podría implicar dividir ese electorado con Carrió y facilitarle el triunfo a Macri. Apostar al otro sector, postulando por ejemplo a Roberto Lavagna, le haría las cosas más fáciles a Carrió. El monitor de las encuestas, siempre activo entre quienes rodean a Kirchner, parece enloquecido hoy con este tatetí. Una sola cosa parece definida: la suerte del oficialismo en la Ciudad de Buenos Aires no se puede confiar al elenco de Aníbal Ibarra, que carece hoy de un heredero competitivo nacido de sus propias filas. Quien primero advirtió esta limitación y comenzó a resignarse ante la necesidad de encontrar a ese representante fuera del círculo del jefe de Gobierno es Vilma Ibarra, la estratega más refinada de ese núcleo.

Postular para este desafío a la esposa del Presidente introduciría un orden implacable en las arenas movedizas del oficialismo porteño. En primer lugar, obligaría a acatar esa decisión a algunos de los aspirantes a encabezar el proceso electoral. Allí está Alberto Fernández, el jefe de Gabinete, por más que resulte dudoso que se lanzara a la arena el año próximo y no en 2007, cuando se discuta la sucesión de Ibarra en el Ejecutivo. Más doloroso sería la postulación de Cristina para el vicepresidente, Daniel Scioli: ahora deberá tomarse realmente en serio su último producto de marketing, la propuesta de darle racionalidad a la administración del Senado (debería cuidarse precisamente de la información que manejan algunos amigos de Ibarra, que siguen de cerca sus movimientos en el manejo de esa casa). Scioli había asomado la cabeza en la pelea porteña y hasta ensayó hace 15 días un acuerdo con Alberto Fernández para conseguir un lugar en la reanimación del PJ porteño. Ahora tendrá que disminuir la velocidad si no quiere chocar de nuevo con los Kirchner. Para otros dirigentes arraigados en el distrito, como Miguel Angel Toma y varias vertientes más del PJ que confluyeron en las listas de Macri en las elecciones pasadas, la noticia de un desembarco de Cristina Fernández no podría ser peor.

• Terreno libre

Que la primera dama se desplace de su imaginaria carrera bonaerense hacia la Capital deja el terreno libre para otra esposa: Hilda Chiche Duhalde será la candidata a senadora del PJ en la provincia, casi seguramente. El dato definitivo se conoció en Madrid y lo proporcionó el ex presidente a Kirchner y su equipo: «Estoy dedicado a los temas del Mercosur, no quiero ni pisar el terreno electoral. El año que viene no me postularé para el Senado».

Fue durante esa conversación en la casa del embajador Abel Parentini Posse (el hombre a quien él recomendó como canciller) que Duhalde escuchó el relato sobre cómo Kirchner desautorizó, al menos por el momento, el lanzamiento de su ministro del Interior. A bordo del Tango 01 convocó a Díaz Bancalari, principal socio político de Fernández, y le dijo: «Che, 'Mono', déjense de embromar en la provincia con hablar de candidaturas a esta altura. Decile a Aníbal que está bien donde está, que no se apresure». ¿Ignoraba Kirchner los movimientos de su ministro? ¿Fernández no llevaba adelante con su autorización un trabajo de cooptación de los intendentes afines a la Casa Rosada? Estos interrogantes conducen a otro: que el Presidente deje libre el espacio del PJ para el duhaldismo, ¿significa que sus hombres no se postularán en la provincia? Sucede que entre los planes de Fernández, conversados en su momento con Kirchner, está el de postularse con listas propias por fuera del «pejotismo» -nombre peyorativo que el Presidente aplica al aparato partidario allí donde no se le subordinan-, presentando a los Duhalde como una especie de remake de lo que fue Herminio Iglesias y su ortodoxia de los años '80.

Todavía es muy temprano para imaginar este tipo de conflicto. Por ahora estas amenazas deberían ser vistas solamente como la presión de la Casa Rosada para integrar la oferta electoral de la provincia, en posiciones más numerosas que el par de diputaciones que Duhalde le concedía a Carlos Menem en la época de idilio. Si se llegara a ese acuerdo, bastante probable, el peronismo estaría ante una singuralidad: la de encolumnarse detrás de dos mujeres para dar la batalla legislativa de 2005 en los dos distritos clave de la contienda.

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