18 de noviembre 2005 - 00:00

¿Para el Presidente el sacerdote está sólo para bendecir?

Néstor Kirchner dio ayer en Quilmes una clase de cómo se gobierna en el país y de cuál debe ser la relación entre gobernantes y gobernados. Al inaugurar una sala de primeros auxilios en el distrito de Aníbal Fernández, dijo esto:

«'El Hospitalito'lo vamos a seguir fortaleciendo; quiero saber cuál es el instrumental que falta, y el ministro del Interior va a sacar el ATN que corresponde para cumplimentar. (...) Mi amigo Felipe no se animó; hasta que Felipe se anime a decir que provincializa el hospital de Solano lo vamos a ayudar desde la Nación. Lo vamos a ayudar mes a mes por un pedido expreso que me hizo el gobernador y que yo dije que lo diga el gobernador y él no lo quiso decir. La escuela es una obra primordial. Que me den el terreno y ayudamos a hacerla, tenemos que hacer eso, tenemos que llevarlo adelante con el plan de 700 escuelas. El señor José López se va a apersonar al barrio; busquemos el terreno, querido Villordo, y hagamos las escuelas junto con la provincia de Buenos Aires y la Intendencia. Esta carita que ven ustedes es la del responsable (José López); él necesita el terreno, éste es el responsable, éste otro es el que tiene que ocuparse ( Villordo), Felipe y yo venimos a inaugurar la escuela y el padre la bendice».

Le faltó mencionar «la cruz y la espada» como rematede este breviario de caciquismo: un gobernante elegido que dispone de superpoderes, que desde una tribuna pregunta a la plaza quién necesita algo.

El pueblo queda eximido de deliberar a través de sus representantes, puede pedirle al palco saltándose cualquier instancia y dependerá del ruido que haga para que el Presidente le ordene al ministro que entregue los ATN «que corresponden».

Para reforzar ese caciquismo, el Presidente impone su autoridad por sobre autoridades electas como el gobernador y el intendente.

Al primero - Felipe Solá- lo descoloca en público porque «no se anima» a provincializar el hospital; al intendente le manda «a ocuparse» del asunto en la presunción de que Sergio Villordo no lo hace como debería.

Al que autoriza las obras le dice que no se esconda (
«ésta es la carita» de José López, secretario de Obras Públicas). El instructivo finaliza con las responsabilidades máximas: presidente y gobernador inauguran y el sacerdote se limita a bendecir, sin abrir la boca.

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