Para fraude, nada como nobles abuelas
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Hacia las 12 del día de los comicios un fiscal bien entrenado ya debe haberse ganado la confianza del resto de los integrantes de la mesa que, a esa altura, ya piensan como imposible que ese tipo macanudo o esa cándida abuela sean capaces de alterar la voluntad popular. Es el momento en que se levantan para ir al baño o a comprar cigarrillos, lamentablemente para sus intereses. Esos son los momentos más preciados para, con acuerdo de dos listas, reforzar los votos de una urna y marcar en el padrón a alguien que se sabe no irá a votar.
Muy importante en esta estrategia es aprovechar los errores de atención de la oposición que, con buena predisposición soluciona el partido contrario regalando un sándwich de milanesa a quien su agrupación dejó abandonado en una mesa desde las 8 de la mañana.
Habiendo transmutado su rol de fiscal partidario en abuela cariñosa, las militantes comienzan su tarea. En la historia reciente no hubo peores víctimas de estos casos que los inocentes fiscales frepasistas que se dejaron llevar por su bondad, algo que ahora se puede repetir con el ARI.
Pero pocos sistemas de fraude son tan efectivos como la posibilidad de arreglar la urna antes del comienzo de una votación. En realidad es una práctica más común en las elecciones internas, pero se han dado casos en la nacionales. Aquí el esquema inicial requiere de una falta de fiscales en el partido al que se quiere perjudicar y de autoridad de mesa. Por lo general, como en el caso anterior, pierde el que no tiene estructura. El procedimiento se inicia a la mañana cuando los fiscales partidarios expertos consiguen abrir una mesa. Cuando el dormido llega a la escuela dentro de la urna ya hay mucho más de lo que se piensa.



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