Ayer Elisa Carrió (quien bromea con que enfrenta al Demonio como el personaje Harry Potter), Aníbal Ibarra y Néstor Kirchner intentaron reflotar el viejo frente antimenemista de la Confitería del Molino que hace siete años terminó con las biografías políticas de José Bordón, Chacho Alvarez y "Fredi Storani".
Elisa Carrió (ARI), el peronista Néstor Kirchner y el frentista Aníbal Ibarra demostraron que los une, sobre todo, la familiaridad que comparten con las cámaras televisivas.
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Ayer, la diputada chaqueña, el gobernador de Santa Cruz y el jefe de Gobierno porteño sólo pudieron coincidir en el absurdo objetivo «que se vayan todos», que clamaron en una remake del Molino de José Bordón, Carlos Chacho Alvarez y Federico Storani de 1995, esta vez en la delegación de la provincia patagónica en la Capital Federal. Pero el trío ni siquiera pudo acordar un proyecto de ley único para provocar renuncias masivas a cargos.
Mientras los santacruceños -a través de una «entente» de Cristina de Kirchner con rebeldes peronistas del Senadopromueven una declaración de emergencia política e institucional que obligue a la renovación completa e inmediata de las bancas del Congreso, la arista e Ibarra coinciden en que debe hacerse mediante una reforma constitucional.
Tampoco comparten el mismo criterio respecto de los requisitos para presentar candidatura presidencial. Carrió se juramentó no lanzarse si no media un compromiso de hacer caducar mandatos a granel. Kirchner no está de acuerdo con esta suerte de autoproscripción y nunca habló de abstencionismo. Está dispuesto a pelear en la puja del peronismo, si bien ayer quiso dejar en claro que está en condiciones de armar algo por afuera y con socios extrapartidarios. Para que no crean que se irá a Siberia.
La interna del nuevo Molino comenzó con la elección del escenario para sacarse una foto juntos. Se había promocionado que la cita sería en el Club del Progreso, a pesar de que no había satisfacción de los Kirchner por lo que representa esa entidad para ellos (una suerte de emblema del liberalismo) y por la capacidad -escasa, según el matrimonio, para la gente que pretendían convocar-. La información errónea sobre el lugar de reunión se atribuyó a Carrió.
•Viejos tiempos
Finalmente, sobre la hora del acto, el jefe de campaña de Kirchner, Alberto Fernández, evocó viejos tiempos -en realidad, no tan lejanos-y solucionó con el arista Rafael Romá el conflicto. No tardaron en encontrar una alternativa al Club del Progreso, la casa de la Provincia de Santa Cruz. Ambos se entienden muy bien desde la época en que Fernández fue vice del grupo Bapro y Roma, vice, pero del entonces gobernador bonaerense, Eduardo Duhalde. Por cierto, no son ajenos a las sintonías recientes entre sus nuevos jefes, Kirchner y Carrió, respectivamente, aunque esta nueva relación todavía no resulte tan fructífera como la que les deparó en el pasado el ahora presidente designado. Claro que ahora hay cuestiones éticas por encima de cualquier otro interés.
No fue la única disputa entre bambalinas que resultó favorable a Kirchner. El documento que se dio a conocer en la víspera -»Democracia: Legitimidad Política y Autoridad Institucional»- fue prácticamente escrito por la senadora santacruceña. Cristina de Kirchner se quedó con el copyright, pero evitó aparecer en el acto y así le dejó el protagonismo femenino a «Lilita». Fascinada por las cámaras de TV, no le molestó cederle a su congénere preeminencia literaria, entre otras cosas.
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