25 de septiembre 2002 - 00:00

Señuelo duhaldista, ¿morderá Reutemann?

Por esas coincidencias de la vida jurídica y política, tal vez un magistrado, una cámara, la misma Corte, puede tomar una decisión que le interesa al gobierno: la suspensión de las internas partidarias. La jueza María Servini de Cubría tiene sobre su despacho 5 causas al respecto, aunque no parece dispuesta a definirse (más bien entiende que esa responsabilidad le corresponde al Ejecutivo o al Legislativo). Una cámara podría actuar sobre la causa Capdevilla o la Corte Suprema -al expedirse sobre la inconstitucionalidad de que sea Duhalde y no el Congreso quien convoque a elecciones- determinaría con sustento legal lo que la Casa Rosada demanda como oxígeno político. Lo que empezó viciado de trampa, las internas partidarias, concluiría en el olvido. Nunca en mejor momento esta definición, que serviría para reprogramar los tiempos de presentación de candidaturas, quizá la fecha de la general.

La casualidad de esta inminencia jurídico-política lo habilitará a Eduardo Duhalde para que hoy en el viaje que compartirá a Brasil con Carlos Reutemann, le comente: «Bueno, uno de los requisitos que vos exigías para no presentarte a la carrera presidencial estará salvado. No habrá internas partidarias porque así lo determinará la Justicia» (se supone que el Presidente debe estar enterado de la novedad al igual que el periodismo o, en todo caso, hasta puede decidirlo por su cuenta). Y agregará: «¿Estás dispuesto a lanzarte?».

• Coqueteo

Nadie, ni siquiera el propio gobernador santafesino, sabe todavía cuál puede ser su respuesta, aunque es probable que mantenga el «no» habitual. El requisito de no participar en internas (para él, una experiencia salvaje) era necesario en su caso, pero no tal vez imprescindible. Aun así, difícil conocer su futura actitud, ya que en contra de su negativa personal todos los días aparece siempre un voluntarioso que lo conoce y abre la puerta de su posible postulación. Por no hablar de ese coqueteo con la fama que a él también lo tienta.

Condenado ya José Manuel de la Sota por su falta de inserción en las encuestas -tema que, obsesivamente, repasa Duhalde diariamente-, el aparato oficialista (duhaldismo) se ha quedado sin un elegido. Por lo tanto, debe buscar otro y, ante la escasez de productos en el mercado, opta por recurrir de nuevo a Reutemann. Esa jugada, ya manifiesta por el duhaldismo, tropieza en términos políticos con una idea cierta que anida en la cabeza del santafesino: nunca iría a las elecciones avalado por el aparato bonaerense, más bien quisiera ser un candidato con perfil independiente o contrario a esa logia política. Exigencia relativa ya que los duhaldistas, aún desamparados de candidatos, si bien consienten en no poner condiciones en su respaldo, demandarán garantías para que no se revise la alfombra.

Ajenos a estas nimiedades de la ética o la mancha en la solapa, los duhaldistas estiman y organizan no sólo su propio respaldo a Reutemann. También se ufanan de que conseguirán apoyos de algún vocero del exterior (Estados Unidos, claro) y el voto cantado de un vasto sector empresario -quizás encabezado por un Pagani de Córdoba-, que pueden quebrar la resistencia del gobernador. Como si antes Reutemann no contara con ese capital y, de pronto, lo que de él era propio ahora se lo convierten en prestado. Sostienen, para convencerlo y convencerse, que un hombre de sus características deportivas no desestimará una marcha virtual o proclamada a Santa Fe reclamando su nominación. Olvidan, quizá, que algunos empresarios -más allá de las simpatías que les despierta Reutemann- ahora han comenzado a temer que un hombre con tanta falta de vocación quizá, luego, ante una contingencia grave, pueda emprender una salida personal al mejor estilo Carlos Chacho Alvarez. Es como si pensaran que la fórmula Reutemann pasó la categoría de maduración natural.

Queda, además, otra cuestión casi insalvable en todo este juego. El santafesino, más allá de que el duhaldismo pueda creer que sea voluble, ya confesó su máxima preocupación: el inexorable efecto retardado de una bomba gigantesca, armada por el actual gobierno, a explotar cuando se haga cargo la futura administración. Si algo teme, es a esa realidad, no sólo a «lo que vio» y espantó de la vida política, ya que nada en ese Riachuelo sin contaminarse o extinguirse desde hace más de diez años. Para zanjar esa inquietud criteriosa por el estallido, al menos hoy nadie observa voluntad o disposición para desarticular ese mecanismo siniestro. Mucho menos en el duhaldismo que promueve su candidatura.

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