Romper las reglas. Ese parece ser su juego predilecto. Y ahora lo volvió a hacer. Contra una tradición que transita las venas de la democracia estadounidense. Donald Trump volvió a ser Donald Trump. Ese magnate que llegó de manera inesperada a la Casa Blanca en 2016 y que, como un capricho más en su vida, decidió tirar abajo el segundo debate presidencial contra su contrincante Joe Biden. Lo hizo apenas minutos después de que el comité independiente que organiza esos eventos decidiera que el segundo encuentro, previsto para el jueves 15 de octubre en Miami, Florida, se realice de manera virtual para evitar más contagios por covid-19, enfermedad que lo tuvo/tiene al presidente y su entorno más íntimo entre los contagiados.
Debates: Trump desafía otra tradición en EEUU
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Donald Trump.
“No voy a perder mi tiempo en un debate virtual, de eso no se trata un debate. ¿Te sientas frente a una computadora y lo haces? ¿Debates? Ridículo. Y luego pueden silenciarte cuando quieran”, disparó el magnate al enterarse de la novedad. Tras la escandalosa experiencia del primer encuentro en Cleveland, Ohio (29 de septiembre), donde el actual inquilino de la Casa Blanca interrumpió en infinitas oportunidades a Biden, violó todas las pautas que se habían acordado con los equipos de campaña y hasta se peleó con el moderador, el periodista Chris Wallace (Fox), la posibilidad de que controlen sus atropellos de manera virtual lo exasperó. Y así puso en jaque esta tradición que se repite cada cuatro años en los EE.UU. y que los norteamericanos consideran ya como parte del ADN de su sistema electoral y su democracia.
La polémica que se desató por haberse “bajado” de ese segundo debate obligó a su equipo de campaña a hacer lo imposible para intentar minimizar esa retirada. Y redobló su apuesta: le ofrecieron al “team” de Biden postergarlo al 22 de octubre y trasladar también el tercer debate, planteado para ese día en Nashville, Tennessee, para el 29 de octubre. Es decir, apenas cinco días antes de las elecciones del 3 de noviembre. Eso fue rechazado por el equipo demócrata ya que rompe con todas las tradiciones y plazos establecidos desde hace años. Después de varias idas y vueltas y acusaciones cruzadas se decidió que el segundo debate no se concretará. Y ahora sólo queda esperar qué pasará con el restante.
Todo eso llega en un escenario sumamente adverso para Trump y quizás allí se encuentre parte de la explicación para su nerviosismo: no sólo cayó víctima de la enfermedad que durante mucho tiempo minimizó (y que hasta el momento ya causó en los Estados Unidos más de 7,7 millones de contagios y 214.000 muertos), sino que todas las encuestas le dan la espalda. A nivel de los votos generales, según RealClearPolitics, Biden le saca un promedio de 9,8 puntos (51,9% contra 42,1%). Y a nivel de los electores que otorgan cada Estado, si la elección fuese hoy, de acuerdo con los sondeos, el demócrata se quedaría con 358 y Trump se llevaría 180, necesitándose 270 para acceder al máximo lugar de poder.
Frente a eso, Trump necesita de toda la artillería posible para lograr revertir la situación. Y el debate presidencial es una de esas armas que no debería desaprovechar. Si bien hay diversas opiniones sobre si estos combates dialécticos mueven de manera gravitante el amperímetro de los votantes, todos los analistas coinciden con que ayudan a conocer más a los candidatos, los somete a una prueba de estrés que sirve para ver sus reacciones ante situaciones desafiantes y termina convenciendo un poco más a los convencidos. “No hay ningún caso en el que podamos rastrear un cambio sustancial en los debates”, señaló el politólogo James Stimson, quien hizo un análisis detallado de todos los duelos entre 1960 y 2000. Y también sostuvo que, como mucho, pueden ayudar un poco cuando las encuestas están cabeza a cabeza. En definitiva, los candidatos tienen más para perder que para ganar, pero el no ir o bajarse de un debate es algo que no había ocurrido hasta ahora. Y el costo que se puede pagar por ello es una incógnita. Aunque seguramente no será gratuito.
Ahora bien, entre las cosas que dijo Trump para justificar su negativa al segundo encuentro es que el Comité de Debates Presidenciales (CPD) había tomado esa decisión para “proteger a Biden”, algo que ponía en tela de juicio la ecuanimidad de esta organización independiente que viene organizándolos desde el año 1988 y que nunca fue puesta en tela de juicio por ningún aspirante a la Casa Blanca, sea republicano o demócrata.
En el board de CPD hay referentes renombrados de ambos partidos, además de integrantes de ONG de alcance nacional e internacional. Por ejemplo, la directora Ejecutiva es Janeth Brown, una reconocida profesional que llegó a ese sitial en 1987, desde la creación de la organización y que ocupó distintos puestos administrativos en la Casa Blanca y el Senado de EE.UU. Y existen tres copresidentes: Dorothy S. Ridings (Council on Foundations, una asociación nacional de unas 2.000 fundaciones), Kenneth Wollack (de la Fundación National Endowment for Democracy -NED- que recibe financiamiento de Congreso de Estados Unidos) y, lo que derriba aún más la postura de Trump, Frank J. Fahrenkopf, quien preside la Convención Republicana.
Además, cuenta con la presencia de tres copresidentes honorarios, todos ellos ex jefes de Estado: los demócratas Barack Obama y Jimmy Carter y el republicano George W. Bush (también formaron parte los fallecidos Gerald Ford y Ronald Reagan).
La argumentación de Trump que busca poner en duda la imparcialidad de esos debates se hace añicos no sólo viendo quiénes integran el Comité (que toma sus decisiones consensuándolas con ambos partidos), sino analizando el historial de esta práctica que en formato televisivo se escenificó por primera vez en aquel memorable encuentro entre John F. Kennedy y Richard Nixon en 1960, y que dio un empujón adicional al demócrata por el gran nerviosismo que pudo verse en el republicano en la trasmisión por la pantalla chica. El tercero de esos debates entre Kennedy y Nixon también deja en offside a Trump, ya que fue en forma virtual: el demócrata desde un estudio en Nueva York y el republicano desde California. O sea, no sería la primera vez que ocurriría.
Por todo eso, la decisión del presidente de poner en jaque esta tradición tan emblemática para los norteamericanos no parece ser gratuita. Y agrieta aún más el clima de polarización que se vive en los Estados Unidos. Rompiendo nuevamente las reglas. Como a él le gusta. Trump fue otra Trump. Y en eso no hay debate.




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