El gobierno, es decir los Kirchner, se recluye desde hoy en su chalé de El Calafate a definir un reajuste del gabinete, redoblando a solas -no se anuncia presencia de otros funcionarios del primer nivel- el secreto, uno de los ingredientes que más deterioro proyectan sobre el país.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
El sigilo de las sucesivas reuniones con dirigentes del campo, el intento de lacrar -con la ayuda de esos empresarios- lo que se discute puertas adentro y hasta los lugares mismos en donde transcurren las negociaciones no han ayudado a ninguna solución. Al contrario, crean más incertidumbre no ya sobre la suerte de los funcionarios, una nimiedad después de todo, sino sobre la marcha de los muchos conflictos que tiene abiertos el gobierno y que golpean al país.
La música sorda que acompaña a estos movimientos también mudos de los funcionarios es la de las noticias de enfrentamientos despiadados entre ministros, secretarios, presidente y ex presidente. Unos y otros admiten ante los periodistas cómo las informacionessobre presuntas noticiasdel jefe de Gabinete -lo azotaron el miércoles hasta la angustia- salen de la Casa de Gobierno.
Quizá porque no hubo diarios ayer, pasó inadvertido el monólogo que les dedicó sobre su presunta salida Alberto Fernández a los senadores. Ironizó sobre adversarios que no identificó, señaló a responsables de viscosas páginas de Internet, pero no atribuyó esas noticias de renuncia a ningún partido ni dirigente político. «¿Saben dónde estaba hoy? Trabajando con Cristina, hablando con Néstor tres veces a la mañana y trabajando con el secretario de Agricultura para resolver el problema del campo. Yo sé quiénes están enfrente. No son ustedes. Sé quiénes están enfrente y no me preocupa por que sé lo que tengo que hacer. Espero haberle contestado, y quédese tranquilo porque me va a seguir viendo», se exaltó ante un legislador que se interesó sobre esa otra crisis, la del gabinete.
Ocurren bajo esta incipientepresidencia de Cristina de Kirchner cosas que nunca se vieron antes, y menos en la administración de su esposo: cambios con portazos de ministros de Economía -antes se iban despedidos-; imparables rencillas delante de los empresarios, como ha ocurrido entre este Fernández y Guillermo Moreno; descalificaciones de lo que negociaba el jefe de Gabinete por parte -según noticias que también salen del gobierno- de Néstor Kirchner, a quien se le atribuyen broncas propias de un consorte que retiene poder, pero que no tiene lapicera.
Consta que los enfrentamientos entre el jefe de Gabinete y el ex presidente han desgastado a Alberto Fernández, que compareció desaliñado y desteñido en la charla con los senadores que terminó en la madrugada de ayer. Néstor Kirchner pretende imponer un estilo de confrontación permanente, mientras el ministro, más moderado, considera inconveniente abrir varios frentes de conflicto a la vez. Finalmente, como ocurre con los matrimonios en crisis, al embate del ex presidente siguieron las caricias y retrocedería el ex presidente,prolongando el desequilibrio que resulta de que nadie manifiesta autoridad en un momento de crisis. De ese proceso salen todos con menos poder y el país asiste a cómo los senadores de la oposición se acercan a este Fernández a consolarlo como si su caída le quitase un pilar al gobierno. También ve el público cómo los dirigentes del campo lamentan no tener adelante a nadie con mando a quien presentarle sus propuestas y con quien llegar a algún acuerdo en un gravísimo entuerto que ya le cuesta fortunas -y más pobres- a la Argentina. Suben a vehículos que no saben adónde los conducen, ni con quién van a reunirse, llaman a teléfonos que a veces responden y otras veces están cortados.
¿Quién paga esta fiesta de la incertidumbre? El país cuando coloca bonos, cuando debe medir su riesgo crediticio, cuando ve precipitarse los papeles de la deuda. Quien mira de afuera encarece todo negocio con la Argentina. Ya era difícil conseguir un crédito adentro, es casi imposible hacerlo afuera. Las dudas que produce el propio gobierno complicarán aún más los créditos porque la tasa descuenta la desconfianza y quien termina pagando todo es el público, al que el gobierno defiende mal cuando actúa como una fábrica de incertidumbre.
Dejá tu comentario