Inexplicable el tono ayer de los discursos en la tribuna alzada en La Matanza del Presidente y el gobernador de Buenos Aires. Lejos de las campañas -falta un año- y enfocados por las cámaras de TV más cerca de lo que les conviene, se dieron a vociferantes frases, improvisadas en el momento para inflamar a un auditorio del que querían arrancar cada vez más aplausos.
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Con tantos asesores y encuestadores que integran los entornos, debería alguno recomendarles lo que hacen, en el mundo, los políticos a los que les va bien. En un país donde el humor de la clase media regula el sube y baja de la política, ¿creen estos dirigentes que acumular frases huecas, forjadas con los lugares comunes del populismo, les puede aumentar el crédito en la gente? Deberían pensar que mostrarse en primer plano sudorosos, crispados, gritando hasta mostrar sus dentaduras y su campanilla les resta adhesiones. Los sectores medios estiman mucho más ese estilo moderado que muestran, para citar lo más reciente, candidatos presidenciales ligados algunos al populismo, como fueron un Lula da Silva, un Ricardo Lagos y hoy, en Uruguay, un Tabaré Vázquez.
En la Argentina, hasta parece que hombres que tienen títulos universitarios (un Néstor Kirchner abogado, un Felipe Solá ingeniero agrónomo) intentan ocultar sus capacidades para mimetizarse y simular bronca, crispación y estilo iracundo que no tienen en el trato normal, cotidiano de todos los días.
Ni pensar, claro, el beneficio que sacarían de imitar espectáculos políticos como los que dieron candidatos presidenciales de los Estados Unidos en las convenciones que se pudieron ver en directo en la Argentina por TV. Un John Kerry acuñando frases elaboradas, eficaces hasta para un público no estadounidense: «Como presidente, devolveré a esta nación una vieja tradición: los Estados Unidos de América nunca vamos a la guerra porque queremos, sólo vamos a la guerra porque tenemos que hacerlo» o «En mi primer día como presidente, enviaré un mensaje a cada hombre y mujer en nuestras fuerzas armadas: nunca se les pediría ir a una guerra sin un plan para ganar la paz».
Un Bill Clinton, en un discurso no de candidato pero igualmente elaborado, mostró cómo se puede pedir el voto con brillo retórico con la frase que repetía en cada párrafo «Send John Kerry» (envíen a John Kerry a la Casa Blanca).
• Lecciones
Dedicar un instante a pensar por qué esos políticos buscan una imagen limpia, directa, sin llamados al tumulto serviría de lección. También ganarían mucho si sus asesores les acercasen para leer las piezas clave de la oratoria no tan lejana en el tiempo, pero que siguen siendo modelos: el Charles de Gaulle que llamaba a pelear por la Madre Francia, el «Soy un berlinés» de John F. Kennedy al visitar el Muro de Berlín en plena Guerra Fría, el «I have a dream» (tengo un sueño) de Martin L. King, o, más cerca en el tiempo, el chileno Eduardo Frei (padre), que armaba sus discursos de campaña pronunciando de memoria los nombres de decenas de pueblos de su país, algo que trataba de imitar Eduardo Duhalde y emuló, aunque con exceso de vociferación, anoche en La Matanza el ingeniero Solá.
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