¿Hace falta una gran obra para transformar una ciudad? Después de muchos años dedicado al desarrollo urbano y de innumerables conversaciones con funcionarios, desarrolladores y especialistas, llegué a una conclusión que puede sorprender.
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La gestión inteligente como nuevo motor del desarrollo urbano
La incorporación de tecnología a servicios cotidianos permite mejorar la eficiencia, reducir costos y generar valor sin depender necesariamente de grandes obras ni inversiones millonarias.
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La calidad de la gestión urbana empieza a transformarse en un activo que también genera valor.
Las transformaciones más profundas no siempre requieren los mayores presupuestos. En mi experiencia, muchas veces comienzan con decisiones de gestión inteligentes y con tecnología aplicada para resolver problemas concretos.
Durante mucho tiempo se creyó que el desarrollo urbano dependía casi exclusivamente de grandes presupuestos. Sin embargo, la experiencia demuestra que la verdadera diferencia muchas veces está en la forma de gestionar.
La tecnología dejó de ser un lujo para convertirse en una herramienta que permite utilizar mejor los recursos disponibles y ofrecer servicios más eficientes.
Entonces, ¿dónde empieza una ciudad inteligente? No necesariamente en un centro de monitoreo de última generación ni en una megaobra.
Empieza cuando un municipio puede detectar una falla en el alumbrado antes de que se multipliquen los reclamos, cuando sincroniza semáforos para mejorar la circulación, cuando optimiza la recolección de residuos mediante sensores o cuando un vecino puede resolver un trámite desde su casa sin perder una mañana en una oficina pública.
Ese tipo de soluciones tienen en común que no buscan incorporar tecnología por moda, sino resolver problemas concretos.
El reemplazo de luminarias convencionales por tecnología LED con monitoreo remoto es un buen ejemplo. Permite reducir el consumo energético, organizar el mantenimiento de manera más eficiente y mejorar la prestación del servicio sin necesidad de realizar inversiones desproporcionadas.
Por otro lado, cabe mencionar que el atractivo de una ciudad ya no depende únicamente de su ubicación o de su infraestructura. Hasta hace algunos años, esos eran los principales factores para evaluar dónde vivir o invertir. Hoy esa mirada resulta insuficiente. La calidad de la gestión urbana empieza a transformarse en un activo que también genera valor.
Una ciudad que administra mejor sus recursos transmite previsibilidad. Esa eficiencia se refleja en el funcionamiento cotidiano, en la calidad del espacio público, en la velocidad de respuesta frente a los problemas y, con el tiempo, también en la valorización de los inmuebles y en la llegada de nuevas inversiones.
Por eso creo que el desarrollo urbano del futuro no estará definido únicamente por la magnitud de las obras que se inauguren, sino por la inteligencia con la que se administren las ciudades.
La innovación más valiosa no siempre es la más costosa. Muchas veces es la que logra que los recursos rindan más, que los servicios funcionen mejor y que la tecnología deje de ser un objetivo para convertirse en una solución.
Arquitecto, desarrollador, director de Grupo Ludigliani



