Opiniones

Una golondrina financiera no hace verano

Entrados en la segunda mitad de 2019, el panorama financiero argentino comienza a llenarse de nubarrones.

En el primer día de junio el riesgo país subió un 2,5% y tocó los 1.013 puntos básicos, el máximo nivel en la era macrista y el más alto en los últimos cinco años, lo que evidencia que el nerviosismo de los operadores por el futuro de la deuda no logra disiparse, pese a los reiterados apoyos del FMI y del gobierno norteamericano en el programa oficialista. Bonos con vencimiento en años 2020 y 2024 tiene rendimientos del 20% en dólares, una tasa que los sitúa en activos despreciables.

A pesar de que las fuerzas políticas con posibilidad de ganar las próximas elecciones dieron prioridad de pago a los acreedores privados, las tentadoras ofertas no encuentran compradores y el precio de los bonos pareciera no tener piso. No hay confianza en Argentina por el estado de los “fundamentales” de la economía. Se calcula que el próximo gobierno deberá enfrentar pagos de la deuda entre capital e intereses del orden de los u$s 156.000 millones. Además, los ruidos de la guerra comercial entre Trump y China no colabora en nada, golpeando duro a los activos locales; mientas tanto el rendimiento de los bonos estadounidenses no para de caer por la gran demanda que tienen.

Yendo un poco hacia atrás, la primera mitad del año se caracterizó por la vuelta de la incertidumbre cambiaria, el rebrote de la inflación y una profundidad en la contracción de la actividad económica que el año pasado no se esperaba. En ese contexto, el salto del dólar durante marzo-abril volvió a encender las alarmas de una nueva corrida que terminara de implosionar el modelo y obligó al FMI a ceder en la venta de reservas dentro de las bandas cambiarias para que el billete verde no se disparase. Al mismo tiempo, la tasa de interés de las Leliqs del BCRA superaba el 73% anestesiando la demanda de dólares.

Así, la segunda mitad del año comenzó con una relativa paz cambiaria, pero con una sangría en las reservas del BCRA que no hace más que evidenciar que en cuestión de dólares, la manta es demasiado corta. Los u$s 10.800 millones del último desembolso del Fondo duraron un mes y medio. El pago de la deuda y la venta diaria de 60 millones de dólares explican la pronunciada baja. Mientras tanto, la formación de activos externos continúa en niveles preocupantes y los dólares de los bonos que el gobierno paga no vuelven a reinvertirse, lo que suma más preocupación a la situación de por sí delicada. Para todo 2019 se espera que la FAE llegue a U$S 22.000 millones. La incertidumbre electoral y los resultados adversos para el oficialismo en los comicios provinciales alejan al capital financiero que apuesta a la reelección del gobierno, en un momento en donde la posibilidad de tomar deuda en el mercado internacional ha quedado prácticamente vedada. Las licitaciones para refinanciar la deuda en Letes que vencen después de octubre son a tasas muy altas y cada vez menos inversores se quedan en ellas, ya que prefieren activos líquidos y de corto plazo.

En ese contexto es de esperar que el dólar comience una nueva escalada alcista en los próximos meses, por lo menos para recuperar algo de la inflación del período. Tal vez el BCRA esté evaluando que nivel de reservas está dispuesto a sacrificar para mantener cierto tipo de cambio sin volver a desbocar la suba de precios. Pero son conscientes que no podrán utilizar el ancla cambiaria, que mejora el ánimo de la gente, hasta las elecciones de octubre. Con las nuevas medidas, los activos en pesos tuvieron rentabilidades mensuales en moneda dura del orden del 4%, algo que no puede sostenerse mucho en el tiempo. Las reservas de libre disponibilidad son menos de 20.000 millones de dólares, y si bien en las últimas semanas el BCRA no intervino en el mercado, el potencial de algunos activos en pesos de correrse al dólar es muy fuerte, principalmente por el stock de Leliqs y plazos fijos, de $1 y $1,3 billones respectivamente.

De aquí a fin de año es poco probable que el riesgo país disminuya, sino todo lo contrario. La deuda pública no para de subir en relación al PBI, que este año volverá a caer; algunas mediciones la colocan cercana al 90%. No hay un programa económico que tenga pensado crecer para pagar. El gasto público viene aumentando a una tasa menor que los ingresos y, a la vez, mucho más baja que la inflación. Esto significa un gran ajuste de las prestaciones que brinda el Estado, salvo en el ítem intereses de la deuda pública, que escala un 195% real en tres años y llega a más de 1 millón de pesos por minuto. Así, a pesar de que en el horizonte quedan pocas luces, la lógica ortodoxa se sigue imponiendo.

(*) Director de la Licenciatura en Economía de la Universidad Nacional de Avellaneda, e integrante del colectivo Economía Política para la Argentina (EPPA).

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