5 de octubre 2005 - 00:00
El paisaje humano
-
Nación llegó a un acuerdo con Santa Fe y desembolsará $120.000 millones para la caja jubilatoria provincial
-
Milei activa fondos para las provincias y acelera con gobernadores por la reforma electoral
No han ido a instalarse en un remoto paraje africano gobernado por un ignorante y corrupto tiranuelo. Por el contrario, lo han hecho en el país con los índices medioambientales, sociales y culturales más altos de América (después de Canadá y EE.UU.)
Determinados proyectos tecnológicos no pueden instalarse en cualquier lugar sin tener en cuenta su acceso a personal calificado, comunicaciones y energía. Pero debemos reconocer con dolor que Uruguay y la Argentina (pese a su apreciado nivel cultural) somos países periféricos y marginales a los grandes flujos de comercio, inversión y desarrollo científico y tecnológico. Nuestras «ventajas comparativas» están constituidas centralmente por la mano de obra barata y, eventualmente, por un tratamiento más benigno en lo que respecta a algunos regímenes de promoción impositiva y/o otras «ventajas» producto de corruptelas y especulaciones cortoplacistas. El mercado local (considerando la debilidad del Mercosur) es intrascendente y (en nuestro caso) todo aquel que especule con un tipo de cambio favorable a las exportaciones es segura presa de la aplicación de retenciones.
Estas «condiciones estructurales de subdesarrollo» sólo pueden ser alteradas por dos vías: 1) la consolidación de un esquema integrador que ofrezca una economía de escala (200 millones o más de consumidores locales) con instituciones y seguridad jurídica para aquellos que se instalen fuera de Brasil (único mercado per se atractivo), 2) la generación de propuestas que tengan en cuenta los intereses de los eventuales inversores en convergencia con los nuestros. Este último caso es el de las papeleras en Uruguay.
La Argentina debería proponer a Uruguay negociar con las empresas un «período de transición» hasta el año 2017 durante el cual se ponga en plena vigencia la legislación («toda la legislación», no sólo la aplicable a las papeleras) con que Europa contara desde 2007. Es cierto que durante los 10 años de «transición» tendremos un nivel de contaminación más alto que el óptimo. Tenemos que recordar que hoy convivimos con el Riachuelo, la quema del fueloil venezolano altamente tóxico, nuestras propias papeleras, la falta de control de los envenenantes caños de escape vehiculares, el deterioro de las napas freáticas urbanas (por la falta de cloacas) y rurales (por el accionar de los agroquímicos), etcétera.
Sería una bendición si dispusiéramos de un programa a diez años para la normalización de todos estos temas que tanto afectan nuestra salud y la calidad de vida cotidiana. Ni hablar si aprovecháramos la coyuntura para organizar una Agencia Medioambiental Mercosur que estandarizara una legislación regional sobre la materia que nos permitiera no sólo avanzar ordenadamente, sino proponer al mundo un original esquema de desarrollo económico que incluyera la sabia administración de los recursos renovables y no renovables, la limitación en la emisión de gases, un programa de desarrollo biogenético animal y humano aplicable a la lucha contra el hambre, y la plena recuperación y utilización de nuestras cuencas aquíferas subterráneas y de superficie.
El «subdesarrollo» no es una categoría técnica, econométrica ni étnica. Es el estado de conciencia negativa de una determinada dirigencia de uno o más pueblos de un país o región. Si Dios existe (y yo creo que así es) nos ha bendecido y señalado como privilegiados administradores de la abundancia y la felicidad. Una prueba de su existencia es cómo nos castiga recurrentemente por nuestra irresponsabilidad y estupidez.
Lo único que le reprocho es que su furia cae centralmente sobre los más débiles e inocentes de nuestra comunidad mientras que los más cínicos beneficiarios de tanta tropelía gozan impunemente de los frutos de sus despiadados pillajes. Así el «cuidado del medioambiente» es un objetivo concreto y una metáfora válida porque, finalmente, los hombres y las mujeres somos «los accidentes naturales» más valiosos del paisaje terrenal.
(*) Ex embajador en EE.UU., Brasil y la Unión Europea.




Dejá tu comentario