Malvinas: volvieron al lugar donde hace 38 años combatieron juntos

Ambito Nacional

Integran el quinto grupo de sanjuaninos que el gobierno provincial envía a las islas en busca de que puedan cerrar heridas.

Juan Leyes trepa la cuesta con cierta agilidad. O, por lo menos, con más agilidad de la esperada. Se venía preparando en el último mes con caminatas en San Juan todas las mañanas, dijo después. “Es por acá, atrás de una piedra, veíamos el mar”, dice, y acelera el paso. Más atrás, Daniel Marzano camina lento, con ayuda de dos compañeros. Desde lo alto de esa cuesta se ve, a un lado, Puerto Argentino, la capital de las Islas Malvinas. Y al otro una lengua del mar que parece un lago. En 1982 era usado como corredor aéreo por los aviones británicos para sus ataques, en general nocturnos. “No veíamos el mar, veíamos una planicie, acá no es”, afirma, con seguridad, Marzano, contradiciendo a Leyes.

Hace 38 años, cuando ambos eran conscriptos, pelearon juntos en esa colina de la Península Camber, una línea de defensa para evitar el avance inglés sobre Puerto Argentino. Tenían 18 años, habían hecho también juntos el servicio militar en el Batallón de Infantería de Marina N° 3. Ayer, volvieron a caminar por la misma turba, ese suelo esponjoso y resbaladizo donde el agua se filtra hacia arriba. Los otros doce excombatientes sanjuaninos (el quinto grupo que envía a las islas el gobierno provincial de Sergio Uñac) caminan detrás, y también buscan las trincheras. Detrás de las piedras, que los protegían de los proyectiles enemigos, y donde Marzano dice que apoyaba la metralleta automática.

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El gobierno de San Juan ya envió a 5 grupos de veteranos de la provincia a revisitar las islas que una vez defendieron.

El gobierno de San Juan ya envió a 5 grupos de veteranos de la provincia a revisitar las islas que una vez defendieron.

Desde arriba se ven los grandes tanques de gas oxidados que les servían de referencia. También la casa de piedra donde se guardaba la comida y hasta donde debían caminar una media hora para buscar el desayuno y la cena. Arroz y sémola. Sin pan. “Lo empujábamos en la marmita así, con los dedos”, había contado Leyes un par de tardes antes, en un bar, mientras hacía escuchar los audios de Whatsapp enviados por su nieta menor, de tres años. “Es un loro, viste cómo habla. Mis nietas me mantuvieron”, agrega.

Ahora, buscan la posición donde estuvieron 72 días durante la guerra. Marzano viene rezagado. “Está gordo y fuma mucho”, dice Leyes. Marzano usa una metáfora efectiva: vino a Malvinas a cerrar la puerta de su casa, que quedó abierta en junio de 1982. Y con volver a caminar en ese pequeño monte, con las pintorescas casas de colores de Puerto Argentino del otro lado de la bahía, parece reconfortarse. Por eso, prácticamente desiste de seguir buscando su posición, a la que le había hecho un piso de piedras y donde aún debería estar el enorme hueco dejado por una bomba; la misma que le arrancó una pierna a un compañero delante de sus ojos. En la tarde sopla un viento que corta y silba demasiado fuerte, una recreación de aquel otro viento. El de hace 38 años.

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Juan Leyes busca la trinchera donde peleo hace 38 años.

Juan Leyes busca la trinchera donde peleo hace 38 años.

Pollitos

“La consigna era matar o que te maten. Alrededor lo único que veíamos era agua. ¿Sabés lo que es vivir 72 días con ese miedo?”, Leyes vuelve a mirar la casa de piedra. Una vez iniciados los combates más cruentos, en junio, ya no la visitaban para buscar la comida. El recuerdo del hambre es casi una constante. Nada le escapa. Un rato antes, un excombatiente vio un ganso camino a una playa con pingüineras y evocó: “Son incomibles esos bichos. Los podías hervir 24 horas que seguían duros”. Todo en las islas sigue siendo visto como alimento.

Un día antes, Leyes y Marzano habían tenido una primera conmoción, al regresar al viejo aeropuerto de Puerto Argentino. Lo pisaron al inicio de la guerra y volvieron al final, ya como prisioneros. “Estuvimos tres días, mal no nos trataron. Me quedó grabado, y me sigue doliendo, cuando tiraban comida desde aviones y los soldados argentinos se amontonaban como si fueses pollitos”, rememora Marzano, quien entró al servicio militar con 105 kilos y al regreso de Malvinas pesaba 62.

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El aeropuerto de Puerto Argentino es el primer lugar que volvieron a ver los veteranos.

El aeropuerto de Puerto Argentino es el primer lugar que volvieron a ver los veteranos.

“Nos hicieron tirar la ropa, nos dieron un overol y una bolsa ranchera: sánguche de milanesa, huevo duro y una naranja. Fue el pan más rico que comí en mi vida”, dice Leyes, al desmenuzar una línea de tiempo que siguió con el traslado a Punta Quilla en el barco hospital Bahía Paraíso. En ese punto se emociona, son años de espera, de contar poco, de una vida marcada por una guerra que de pronto se le viene encima. Las dificultades para encontrar trabajo, escuchar a quienes le decían que no merecía una pensión de veterano por estar sano, la costumbre vigente de acostarse bien temprano apenas oscurece los días de mucho frío. Después de la guerra hizo changas, y ahora se anotó para terminar el secundario. Marzano tiene panaderías en San Juan. En los noventa fue remisero y antes había tenido un empleo municipal.

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Juan Leyes y Daniel Manzano volvieron al lugar donde hace 38 años vivieron la guerra.

Juan Leyes y Daniel Manzano volvieron al lugar donde hace 38 años vivieron la guerra.

Trincheras

“Yo siempre digo que no nos han querido matar. Nosotros teníamos un solo infrarrojo con elástico que nos lo íbamos pasando mientras ellos nos apuntaban. La última noche largaron tiros pero con munición trazante, que hace una luz y da tiempo para esconderse. Creo que no nos quisieron matar”, insiste Leyes. Lo dice con pesar, como si fuera una carga. ¿Estaban preparados para combatir? Ambos sostienen que sí, que habían tenido una instrucción en Río Grande bastante completa antes de abril. “Distinto a los pibes del ejército, que se cagaron de hambre y no sabían manejar un fusil”, añade Marzano.

Al rato, Leyes se planta, llega a una posición y la reconoce como la suya, 38 años después. Está rodeada de piedras, el agua sube como en aquel entonces, cuando amanecía con la ropa empapada. Llora. Se abraza con otro compañero. Marzano lo mira de reojo. “No es ahí, si él estuvo conmigo y no veíamos el mar”. Cada cual con sus recuerdos, y sus confusiones.

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Así es la vista de la colina que defendieron Leyes y Marzanos en 1982.

Así es la vista de la colina que defendieron Leyes y Marzanos en 1982.

Marzano abandona la búsqueda, no quiere seguir caminando aunque imagina que su posición está a unos 500 metros. En muchas de esas piedras hay restos de la guerra: vainas, trapos, un bolso militar y hasta un jugo de naranja en cartón de aquellos años, escondido debajo de una tapa. Pero Marzano prefiere detenerse y dejar escurrir recuerdos, como cuando despertó a toda la bahía por un movimiento sospechoso que terminó siendo una vaca. O cuando se quemó la cara porque un compañero salpicó agua en la fuente donde cocinaba tortas fritas con grasa de ovejas. “Me sacaba fotos un periodistas porque estaba vendado, se creían que era un herido de guerra”, dice, con una sonrisa.

Leyes se convence: ahí están las tres trincheras, en las que alternaban cada vez que el agua subía. Y sigue caminando ladeado por un periodista sanjuanino, que lo filma y le hace preguntas. Marzano niega con la cabeza. Un tercer excombatiente le dice que encontró la posición algo más lejos en una caminata solitaria. Las descripciones coinciden casi exactas. La filmó, incluso, pero como no le sacó la funda al celular, es un video oscuro, de negrura absoluta. “Qué boludo”, se recrimina el compañero.

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Los veteranos Juan Leyes y Daniel Marzano, abrazados sobre el pozo que hace 38 años fue la trinchera donde lucharon.

Los veteranos Juan Leyes y Daniel Marzano, abrazados sobre el pozo que hace 38 años fue la trinchera donde lucharon.

Ya es tarde para volver a subir y sacarse la duda. El viento pega cada vez más fuerte y el sol se retira. El excombatiente se guarda el celular y dice que el viernes pueden volver, que la van a encontrar. Seguro. Es esa. Marzano dice que sí.

Sin embargo, algo en el aire dice que no. Que no van a volver. Leyes ya encontró su trinchera, la que había ido a buscar.

Marzano, por su parte, caminó por la colina que defendió en 1982. Le alcanzó para cerrar la puerta de su casa. Y ya se lo ve más tranquilo.

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