Boca atraviesa un mercado de pases que incomoda por donde se lo mire. No por una negociación caída, no por un refuerzo que se enfrió o por un nombre que se escapó por detalles, sino por algo mucho más contundente y difícil de maquillar: no trajo a nadie.
Boca atraviesa un mercado sin refuerzos y la gestión Riquelme suma dudas
El "Xeneize" aún no incorporó jugadores este año, un escenario poco habitual en su historia reciente, y la vuelta a la Copa Libertadores aumenta la presión.
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Boca atraviesa un mercado sin refuerzos y la gestión Riquelme suma dudas
No incorporó jugadores desde otros clubes, no sumó un libre que empuje la competencia interna, no cerró un préstamo que aporte aire. Nada.
Un mercado en blanco para un club que vive en un estado permanente de obligación. Y lo más llamativo es que esto ocurre justo en el año en el que Boca vuelve a jugar la Copa Libertadores, el torneo que define su identidad, su orgullo y su vara.
En Boca, el mercado de pases nunca es un tema menor. Porque la camiseta pesa, porque la presión devora, porque los rivales se arman, porque la agenda deportiva no permite pausa y porque el club, cuando pretende ser protagonista, necesita jerarquía. Sin embargo, el cuadro actual parece escrito al revés: cuando el calendario exige reforzarse, Boca se queda quieto.
Y eso, aun en un fútbol argentino lleno de excusas económicas, es un síntoma. No hace falta exagerar ni dramatizar: alcanza con mirar el recorrido reciente para entender que no es normal que Boca atraviese una ventana sin incorporaciones externas. Podrá traer poco, podrá traer tarde, podrá equivocarse en nombres. Pero “no traer a nadie” es un escenario inentendible.
El punto central no es únicamente el resultado final del mercado, sino el mensaje que deja. Boca está en un momento donde debería enviar señales claras. Pero lo que transmite es otra cosa: dudas, desorden, demora, pasividad. Un club que se mide por su capacidad de imponerse, eso es alarmante.
Lo que agrava el escenario es que este “mercado sin refuerzos” no aparece aislado, como un accidente dentro de un proyecto serio. Se lee como el capítulo más reciente de una gestión que se acostumbró a explicar antes que a corregir.
La conducción de Juan Román Riquelme, que llegó con promesas de orden, liderazgo y sentido futbolero, hoy queda atrapada en una narrativa repetida: cuando algo no sale, siempre hay una culpa externa que justifica el problema.
Boca, desde hace rato, parece una máquina de conflictos. Jugadores que se van en malas condiciones, relaciones que se desgastan, ciclos que se consumen rápido, declaraciones cruzadas, desgastes innecesarios. Y siempre el mismo final: Boca queda dividido y sin una sensación de crecimiento real.
Si Boca estuvo dos años sin Libertadores, el regreso debería ser un punto de quiebre, pero el mercado, por ahora, muestra lo opuesto.
La foto actual del mercado de pases, con un club brasileño quitándole de las manos el único refuerzo que tenía, es apenas la punta del iceberg.. Porque sin refuerzos, sin plan y sin cambios internos, la Libertadores no será una oportunidad, sino una ilusión sin fundamentos.




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