Las estadísticas dirán que, en este torneo ecuménico de voleibol que culminó anoche en el Luna Park de Buenos Aires, Brasil se coronó campeón del mundo, tras vencer a Rusia por 3 a 2 (23-25, 27-25, 25-20, 23-25 y 15-13). Reflejarán también que Francia -en sorprendente actuación-superó a Yugoslavia por un contundente 3 a 0 y alcanzó un histórico tercer lugar.
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El corazón -en cambio-dirá que en este mismo escenario, Argentina hizo que se llene de fervor, entusiasmo que obligó al contagio colectivo. Simplemente, porque en las declaraciones previas el técnico Carlos Getzelevich sabía de las limitaciones de esta representación y los mismos jugadores (muchos de ellos experimentados) se habían impuesto una meta: estar entre los primeros ocho equipos de los cinco continentes.
Decir que lo lograron sería una simpleza. El sexto puesto, tras la ajustadísima derrota sufrida ante Italia, el tricampeón mundial, el entusiasmo de los asistentes, que llegó como incesante comunión entre jugadores y gente, hicieron que este torneo para los argentinos sume una página enfervorizada que supere los fríos números de bloqueos, rebotes, ataques y defensas, para ocupar un lugar preponderante en el anecdotario del deporte de esta parte del continente, precisamente el mismo en el que consagraron a los representantes de un país vecino.
En cuanto a lo estrictamente deportivo, este torneo dejó algunas cosas en claro: que el equipo estuvo a la altura de las exigencias; que se fue imponiendo metas y escalando, incluso, sobre rivales que prioritariamente estaban en un nivel superior, como Bulgaria e Italia; que trabajando se pueden lograr objetivos que antes podían ser impensados; y en el aspecto organizativo, que todavía algunos pueden hacer pensar que en el país no está todo perdido.
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