Cuando los Juegos Olímpicos fueron un camino hacia la paz

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Grecia, año 480 antes de Cristo. Las fuerzas lideradas por Jerjes planean la venganza de la derrota sufrida en Maratón una década antes. Poco antes de la legendaria defensa de los 300 espartanos, las ciudades helénicas acordaron formar un ejército aliado, pero surgió un problema: muchas personas querían ir a los Juegos Olímpicos y debieron posponer la formación de la tropa. Desde mucho antes, la máxima competencia deportiva y la paz estuvieron ligados de forma sólida.

En la antigüedad, los griegos ponían en práctica la ekecheiria o tregua olímpica, mediante la cual se suspendía toda actividad bélica durante un tiempo dado, y así deportistas, artistas, familiares y fanáticos podían concurrir a Olimpia, la ciudad que recibía a los juegos. Desde 776 antes de Cristo hasta 393 de nuestra era, se cumplió este rito único, y quienes no lo hicieron, fueron expulsados o multados.

Casi dos mil años después, el barón Pierre de Coubertin luchó contra cielo y tierra para lograr el renacimiento de los juegos y revalidar esos ideales tan poco frecuentes en la actualidad. Justicia, igualdad, competencia, paz, algunos de los principios que promueve la contienda.

Hubo decenas de veces en que los Juegos Olímpicos atravesaron crisis violentas, como las suspensiones por las guerras mundiales (Londres, elegida para 1944, los albergó en 1948 en un evento cargado de simbolismo y austeridad), el ataque del grupo Septiembre Negro a la delegación israelí en Munich 1972 o el atentado en Atlanta 1996. Sin embargo, existieron episodios en que el Comité Olímpico Internacional pudo sentirse orgulloso de sus ideales y mostrar al mundo que otro camino es posible, tal como acaba de ocurrir con la unión de las dos Coreas en los Juegos de Invierno en Pyeongchang (Sur) en un gesto esperanzador.

• Dos Juegos, el mismo racismo


Berlín 1936 quedará en la historia como sinónimo de éxito deportivo y organizativo. Sus estadios majestuosos quedaron para la posteridad, así como la tradición reflotada de hacer los relevos de las antorchas y el fuego sagrado. Fue la edición marcada por la presencia del nazismo en Alemania y la intención de mostrar la superioridad aria. Los triunfos de Jesse Owens, afroamericano que ganó en 100 y 200m, posta 4x100, y salto en largo, golpearon a Adolf Hitler en su cara y pusieron de manifiesto el segregacionismo en EEUU: al volver a su país, Owens sufrió más discriminación que en tierras germanas. Allí, el local Carl Ludwing Long, favorito en salto en largo, le dio unos consejos al nacido en Alabama para clasificar a la final. Owens fue campeón y el exponente alemán, segundo. Fueron amigos hasta que la guerra acabó con la vida de Long.

Smith (1°) y Carlos (3°), apoyados por el australiano Peter Norman, hicieron el saludo del Black Power. Fue la imagen más fuerte de México 1968.

Del mismo modo, en México 1968 quedó en primer plano la violencia contra los negros cuando Thomas Smith y John Carlos, oro y bronce de los 200m, levantaron el puño izquierdo luciendo un guante oscuro y agacharon la cabeza cuando sonó el himno en señal de apoyo al Black Power. Ambos fueron expulsados de su delegación, pero quedó como la imagen más recordada de esos JJOO.

• El privilegio de los invernales
Lake Placid 1980, los únicos Juegos de Invierno que fueron saboteados.

Olimpismo y boicots son dos conceptos que van de la mano. Aunque el COI no permite manifestaciones políticas, no obliga a los comités nacionales a participar de los juegos, por lo que pueden libremente no asistir. Moscú 1980 y Los Angeles 1984 son los casos más emblemáticos. Las ediciones de invierno, aunque no son universales, tienen la eximia condición de presentar una única protesta. Taiwán decidió no competir en Lake Placid 1980 debido a la inclusión de China, lo que generó un conflicto de identidad, banderas e himnos.

• El nuevo mapa mundial y el regreso de la tregua sagrada


El inicio de la década de 1990 trajo aparejado una reconfiguración geopolítica. La Unión Soviética quedó desmembrada, pero participó en Barcelona 1992 (primeros juegos sin boicots) como Equipo Unificado. El caso más grave fue el de Yugoslavia, que había iniciado un proceso interno cruento y que derivó en una guerra civil intestina. Sólo deportistas individuales bajo bandera olímpica y equipos separados como la selección de básquet de Croacia viajaron a España. El conflicto siguió y José Samaranch, presidente del COI, propuso la reinstauración de la tregua antigua. Tuvo el apoyo de la ONU en un notable gesto de fuerza. Pero el combate no cesó, y el titular del olimpismo se trasladó a Sarajevo, donde se había realizado los JJOO de Invierno de 1984 y sus instalaciones fueron utilizadas para crímenes de guerra o terminaron destruidos. Samaranch viajó a la capital Bosnia para dar un mensaje elocuente antes de Lillehammer 1994. Aunque la guerra yugoslava duró hasta 2001, algunos episodios se fueron revirtiendo luego de este hecho. La tregua olímpica continuó, aunque no siempre se respetó: la matanza en Siria y decenas de lugares en el mundo no se frenó a pesar de Río de Janeiro 2016.

• Una crisis regional que creó un equipo
Por primera vez en la historia, en Río 2016 participó el equipo de refugiados (Sitio oficial del COI).

Oriente Medio es inestable desde hace milenios. Fueron más los períodos de guerras que los de ausencia de conflictos. Uno de los últimos involucra a Siria, uno de los asentamientos humanos más antiguos. Los combates datan de 2011 y se profundizaron desde la aparición de Estados Islámico y la intervención de EEUU y Rusia. Esto provocó que miles de personas emigren a Europa, tanto de Oriente próximo como de otros lugares, en busca de asilo. Para los juegos de Río el COI puso en práctica una medida que ya planeaba para Londres 2012: la creación del Equipo Olímpico de Refugiados. Participaron diez atletas provenientes de la República Democrática del Congo, Sudán del Sur y Siria bajo la bandera de los cinco anillos. Incluso, una refugiada siria fue relevista de la antorcha en Atenas.

• El deporte, antes que la política
La emoción de Majlinda Kelmendi, la primer ganadora de una medalla, y de oro, para Kosovo.

El COI es uno de los organismos internacionales más antiguos que existen. Nació en 1894, 51 años antes que la ONU, una entidad con principios similares. No sorprende, entonces, que posea más países afiliados, 206 frente a 193. Así, el ente rector del olimpismo mundial cobija a dos naciones aún no reconocidas como Palestina y Kosovo. Los representantes de Medio Oriente participan desde Atlanta 1996, muchas veces invitados por el Comité Internacional, otras por tener una federación que los alberga (en muchos casos, Alemania). En tiempos de belicismo explícito y sin justificación, y con protestas israelíes mediantes, estos actos sientan un precedente claro sobre igualdad. Por el lado de los balcánicos, su trascendencia es aun mayor, habida cuenta del caso antes mencionado. Pese al reproche de Serbia, Kosovo disputó en Río sus primeros juegos. La delegación estuvo formada por ocho atletas, y la estrella fue la judoca Majlinda Kelmendi, medalla de oro en 57 kilos. También hubo un esquiador de este país en Pyeongchang.

Tal vez, para muchos la tregua sagrada sea sólo un simbolismo, pero de algo tan pequeño puede surgir algo muchísimo más grande. Por iniciativa del movimiento olímpico, las dos Coreas se unieron para competir juntas en los Juegos invernales. No alcanzará para frenar los conflictos mundiales, pero es un primer paso en un largo camino en la que la política, los líderes del planeta y las sociedades mismas transitaron con una mayor turbulencia.

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