Que sí, que no. El partido entre River y Newell's terminó suspendiéndose 24 horas antes de la fecha prevista, y la decisión final la tomó el ministro del Interior, Aníbal Fernández, ante la falta de decisión del juez Luis Osvaldo Rodríguez, que entiende en la causa del asesinato del barra brava de River Martín Gonzalo Acro.
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La seguridad nacional dio otra muestra de claudicación ante estos grupos violentos que azotan al fútbol con total impunidad, y ahora River va a tener que jugar 8 partidos en un mes, jugando los 5 fines de semana y, por lo menos, 3 miércoles entre Copa Sudamericana y Torneo Apertura. Esto, es justo decirlo, se incrementó por el insólito pedido de River de no jugar la primera fecha ante Gimnasia de Jujuy. Lo cierto es que las veladas declaraciones de Adrián Rousseau prometiendo « venganza» contra el grupo que lidera Alan Schenkler fueron demasiado para la Justicia, que recomendó suspender el partido, aunque no lo pidió. En principio, se había decidido jugarlo incrementando el personal policial de 750 a 1.050 efectivos (un ejército), pero después el ministro del Interior decidió la suspensión para evitar problemas.
Mientras, el presidente de River, José María Aguilar, está en Suiza representando a Sudamérica en la comisión legal de la FIFA que estudia las transferencias internacionales de juveniles y los derechos de los clubes a ser indemnizados, y recién volverá mañana. En su club, la violencia está en su punto más alto y parece no tener solución.
En el medio, como rehenes, están el fútbol y el público pacífico que cada vez tiene más miedo de ir a una cancha, para beneficio del monopolio «Clarín» que ahora televisa todos los partidos y cobra extra por la mitad de ellos.
Lo cierto es que, otra vez, los violentos se salieron con la suya, y por sus propios intereses (que no son deportivos, sino económicos) un partido tuvo que suspenderse y el campeonato empieza a tener «asteriscos» en su tabla de posiciones.
Mientras, el gobierno y la Justicia no le encuentran solución a la violencia en el fútbol, y el fútbol sigue siendo rehén de los barras bravas, que son los que mandan.
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