Te doy cien mil dólares por García, pero dame también 30% del nueve de la sexta.» La charla, en este caso ficticia, entre el presidente de un club y un inter-mediario de plaza se repite cada vez más. En un fútbol cada vez más pobre y con más deudas, los intermediarios, empresarios y representantes de jugadores, cada vez son más ricos y son los que manejan el mercado, dictaminando en qué club juega cada jugador.
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Y aunque la FIFA prohíbe expresamente que un particular sea dueño de la ficha de un jugador, en la Argentina se ha creado el eufemismo de los «derechos económicos» y «derechos federativos» para legalizar un delito. Así las cosas, por ejemplo, de la noche a la mañana a Independiente le sacaron a Ariel Montenegro y lo transfirieron al Córdoba de España. Según declararon los propios dirigentes al club (que le pagaba el sueldo y le daba «su vidriera»), no le quedó un peso, porque se lo llevó Gustavo Arribas, el due-ño de los derechos económicos.
A fines de la década del '80, David Nazareno Bisconti era el goleador de Rosario Central y pretendido por varios clubes, entre ellos River, pero era muy difícil transferirlo porque su pase era propiedad de 29 inversionistas, los que debían firmar para aprobar la venta. Siempre había un disidente y a Bisconti se le pasaban los años, hasta que se pusieron de acuerdo para venderlo a Japón. Si esto no es esclavitud, está muy cerca de serlo.
El 30% de los jugadores de divisiones juveniles del fútbol argentino no pertenece en su totalidad a los clubes y ése, casualmente, es más o menos el porcentaje de jugadores que llegan a primera, por lo que uno sospecha que la mayoría de los chicos con talento y futuro ya fue vendida mucho antes de que José Pekerman y Hugo Tocalli los citaran para el Sub-17. Así el fútbol no tiene ni presente, ni futuro.
Norberto Recasens compró al «Piojo» Claudio López en mil dólares a Universitario de Córdoba, después le vendió 50% a Racing en un millón de dólares y la otra mitad, al Valencia en 5 millones, después de esto podría escribir un libro: «Cómo hacerse millonario con mil dólares».
Gustavo Mascardi acrecentó su patrimonio en los últimos años en más de 10 veces el original, cambió la Bolsa de valores por el fútbol y mal no le fue, mientras que Marcos Franchi apostó a la juventud y es dueño de porcentajes de pases o representa a la mayoría de los chicos que pasaron por las selecciones de Pekerman, incluido Riquelme. Todos hacen negocios válidos o validados por los dirigentes de fútbol que los buscan como salvadores cada vez que el agua les llega al cuello y son los que imponen «las reglas del mercado» y se llevan las ganancias.
Los dirigentes dicen que los intermediarios «son males necesarios», aunque uno se pregunte si sirven para algo los males necesarios.
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