29 de enero 2002 - 00:00

Por qué no los cacerolazos a barras bravas

Estamos en tiempos donde las mayorías, habitualmente silenciosas, empezaron a hacerse oír. El fenómeno de los cacerolazos es una forma de protesta pacífica que logró mucho más que las protestas violentas y los paros generales.

Es un método que bien se podría usar para terminar con las barras bravas en el fútbol, donde la mayoría del público «está acorralado» y es víctima de una relación perversa de una minoría que se cree «los dueños del espectáculo» y que mediante presión consigue «favores» de dirigentes y jugadores de fútbol, ante una significativa pasividad policial que cuando reprime lo hace tarde y mal, pero que también presiona para que «se le pague» una cantidad exorbitante de efectivos policiales que vienen a «hacer horas extra al estadio».

Como se ve, la encerrona es grande y tiene más bifurcaciones que un laberinto, porque hay en el medio dirigentes de fútbol que utilizan estos grupos para echar a un director técnico que perdió un par de partidos, pero que quiere que le respeten el contrato, o dirigentes políticos que los utilizan para que les den colorido a los actos y viven su nombre, o directores técnicos que hacen uso de este «servicio» para que los pidan cuando no están o los respalden con banderas cuando son los responsables de los equipos. Una maraña no exenta de otros condimentos, fundamentalmente violencia y drogas, que le permitió a un tribunal, en el caso de la muerte de los hinchas de River en caratularla como «asociación ilícita», porque en su fundamento están asociados para delinquir.

Estos grupos fueron los que más crecieron en los últimos años, despoblando las tribunas de los estadios por el miedo del espectador a ser robado, atacado y golpeado. Ir a una tribuna popular en un estadio es poco menos que una aventura de safari por Africa, pero desarmado.

Los que dicen «querer la camiseta» el jueves pasado casi le hacen perder a San Lorenzo su primer campeonato internacional, porque invadieron la cancha antes de que se patee el último penal para «llevarse el trofeo de las camisetas de los jugadores»; un robo con 40.000 testigos, entre ellos 700 policías que también hacían de testigo, porque a los hinchas los tuvo que convencer para que se fueran el arquero Sebastián Saja, para que pudiera finalizar el espectáculo.

• Pruebas

El sábado iba a ser una noche de gloria para los juveniles de Boca, que derrotaban 4 a 0 a River, pero a estos grupos poco les importó, porque se estaban peleando por robarse mutuamente las banderas y generaron un escándalo que hizo suspender el partido.

Estas son pruebas más que contundentes de que las barras bravas no «quieren los colores» que dicen amar, ni quieren al fútbol, lo utilizan para «sus negocios» y como aquellos que tienen que defendernos de ellos, no hacen nada; o, lo que es peor, los apañan, es hora de que el público que quiere volver al fútbol, que quiere gozar de un espectáculo familiar, como el que vivió por ejemplo en el Mundial Juvenil en junio, intervenga para que se vayan.

Quizá la lucha sea cruenta, pero seguro se va a ganar, porque 3.000, a lo sumo 5.000 delincuentes no pueden tener más poder que millones de personas honestas. Y éste es el momento, porque en las crisis se produce el cambio y así como muchos con sus cacerolazos quieren cambiar el país, por qué no cambiar también nuestro fútbol desprendiéndonos de estas lacras que no nos dejan disfrutar en paz del espectáculo más lindo del mundo.

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