Tal vez ninguna noticia movió al ámbito deportivo como la «bomba» lanzada por parisino «L'Equipe» al denunciar un caso de doping que involucra al argentino Mariano Puerta. En el país y en el exterior.
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Tanto que la onda expansiva de ese artefacto periodístico conmovió los cimientos del tenis en toda su dimensión, e hizo que los propios protagonistas del circuito de la ATP comenzaran a moverse como si estuvieran parados sobre un tablero de ajedrez, según su propia conveniencia. Aunque Puerta haya reconocido -después de la desmentida- que tomó «antiinflamatorios».
Primero habrá que preguntarse:¿quién es el culpable? Comencemos por hablar de la Argentina: tres casos de doping en 6 meses y seis en 12 años, ya tienen sabor a récord mundial. Todos (jugadores, dirigentes, entrenadores) tendrían que haber tomado medidas. Ahora ninguno podrá dejar de sonrojarse cuando le recuerden que «es demasiada casualidad» que hayan ocurrido tantos casos en representantes de un mismo país.
No servirá de atenuante ni la simpleza de Guillermo Coria cuando señala que «se trata de una persecución (hacia los argentinos)» o el hecho que la etilefrina que surge de los análisis a Puerta «no sirve para lograr mayor rendimiento físico». Lo cierto es que si está prohibido, ya basta. Si los jugadores se preocupan tanto en sus detalles personales (que incluyen premios, sponsors, su vestimenta y el manejo de sus propios calendarios), bien podrían cuidar el detalle de dejar asentado en una planilla el hecho de ingerir cualquier medicamento (así sea para que no se caiga el cabello, como en el caso del doblista Mariano Hood).
Además, habrá que aguantar el aluvión externo, al que habrá que sumarle la circunstancia de jugar la Copa Davis. El croata Ivan Ljubicic anticipó que «le hará juicio a la ATP porque perdió precisamente con Puerta en Roland Garrós.
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