Se cumplen 40 años de "la guerra del fútbol"
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Festejo. Celebra El Salvador la victoria. Hubo muertes por estos partidos. No había nada que festejar.
En el partido de ida, en Honduras, los jugadores de El Salvador no pudieron dormir en toda la noche. Hinchas hondureños rompían los cristales de sus habitaciones del hotel, hacían ruido y los insultaban. Como era de esperarse, perdieron 1-0, un deshonor que una salvadoreña no pudo soportar: cuando Honduras marcó, en el último minuto por medio de Roberto Cardona. Agarró una pistola y se pegó un tiro. La prensa se encargaba de azuzar los sentimientos nacionalistas. Un periódico escribió que la joven "no había podido soportar la humillación a la que fue sometida su patria". Su funeral fue cuestión de Estado. Tanto que a él acudieron el presidente del gobierno y todos sus ministros, así como la selección de fútbol en pleno, que vio cómo su regreso al país fue un drama lleno de insultos e intentos de agresión a los que habían manchado el orgullo del país con su derrota.
La mayoría de los historiadores habla de casualidad, e incluso se niega el nombre de La Guerra del Fútbol, acuñado por la prensa de la época y globalizado por el legendario relato de Ryszard Kapuscinski, para cuantificar cuánto tuvo que ver el deporte en un conflicto que duró 100 horas y en el que murieron entre cuatro y seis mil personas.
No se puede decir, por tanto, que aquellos partidos provocaran una guerra, pero parece imposible desligar ambos acontecimientos. El fútbol, en lo peor de sí, exaltó nacionalismos destructivos y sirvió para enfrentar, aún más, a dos países al borde de las armas. Hoy se cumplen 40 años desde que El Salvador invadió Honduras y dio comienzo a una guerra terrible. Cuatro décadas después el fútbol ha cambiado mucho, pero en demasiadas ocasiones deja de ser una fiesta y se convierte en el motor para sacar lo peor que llevamos dentro. Una fecha como hoy debería servir para reflexionar. La memoria de 6.000 muertos debería ser suficiente.




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