24 de diciembre 2022 - 00:00

Del éxtasis a la agonía oscila nuestro historial

Argentina gritó campeón en un Mundial cuestionado, impredecible y genial. De la piña árabe al fútbol ágil y avasallante, con un epílogo de película. Un país que vivió a través de su selección durante un mes.

Dibu Martínez atajada.jpg

El reloj dice que pasaron 125 minutos desde el inicio del partido. Argentina gana 3 a 2 y Germán Pezzella salta al campo de juego para fortificar un área donde llueven las bombas francesas. Hay córner para los de Deschamps. Un tímido pero aguerrido "allez les bleus" baja desde las tribunas. No es sano ser parte interesada en este asunto.

Como aquel T-1000 de Terminator 2, Mbappé parece indestructible. Para peor, su sonrisa se tornó macabra desde el empate: empezó a divertirse. Pero ahí van Messi y los suyos, sobre los fantasmas de Modric y Lewandowski, remontando la cancha, en velocidad, sin piernas y con empuje, jugando a un toque y derribando muros con transiciones supersónicas. Recuperando el alma.

Así llegó el tercero. El 10 encontró un rebote de Lloris y la empujó después de una triangulación perfecta y un derechazo de Lautaro. Argentina lo grita, lo desgrita y vuelve a gritarlo, porque la bandera levantada del lineman sucumbe ante el dedo índice del árbitro, que marca la mitad del terreno. Y el ciclo se repite. La selección pasa al frente. A aguantar. Mejor hacerlo con la pelota, la rectora del juego.

argentina francia messi.jpg

Hay una diferencia sustancial con el escenario que planteó Países Bajos. En ese duelo, pese al empate en el último segundo, Argentina nunca mostró abatimiento. Por el contrario, en el suplementario fue una blitzkrieg y aplastó a los naranjas, que lograron estirar la agonía gracias a la fortuna y a la mala puntería albiceleste. Con Francia, en cambio, hubo instantes de zozobra. Recién con la entrada del interceptor Paredes el juego se refrescó y los de Scaloni volvieron a estar finos.

Entonces, así las cosas, caen los 125 minutos. Pezzella se acomoda y la número cinco sobrevuela el área con su sombra de muerte. En las casas argentinas se piensa que esto se alargó de más. ¿Por qué nos cuesta tanto todo? Por cómo venía la mano, ya tendría que estar liquidado.

Pero falta. Y hay que bancar. Y hay un despeje. Y cae en el pie derecho de Mbappé. Justo ahí, que es el infierno. Un toque sutil para acomodarla y fuego. Montiel corre desesperado a taparlo. Su brazo se interpone en el camino. Penal para Francia. Gol de Francia. 3 a 3. Faltan cinco. A rezarle a Diego, a creer en Leo. Los penales son el destino manifiesto. O no. Queda un último golpe por golpe.

Kylian Mbappé

Otamendi ve venir el pelotazo frontal, pero calcula mal y falla. Kolo Muani, furtivo, la deja picar y se escurre detrás de las líneas enemigas. Cuando ya puede olfatear al Dibu, saca el sablazo. Una patada soñada, con la pierna bien atrás y llena de furia. El arquero argentino se hace enorme, como aconsejan contra las fieras, y cae sobre suelo qatarí. Un suspiro de 47 millones aleja la pelota del área. Los relatores no terminaron de acomodar la gola cuando Lautaro ya está cabeceando sobre la nariz de Hugo Lloris. El marcador es mentiroso: para él, no pasó nada.

Después vendrán los penales, el epílogo de un duelo de antología entre un retador con argumentos sobrados, y un campeón del mundo que dejará en claro que no se da por vencido ni aun vencido. De ese caos, de esa batalla de ajedrez que Argentina tuvo ganada por largo rato, emergerá la tercera estrella de un equipo bravo y audaz, que no caminó ni por delante ni por detrás de su hombre mundial, sino a su lado.

Fueron siete finales consecutivas. Sin exagerar. Desde aquel sopapo árabe, hasta las lágrimas de Montiel sobre la camiseta, pasando por el dominio frente a México y Polonia, la cautela contra Australia, el zafarrancho holandés y la contundencia anti croata.

"No los vamos a dejar tirados", había advertido Messi cuando el pase a octavos era una incógnita. No dijo "no les vamos a fallar" o "les vamos a cumplir". No. Dijo "no los vamos a dejar tirados". Como un amigo, un confidente. Como habla esta selección de pibes bromistas, barderos y leales, que corren por el otro cuando ya no pueden más.

festejos seleccion 20 de diciembre (20).JPG

Pasó Qatar 2022. Cuestionado, impredecible, genial. El mundial más argentino lo ganó Argentina. Todo intenso, todo al palo. Del éxtasis a la agonía. Cuartos de final o la final del mundo: nunca jugamos por el tercer puesto. Nunca. Plata o mierda, siempre.

Así de intenso fue. Igual que las cinco millones de personas que salieron a vitorear a sus héroes en una Buenos Aires estival y reventada. Esa multitud plebeya que copó puentes, autopistas y avenidas. ¿Cómo íbamos a perder un mundial en primavera? ¿Cómo nos íbamos a privar de salir a la calle a festejar? De armar nuestras jarras, de revolear nuestras remeras, de subirnos bien arriba para estar ahí, más cerca de Diego. Quizás hasta lo hayamos ganado solo para eso. Para molestar.

Dejá tu comentario

Te puede interesar