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Dio la sensación que se armó un equipo para manejar la pelota durante gran parte de los noventa minutos, pero no se llegó a sumar ni siquiera cinco minutos de posesión de balón y por lógica causa, en ningún pasaje del partido Argentina controló ni tibiamente a Bolivia.
Con este panorama, con un entretiempo que la mayor ilusión que generó fue que lo peor ya había pasado, la realidad golpeó certera y precisamente como para dejar al equipo sin reacción. Por el cuarto gol de Joaquín Botero, en su tarde inolvidable por los tres goles que marcó y por haber sido uno de los puntos máximos de un conjunto boliviano desconocido, por el alto volumen de juego que mostró, ante el letargo celeste y blanco. Entró Di María fresco, se fue expulsado tontamente seis minutos después. Se generó desorden, sobretodo en la parte ofensiva, donde Gago (el que más respuestas le dio a la altura) intentaba ser enganche, donde Messi carecía de la lucidez de siempre y así y todo inquietó (en la primera mitad Arias, le tapó un mano a mano que hubiese servido para el empate) y casi que cada uno logró tener una jugada heroica que nadie pudo conseguir.
Quedará impregnada en las retinas de cada uno de los presentes en el Siles Suazo el cartel electrónico que rezaba "Bolivia 6 -Argentina 1".
Así, sin anestesia. A cada argentino que lo siguió, sea como sea, se les cruzó el 0 a 5 de Colombia y hasta a los más veteranos le cayó la ficha del Mundial del 58, que quedó en la historia como el "Desastre de Suecia", por haber caído por 6 a 1 con la selección checoslovaca. Sea diferente, parecido o exactamente igual, esta derrota duele mucho, es una herida profunda y con una cicatrización que llevará un tiempo largo.




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