Estamos cada vez más cerca del fin de año, y a pesar de algunas alegrías esporádicas, lo cierto es que el año termina como el peor de la década. Por muchos motivos. Por un lado el quiebre de confianza de toda una generación (o tal vez más) en lo que es el sistema del mercado de capitales. Desde hace una década se les venía diciendo que les había tocado ser parte de una nueva economía que aseguraba un futuro distinto, un futuro mejor. Y lo creyeron, ya que los máximos exponentes del mercado así lo decían. Hoy éstos son los que se muestran más tímidos, esperando simplemente que pase el tiempo para poder jugarse a decir que en realidad no dijeron lo que dijeron, sino que dijeron exactamente lo contrario, que la fiesta acababa. Poco importa que ayer, hoy o mañana el mercado suba. Tampoco importa que el 2001 sea mejor o peor que el 2000. Lo que importa es que quienes invierten hoy son distintos a los de ayer. Cada día gana más predilección la ola de vendedores en descubierto, algo que para los más tradicionalistas resulta aborrecible "como querer lucrar con la desgracia de las compañías". Si se traslada esto a lo político deberíamos decir que es el triunfo del anti-capitalismo sobre el capitalismo. Pero así están barajadas las cartas, y sólo pueden dar como resultado un inicio nuevo de siglo totalmente diferente a lo que hemos vivido los más viejos. Ya cayó el paradigma de la nueva economía, ahora sólo basta que caiga todo el resto de sus argumentos conexos, como la idea de la integración global, y un mercado único para todo el mundo. De alguna manera casi podríamos decir que estamos a las puertas de la caída de la nueva Roma económica. Tal vez esto sea exagerar, pero lo otro también lo es. El problema es que en el mercado los caminos del medio no sirven, no se puede sacar dinero de ellos. Uno no puede entonces sino dejar de preguntarse qué pasará con toda esta generación. En pocos días más Greenspan encabezará una vez más la reunión habitual del Comité Abierto de la Reserva Federal. Y una vez más el mercado intentará jugarse el todo o nada a lo que el más famoso banquero del mundo dictamine. Tal vez las cosas salgan bien. Pero no es por una cuestión de sustancia, sino simplemente porque se hace lo que el mercado espera. Volvemos al viejo argumento del concurso de belleza, y así las cosas no sirven, por más que el viernes se haya subido o bajado.
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