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De todo el mal que hay que deglutir, de las que quizá resulten las fiestas más amargas que se hayan tenido que vivir, tal vez aparezca la secuela positiva en hacer de cada uno de nosotros personas más humildes y sabedoras de que todo mal, también nos puede llegar. En cada uno de los países donde tocaba la crisis, esa misma respuesta altanera de personajes relevantes en lo económico y político, para distinguir «nuestras sólidas condiciones y fortalecido sistema financiero», de aquellos países inferiores (llámese Rusia, los asiáticos, el mismo Brasil). Hoy, seguramente, que afuera nos estarán gozando, mientras quemamos naves para seguir sosteniendo el rancho de paja. Ellos no inmolaron todo para salvar un sector (pero, por aquí, parece que sí). Y lo peor es que nada parece ser suficiente, en tanto los hacedores de tan veloz desastre -en meses- prosiguen siendo los últimos representantes del argentino soberbio. Como un Cavallo que parecía estar anunciando el gran repunte nacional, antes que la vergüenza de viajar a los Estados Unidos con la cola entre las patas. Y contestando de tan mala manera con ese: «A usted qué le interesa», (cuando se le preguntó qué pasaría sin el dinero del Fondo, para pagar al acreedor), dando sensación de que es el dueño de la economía nacional y que todos somos rehenes de sus extraños designios, totalmente desafortunados. No se hace cargo de nada. Es un genio al que no comprendemos.




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