27 de diciembre 2001 - 00:00

Cupones bursátiles

Otra vez a tratar de acertar con lo que se nos viene, reacomodar los programas, salirse de algunos patronos de causa-efecto que nos acostumbramos a manejar, una vez conocidos los perfiles de los personajes. Recordamos cuando la asunción de Cavallo resultaba todo un gran éxito político, enmarcado en apoyos de todo tipo y renglón de poder de nuestra sociedad, y cuando hablamos de que parecía que habían traído a «Highlander», aquel famoso personaje de la pantalla que se ofrecía como: «el último inmortal». Y los riesgos que esto implicaba, a partir de hacer caso a ese pedido de «superpoderes» que nuestro Congreso -que ahora parece decir que de nada fue culpable- otorgó, juntó a una complacida comunidad de políticos, empresarios, amigos y favorecedores de turno (sin exceptuar a los externos).

Pero, con Cavallo, el que supiera recordar llevaba la ventaja de acertar con su posible camino y a partir del súper ego que siempre lo acompaña. Recordemos que también nos preguntamos por qué había de soportarse a un personaje que aterrizaba en paracaídas y repartía todo el bagaje de soberbia -Caro Figueroa- que de buscar oro en las colinas, había encontrado una nueva veta en la función pública. Acortarle a la gestión no era para nada intrincado, sólo había que dejar de lado los deseos, los sentimientos y mirar con frialdad el pasado de los que llegaban. Y el presente de un gobierno, que no acertaba una y se apartaba cada vez más de su camino.

Ahora, se hace más difícil por el personaje central, arribado de lejana provincia y poco transitada en el gran ruido nacional. Lo que más resaltó, y se supo, de este gobernador devenido en presidente, ciertamente que no fue de lo más edificante que su historial puede ofrecer. Otros que se han subido al nuevo carro de la victoria, están en cóctel tan complicado de nombres cuasi olvidados (como Britos), otros no muy bien recordados en sus gestiones, y con ese discurso inaugural al que nos atrevimos a titular como de «capitalismo de izquierda». Un singular tránsito por párrafo que conformaban a los de arriba, para después emparejar con los de abajo. Que llenaba los oídos de los locales, pero no desestimaba a los de afuera. En síntesis, un mandatario que brindaba aquello que la gente -y muchos conductores- querían oír. Piezas clave de un extremo y del otro, casi como ese «salpicón de creo» donde Rodríguez Saá reseñaba creencias que venían, o no, al caso. Le faltaba un «creo en la ley de gravedad». O un «creo en el hombre llegando a la luna». Desempolvando la vieja y gauchita «maquinita» (que ahora imprimirá una tercera moneda, en las cantidades que se quieran) un largarse a marcar huella para un propósito que resalta: el que resuma en su figura la visión del «candidato» para marzo y aniquile otras pretensiones.
Más apuesta fuerte.

Dejá tu comentario

Te puede interesar