30 de octubre 2002 - 00:00

Cupones Bursátiles

Se está acabando el tiempo de poder utilizar el escudo favorito de este año, y en el rol del villano: la figura del Fondo Monetario. Puede correr la corriente de que arreglado ese «acuerdo», sacado tirando de los pelos, como por arte de penicilina oportuna desaparecen los males de nuestro medio. Y resultaría otra nueva y gran desilusión, volver a comprobar que las metas las alcanzaremos en la medida de nuestra propia estatura. En los acumulados semanales, de hechos que demuestran que no hemos aprendido casi nada, que los causales reales de la crisis están presentes, vigentes, y algunos de ellos hasta se han potenciado, lo que sobrevive por debajo de cualquier acuerdo es el germen de la desunión, es el virus de los desvíos, es la escala de valores totalmente subvertida.

Quizás, ahora vaya queriendo instalarse la nueva ilusión mediática, a través del nuevo gobierno en Brasil, y otra vez surgen las soluciones prontas de alguien que nos promete otro escenario (siempre, claro, y como debe ser: cuidando primero el de ellos). Al ver las distintas entrevistas, que ya hasta el cansancio pueblan las pantallas (hay algunos que parecen contratados de los canales, son cuatro, cinco personajes, que una vez hecha la nota con el quinto: vuelven al primero, y así...), con los posibles candidatos más cercanos, según encuestas, a poder instalarse en la conducción del país. ¿No dan ganas de decir: por favor, que pasen los que siguen, los que tengan algún aspecto de querer solucionar los temas?

El hecho es que el famoso y esperado acuerdo tuvo también una señal desde afuera, como confirmando que en noviembre saldrá a luz la criatura que han gestado entre tanto ir y venir de funcionarios, de letra chica, de borrones y reacomodamientos. La búsqueda de otro de aquellos singulares «veranitos» (palabra que dejó de usarse, porque hace rato que es invierno) puede contar con chances, ese efecto de muchos habiendo creído en una sola valla y comprobando que la misma, se ha podido esquivar. Nos acordamos de aquellas primeras semanas de Rapanelli, todo era un show, la Bolsa una kermesse de «tres tiros veinte» y la gente siempre le pegaba al muñeco. Al mostrar algunas dudas por el movimiento -uno de los «veranitos»- alguien nos interceptó en la puerta de la Bolsa de Comercio para decirnos muy eufóricos: «¡Pero no ve que es otro país, que aquí todo cambió!». Alguien acertó a decir, con propiedad, que «con muy poco nos consolamos, porque con muy poco nos afligimos».Y esto es especialmente cierto en el ámbito donde cotizan la esperanza y la ilusión puros: en una Bolsa de Comercio. A unos meses de aquella anécdota, venía el plan BONEX y la peor caída histórica para una rueda: 50 por ciento, en seco. Los papeles valían sólo la mitad. Pero, a menos de año y medio el Merval tocaba su techo récord, con casi los «900» puntos. Así que todo puede llegar, de la mano de los acuerdos, de Lula, de falacias, de Harry Potter.

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