10 de abril 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

Tenía total razón Guido y Spano, cuando aseguraba aquello de que «la verdadera historia argentina no se podrá escribir, porque causaría espanto...». El espanto de echar la vista atrás muchos de los síntomas negativos con que se abriera el juego de la independencia, de la «organización nacional», del empuje de Rivadavia siendo como un Julio Verne de la política y proponiendo adelantar el reloj, de una evolución que no podía saltear etapas. Muchas de esas ideas recién se plasmaron décadas adelante, cuando encontraban su debido momento. Pero, después una etapa de «restauración», una suerte de volver atrás, en busca de marcos que no iban acordes con un mundo cambiante. Y es notable hallar pasajes de la historia antigua que, si se le cambian las formas, pueden calzar justo en situaciones que hay que ver ahora. La misma Bolsa es ejemplo de esto, creada hace ya siglo y medio, cuando hubo un parque de no más de 1.600 empresas en el país: en sus pizarras ya cotizaban 200 compañías. Casi el doble de las listadas en 2003, como si ese siglo y medio hubiera resultado un viaje redondo, inútil, de dar un paso hacia adelante y otro hacia atrás: como un martirio permanente, no de retroceder, sino de nunca haber partido verdaderamente y teniendo «todo por hacerse», como dijera Mitre cuando asumió su presidencia por 1862. Las reyertas permanentes en una Buenos Aires autónoma, o federal, o federalizada, un Alsina con los «crudos» y un Mitre con los «cocidos», que se fracturaban para originar bandos absolutamente enconados. ¿Quiénes son los «crudos» y quiénes los «cocidos» de estas elecciones próximas? ¿Quién será Mitre, quién Alsina, encubiertos?

¿Puede verse evolución cuando se presentan miles de candidatos, que forman «partiditos» tratando de transarlos con los poderosos? ¿De los que buscan vivir de la política y sus privilegios, eternamente? Es, posiblemente, el drama mayor de los argentinos: que estamos siempre volviendo a los mismos lugares de la historia, reverdeciendo antinomias, soportando que se les llame «democracia sindical» a ciertos añejos nombres que llevan dos, tres décadas, al frente de sus organizaciones. Ultimamente, lo que se podía considerar superado, enterrado en la historia negra de los «caudillos» violentos, ha vuelto a resurgir con fuerza: la idea de la probabilidad de «fraude» en cada acto electoral. Y los compromisos impagos, los bonos emitidos a discreción, las etapas de crecimiento entre dos crisis, como en ciclo permanente que... nos vuelve a depositar donde habíamos partido. ¿Ferrocarril? Nos hizo grandes, fue la llave para promover la ansiada «unión nacional», de territorio tan vasto. Llegamos a ser la extensión más amplia de Sudamérica en líneas férreas. Hoy se vuelve a hablar de «recuperarlos», de extender lo encogido. Y hay un nuevo Julio Verne político que quiere un «tren bala» en medio de cartoneros y mendigos. Recemos, sólo nos falta que vuelva la «fiebre amarilla»...

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