Al ministro Lavagna sigue sin gustarle que «dos más dos dan cuatro». En realidad, sabe que es así, pero no lo soporta... Y, entonces, dentro del muy particular esquema, esa versión libre con que muchas facetas de la democracia se representan en nuestro país, toma el camino directo. Anuncia que su ministerio llevará su propia estadística sobre la desocupación, paralela (en realidad, será por encima) a la que lleva el INDEC. No era mal momento para darse el gusto. Cerca ya de las fiestas, con un tema que explotó -los sobres- y que acaparó toda la atención, el anuncio sobre una estadística «oficial» debía tener casi ninguna trascendencia. Y es un modo de seguir armando la batería propia de mediciones, algo que siempre se ha venido desaprovechando en las estrategias y artimañas de gobernantes, aunque resulta un aspecto sumamente importante para llevar a la opinión pública -y a la sensación térmica- hacia las zonas más soleadas de una economía. Claro que les hace perder cada vez más confiabilidad a los instrumentos, pero bien vale que se eleve alguna crítica -o que se eleven voces más airadas, después- si con eso se gana no solamente el tiempo, sino también todo aquello que corre junto a las simples estadísticas y ratios que emana de ellas.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La fórmula de reemplazar a un titular del instituto estadístico, colocando alguien afín al funcionario, no resulta suficiente (es lo que se desprende del nuevo enojo y disconformismo de Lavagna con el INDEC). Si lo que llega, de un organismo que ha dejado de poseer independencia, igualmente no llena las expectativas, el camino es meter manos en el asunto, en persona. Nos recuerda épocas de Cavallo, cuando -finalmente- se dieron el gusto de completar una obra iniciada por funcionarios radicales, de la época de Alfonsín, al coartarle la «autarquía» imprescindible a la Comisión Nacional de Valores, convirtiéndola en simple recorte de Economía y a expensas de las órdenes que de allí provinieren. Primero fue quebrar la continuidad institucional de siete años de sus titulares, al margen de cambios políticos, y se derrocó -a mediados de los '80- a Pablo de Estrada, cuando se investigaba un oscuro (y nunca develado) asunto de los paquetes accionarios de Celulosa. Se cortó el mandato de manera abrupta, que fue el inicio del fin. En los '90, se produjo el asalto definitivo a la autarquía de la CNV, que pasó a parecerse mucho más a cuando era un simple organismo dependiente del Banco Central -y se llamaba sólo Comisión de Valores- que a la muy buena figura que se consagró en 1967, dándole independencia. Ahora tendríamos dos resultados sobre el nivel de la desocupación, probablemente uno contradiciendo, o difiriendo del otro. Y está claro aquello de... «cuando se tiene un reloj, se sabe la hora. Cuando se tienen dos, se duda siempre». Estos temas pasan de largo, dentro de la descomposición de instituciones que vive el país, aunque serán baluartes para crear un escenario virtual. Informate más
Dejá tu comentario