3 de diciembre 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

A estas horas, ya el mercado habrá desandado dos ruedas después del gran repuntar del día 30. Y diciembre será la zona definitiva de un ejercicio que salió lento de abajo, pero positivo, que tanteó nuevas cumbres sobre el cierre de 2003. Y que después se encontró descendiendo sin remedio, por dos laderas empinadas que le costaron más de 10% cada una. Posteriormente, dos meses de formidables reacciones -setiembre y octubre para entusiasmar parcialmente en primera semana de noviembre, perdiendo todo el entusiasmo en la segunda, andar flotando por la tercera casi neutra, y soportar un serio traspié en la cuarta, cuando debió asumir casi 6% de caída. Hasta unas ruedas antes del final, parecía increíble estar viendo un merval en 1.167 puntos, cuando el día 5 de noviembre habíase subido a los 1.325 puntos y como con ansias de afirmar la presencia en esa centena superior. El día final vino a arreglar de un plumazo algunas cuestiones, como ubicar al Merval nuevamente encima de la cornisa de los 1.200 puntos. El volumen, lo decíamos en un comentario del día, hacía que estuviéramos en un «mercado que es un fueye que rezonga». Abriendo su caja hasta marcar varias ruedas con más de $ 90 millones de efectivo, o encogiéndose a tal punto, como para ver el día 26 una jornada con $ 23 millones solamente. Visto el desarrollo de los indicadores, salta a la vista que existieron ruedas donde claramente se procedía a un «enchufe» de posiciones (tal lo gráfico de la jerga bursátil, por todos utilizada) y si bien, en algunos casos de los altos montos negociados, se marcaba una suba en el Merval, esto era muy leve, y permanentemente desbordado el poder de asimilación, aunque robusto.

La cuarta semana, ya con muchas evidencias y varios intentos frustrados de reacciones, resultó como de resignación. La demanda no opuso más resistencia, los vendedores siguieron con el impulso y produjeron un tajo de casi 6%. ¡Qué mes, señores! Qué ruedas de «toma y saca», qué formidable encontrarse de fuerzas, pujando hasta que una se viera vulnerada y en dispersión. Y, de última, qué modo tan disímil de ver una misma realidad circundante entre los que vendían posiciones con temores crecientes y los que las asumían, pensando en la reacción de otras veces.

Un espectáculo que solamente la inversión bursátil puede deparar, gratis para los observadores, aunque muy costoso para el «ejército» que es vencido. Pero lo mejor de todo es que siempre son batallas y en la Bolsa,
la guerra no termina nunca. El perdedor volverá a dar lucha, cambiará la estrategia, estará más armado, y puede tener revancha o perder de nuevo. Pero dentro de un circuito cerrado y donde la próxima batalla se seguirá armando. Disfrute del que mira, riesgo del que interviene, pero lo más próximo a la perfección.

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