Agradecemos al amable seguidor de nuestros comentarios que se molestó en ubicarnos para señalar una equivocación. Y es referido a nuestra apreciación, en cuanto a señalar que las acciones se situaron como la peor alternativa de inversión en 2007 (salvo los casos particulares).
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Y nos menciona que «los bonos fueron peor alternativa y con fuertes pérdidas...». Lo que sucede, amigo lector, es que desde la -para nosotros-gran estafa cometida contra los bonistas en el canje de deuda, quitamos absolutamente de cualquier ranking ensayado a los bonos emitidos por nuestro país. Es más, si hace años que sigue esta columna, recordará que nos mostrábamos asombrados de que, tras semejante atropello, hubiera otra corriente de compradores de esos bonos poscanje: que nos resultaban como si alguien volviera a aceptar un cheque de quien, poco antes, le diera uno sin fondos.
Más aún, recordábamos la vieja sentencia acerca de si una vez me traicionas la culpa es tuya, la segunda vez la culpa será mía... Y, en virtud de ello, también creíamos que si se repetía algún episodio desagradable y desviado, en relación a honrar compromisos por parte de nuestros gobernantes, casi no había derecho a quejarse (derecho siempre hay, claro, es una manera de decir).
¿Y qué sucedió después, cuando las cláusulas de esos bonos comenzaron a favorecer a sus poseedores?...
Pues que apareció el tramo más vergonzoso de nuestra historia respecto de los índices de medición oficial. Y la inflación fue siendo un grosero sainete de todos los meses, donde surge la deserción por parte de bonistas y la falta de demanda para tales papeles. Cuando las quejas se hicieron más estentóreas, surgieron altas voces oficiales -como Alberto Fernández-a recriminar a la gente que osaba quejarse y haciéndoles entender que «eso solamente perjudica a los acreedores...», como sintiéndose orgulloso de una nueva jugada artera orquestada desde el gobierno y contra aquellos que le estaban dando un crédito (comprar bonos equivale a eso, también).
Muchas veces los hemos denominado «bonos basura» ( haciendo un paralelismo con los verdaderos así llamados y que se utilizaron en Estados Unidos hace unos años). Lógicamente, si ya los quitamos de la consideración al producirse ese canje unilateral y degradante para el legajo económico de la Argentina, al cumplirse las advertencias sobre que inventarían nuevas tretas en cuanto la situación los apremiara, tratando al acreedor como un enemigo, con mucha más enjundia los archivamos como instrumentos aptos para invertir. Quizás sirvan para «jugar» un rato, como quien tira unas fichas en el casino. O a la «ruleta rusa», gatillando cada vez y esperando que el bono: no le dispare en la cabeza. El emisor no es serio, y con eso, está todo dicho. Las evidencias están a la vista.
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