En la superficie todos hacen la plancha alegremente, con clima casi festivo. Una gran familia se divierte: Néstor Kirchner visita a Felipe Solá, Eduardo Duhalde vio luz y entró en lo de Daniel Scioli, su antigua oficina en la presidencia del Senado. Aníbal Fernández visita a Chiche en Lomas de Zamora y corre a Olivos sin distinguir el cambio de aroma entre una y otra casa. En el gabinete están los ministros de Duhalde y los de Kirchner pero no se distingue el color de unos y otros. Todos flotan.
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La corriente profunda es menos perceptible. Pero mueve los cuerpos, los desestabiliza e incomoda. No trata a todos por igual. Todavía no es turbulenta y por eso engaña. «Una verdad que se adelanta dos meses es casi un error», dice un filósofo de la Recoleta. Ese mar de fondo crea afinidades y abre distancias. Los movimientos tienen cierta simetría. Ya hay dos alianzas.
En la casa de los Duhalde y en la sede del PJ bonaerense de la Avenida de Mayo se desvelan por asignar a Kirchner un lugar en la campaña. No es por protocolo, tampoco porque mueran por invitarlo. Al contrario, quieren fijar fechas, horas y locales de reunión para que «Néstor no aparezca en cualquier lado, cuando quiere». Están molestos allí por las intromisiones sorpresivas: hoy Alicia Kirchner dona una ambulancia en Lanús, mañana su hermano revisa un geriátrico en San Martín, en seis meses piden un estadio. Los Duhalde están acostumbrados, desde que se pelearon con Carlos Menem en 1996, a que para ingresar al castillo se golpea el portón.
Nadie cometerá el desatino de desairar al gobierno. Basta a veces con halagar en exceso a otro para que el mensaje llegue de manera clara e inofensiva. Por eso Chiche y su marido están dispuestos a abrirle a Scioli su tesoro demográfico, el conurbano, por donde ya lo pasearon con éxito durante la última campaña proselitista. Lentamente la dirigencia del país, sobre todo la política, va ajustando el foco sobre el vice. Su historia tiene todos los ingredientes que exige la literatura para los destinados a llegar: se reinventó a sí mismo desde la desgracia; tuvo una prehistoria de éxito en el deporte con matices internacionales; lo acompaña una mujer hermosa; entró en la política casi por azar y, con estudiada ingenuidad, alcanzó una cima que se les negó a muchos ejemplares del oficio. Ya está en el penúltimo escalón. ¿Quién puede pensar que no quiere el primero? Cualquiera menos Kirchner, cuando advierte que su segundo se retrata antes que él con los que gobiernan el mundo, tiene su propia circulación empresarial, custodia su imagen con minuciosidad de primer mandatario y, sobre todo, emite un discurso de optimismo y conciliación que tiene más tono presidencial que el suyo. Aquella carrera y estas actitudes lo vuelven digno de atención. Por eso la asociación con Duhalde, promovida a través de un álbum fotográfico durante el fin de semana, fue la última pincelada del cuadro: ahora el ambicioso número dos de la línea sucesoria se asocia con quien en la novela hace de «dueño de los votos», sean los de la urna electoral o los de las cámaras del Congreso. Todo da para sospechar, sobre todo si se es patagónico y con pocos conocidos en el barrio.
• Proyección
La bendición de Duhalde tiene un destinatario más, Solá. Es otro «predestinado» para 2007. No le ha ido mal en la provincia, se lo conoce como ambicioso y, además, lo estimula la privación: constitucionalmente está inhabilitado para postularse otra vez para la gobernación. Como Scioli con los Duhalde, él comenzó a sentir el influjo de los Kirchner. La reunión que mantuvieron el Presidente, el gobernador y sus decisivas esposas en La Plata fue idílica. Como sucede siempre que las personas se sienten víctimas de lo mismo, en este caso, el aparato bonaerense del que quieren emanciparse. A los dos les desagrada la imagen de ser los beneficiarios de un poder ajeno y primitivo que se maneja desde Lomas de Zamora. Kirchner es el que con más temperamento se quiere quitar la cadena. El eslabón que cedió más temprano fue Julio Pereyra, de Florencio Varela, y más recientemente el inesperado Hugo Curto, a quien los kirchneristas de Tres de Febrero tenían denunciado por sospechas de corrupción (Curto fue otrora el autor de la frase «Hacer campaña por Kirchner es como pasear a un perro muerto»).
• Seducción
Pero el principal observatorio bonaerense del gobierno, donde se planifica el desembarco, es el Ministerio del Interior. Allí Aníbal Fernández seduce de manera globular a intendentes y dirigentes de la línea media provincial hasta convertir a su cartera en la primera unidad básica «Kirchner Presidente» del conurbano. Fernández es el principal aliado de Solá dentro del gobierno. Algunos cooptados gozan de cargos: Eduardo Descalzo en el Registro de las Personas, Jorge Rampoldi en Migraciones, Lucas Gansterián, Juan José Mussi y la decisiva Silvina Zavala, viceministra, con despacho lindero al principal. El tejido tiene una hebra en otro palacio: José María Díaz Bancalari, adversario desde la presidencia del bloque de diputados del competidor natural del ministro quilmeño, Eduardo Camaño.
La misión casi exclusiva que se ha dado Aníbal Fernández es esta punción del duhaldismo por parte de la Casa Rosada. Eso sí, tiene hoy recursos menos caudalosos de los que manejó en su momento: el contacto con los piqueteros y la asignación de fondos a ese fin lo tiene ahora Alicia Kirchner. Que lo diga si no Alberto Ballestrini, intendente de La Matanza, quien ve con espanto a la hermana presidencial pasear por su feudo con Julio Ledesma y Luis D'Elía, convirtiéndolo en la primera viuda del régimen (Ballestrini apoyó como pocos a los patagónicos en su campaña hacia el poder).
• Protección
Como Scioli tiende a Duhalde, Solá tiende a Kirchner, por más que la política y el poder sean ajenos a las matemáticas. ¿Se inscriben estos alineamientos en otros más generales, de alcance nacional? Por ahora no, salvo en Misiones y en la Capital Federal, donde hay dos colores. Confiado en el triunfo, Kirchner piensa lanzarse a una operación más ambiciosa cuando haya concluido el ciclo de elecciones. Duhalde sólo piensa en defenderse, temeroso por el futuro de sus hombres: Roberto Lavagna, Ginés González García, José Pampuro, todos a ciegas hoy en los arrabales del kirchnerismo. También él comenzó a advertir que con la sola fuerza bonaerense no alcanza y se lanzó a tejer una malla de protección más segura. Antes de lo pensado revisa aquella sentencia auto-flagelatoria: «Con Menem somos el pasado». Tal vez sea Kirchner quien se la haga recordar antes de lo previsto.
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