16 de octubre 2003 - 00:00

Incierto panorama ante los dos aliados mayores

El gobierno entró ayer en un torbellino de negociaciones con el frente exterior. Además de la llegada de Lula, la presencia del enviado de Washington, John Maisto, pone sobre la mesa el destino de las relaciones con los EE.UU. De aquel país llega el mensaje de que están dispuestos a ayudar -hasta en los juicios de las privatizadas en tribunales del Banco Mundial-pero que la Argentina debe ser clara. Esto tiene un significado: la política militar de impedir acciones conjuntas por no dar inmunidades y la actitud ante las violaciones de los derechos humanos en Cuba. Dos temas frente a los cuales hay contradicciones que pueden ponerles un límite a los apoyos de Washington.

Durante los próximos tres días, uno de los nudos principales de las relaciones exteriores de la Argentina será puesto bajo tratamiento en Buenos Aires. Llegaron al país, casi al mismo tiempo, Luiz Inácio Lula Da Silva, el presidente de Brasil, y John Maisto, acaso mucho más que el embajador de la Casa Blanca ante la OEA, el hombre que con mayor regularidad tuvo el encargo del vínculo entre los Estados Unidos y América latina. La llegada de estos hombres públicos se destaca sobre el telón de fondo de una doble crisis. En la Cancillería argentina, Rafael Bielsa se puso al borde de la renuncia por su disidencia con Néstor Kirchner en el manejo de las relaciones con los Estados Unidos. El «casus belli», la suspensión del ejercicio militar Aguila III, cuyo comienzo estaba previsto para el 27 de este mes y del que participarían los Estados Unidos, Brasil, Uruguay, Paraguay, Chile y Bolivia. El conflicto llegó a tal punto que hoy la permanencia de Bielsa en el gabinete sólo se explica en el carácter meramente instrumental que el Presidente asigna a sus colaboradores y en la vocación del ministro por seguir en el cargo mordiéndose los labios frente al maltrato.

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En Itamaraty se desató una tormenta similar en el campo de las relaciones con los Estados Unidos. Sólo que el protagonista del conflicto no es el canciller, Celso Amorim, sino su consuegro y secretario general del Ministerio, Samuel Piñeiro Guimaraes. Antes de llegar a su cargo actual, Piñeiro Guimaraes cobró notoriedad por la amonestación que le aplicó Celso Lafer, último canciller de Fernando Henrique Cardoso, cuando dijo que el ALCA era incompatible con los intereses del Mercosur. Con Lula en el poder y él mismo al frente de la poderosa Secretaría General, este diplomático izquierdista pasó de las palabras a los hechos: se le atribuye a él ser el jefe real de los negociadores brasileños que llevaron al ALCA a un callejón sin salida en un momento en que los Estados Unidos y Brasil ejercen la copresidencia del grupo de negociadores. Lula intenta reencauzar, con ayuda de Amorim, la relación comercial con los Estados Unidos y acaso termine reemplazando al segundo y pariente de su canciller.


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El comportamiento de Kirchner frente a la administración de los Estados Unidos ha puesto de nuevo en observación a su gobierno por parte de Washington. Con su decisión de no extender inmunidades a los soldados norteamericanos que participaran de la operación Aguila III, el Presidente abortó la realización de esos ejercicios conjuntos. La crisis comenzó a transcurrir cuando Kirchner llamó al presidente del bloque de diputados, José María Díaz Bancalari, para exigirle una rápida aprobación del ingreso de tropas extranjeras al territorio nacional. En ese momento se produjo este diálogo:

Néstor Kirchner:
A ver si sacan rápido esa ley porque si no, no se van a poder realizar las operaciones.

Díaz Bancalari:
Vamos a hacer lo posible. Pero lo que vinieron a pedir Bielsa y Pampuro, esto de las inmunidades totales para los soldados, no va a ser tan fácil...

N.K.:
Pero yo no firmé eso.

D.B.:
¿Cómo no? Acá está tu firma, en el texto de la elevación al Congreso.

N.K:
No, en lo que yo firmé no dice eso.

D.B.:
Pero están los anexos.

N.K.:
Yo no firmé ningún anexo.

D.B.:
Bueno, esto tendrás que arreglarlo con tu jefe de Gabinete, Alberto Fernández, que es el que mandó los papeles. K.: Ah, será problema de él. Te doy con él, lo tengo acá al lado.

Alberto Fernández:
¿Cómo estás José María?

D.B.:
Con vos, mal. ¿Cómo querés que esté? Decís por «Página/12» que ustedes quieren hacer política sin los Camaño, los Díaz Bancalari, los Pichetto, pero cuando hay que sacar las leyes nos llaman, ¿no?

A.F.:
No, leíste mal esas declaraciones, me las sacaron de contexto. Vení, vení acá a la Casa de Gobierno que arreglamos todo.

A partir de esta invitación, en el despacho de Fernández se reúnen Kirchner, Bielsa, Díaz Bancalari, José Pampuro. Discuten así:

Kirchner:
Yo vengo diciendo desde el primer día que inmunidades totales, no. ¿Está claro?

D.B.:
Sí, ahora sí. Pero los ministros mandaron otros papeles, con otras instrucciones.

Rafael Bielsa:
Sí, yo mandé el pedido de inmunidades totales.

N.K.:
¿Y por qué hiciste eso?

D.B.:
Porque es lo que habíamos acordado con (Colin) Powell.

N.K.:
¿Y lo mandaste sin que yo lo firmara?

D.B.:
Llamé seis veces por teléfono y no me contestaste ningún llamado...

N.K.:
Ah, ¿así que porque no te contesto los llamados vos asumís la Presidencia? ¿Dónde te creés que estás?

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Se disolvió la reunión y Bielsa se marchó de la Casa Rosada con la sensación de que serían sus últimas horas en el gobierno. «Es demasiada humillación, ¿qué estoy, pintado?», se desahogó por teléfono con otro funcionario que había participado de la reunión. Las razones por las cuales el Presidente resolvió romper un compromiso de su Cancillería con el Departamento de Estado no están del todo definidas. ¿Cuánto pesó el consejo-recriminación de Hebe de Bonafini, portavoz de la medida al abandonar el despacho presidencial? ¿Cuánto los antecedentes de Cristina Kirchner en el Congreso, oponiéndose con un discurso encendido -como siempre- a un pedido similar de inmunidades girado por Adalberto Rodríguez Giavarini cuando ella era diputada? Acaso sean detalles frente a lo importante: el gobierno de los Estados Unidos, que se expresó a través del vicecanciller Roger Noriega y del embajador Lino Gutiérrez (ambos en conversaciones reservadas con dirigentes argentinos) confesaron su desconcierto frente al comportamiento del Presidente. «No entendemos al gobierno. La Argentina es un aliado militar extra OTAN y nosotros hemos sido sus principales abogados frente al Fondo Monetario Internacional. No esperábamos esta conducta. Seguiremos observando», le dijo Gutiérrez a un ex ministro de la Nación la semana pasada. En la misma línea habló Noriega con un diputado nacional del PJ.


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Las maniobras denominadas Aguila III hubieran sido las más ambiciosas que se hayan realizado jamás en la región. Hay quienes creen ver en ese ejercicio una especie de ensayo general de lo que sería, eventualmente, una intervención internacional sobre Colombia para enfrentar a la guerrilla. En esta perspectiva, Kirchner tocó, con su decisión, un nervio que atraviesa un campo más extenso que el de la relación bilateral. ¿Se suspenderá por eso la ayuda militar del Pentágono al país? ¿Se le suspenderá a José Pampuro la audiencia que solicitó al secretario de Defensa Donald Rumsfeld? Todo fue puesto en cuarentena. La relación con el gobierno de Bush presentaba nubarrones anteriores a esta crisis, aunque en otro plano.

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Bielsa confesó a sus íntimos que recibió «un reto» (lo dijo jocosamente) de Robert Zoellick, representante de los Estados Unidos para el Comercio Internacional. «En la reunión de la OMC, en Cancún, no esperábamos que siguieran la postura de Brasil, de romper las negociaciones por los subsidios agrícolas. ¿Están buscando el aislamiento?», le preguntó el norteamericano al canciller argentino. Más que los roces por la actitud de indiferencia de Lula Da Silva frente a la discusión de la Argentina con el Fondo, fue esta disonancia la que produjo una tirantez con el gobierno brasileño, como se puso de manifiesto en Nueva York, durante el amable encuentro que mantuvieron los presidentes.


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En Cancún, Itamaraty llevó adelante una táctica rupturista que la comitiva presidida por Bielsa acompañó a regañadientes. El fin de semana pasado, intentó subsanar esa intransigencia con la reunión de cancilleres del G-22 -países en vías de desarrollo- que se celebró en Buenos Aires. Ahora es Brasilia la que busca corregir el rumbo antes de que se produzca un choque definitivo con Washington. Amorim, igual que el asesor presidencial en Relaciones Internacionales, Marco Aurelio García, o el jefe de los negociadores brasileños y copresidente del ALCA, Adhemar Bahadian, están intentando a fuerza de declaraciones «que Miami no sea Cancún», como dijo ayer el último funcionario. Cancún fue la ciudad donde Brasil se levantó de las negociaciones de la OMC, arrastrando a todo el G-22, que integra también la Argentina. Miami es la ciudad donde el 19 de noviembre próximo se reunirán los ministros de Comercio de todo el continente para definir los pasos futuros de la integración de un área de libre cambio. Bahadian habló después de reunirse con el segundo de Zoellick, Peter Allgeier. García está también haciendo aclaraciones ante el Departamento de Estado, en Washington. Y el pragmático Amorim espera tomar en sus manos la jefatura del equipo de negociadores, hasta ahora influidos por su segundo, Piñeiro Guimaraes.

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Este es el paisaje que tendrá ante sus ojos Maisto en su visita a Buenos Aires. Si se agrega la crisis boliviana, con acusaciones de golpe de Estado por parte del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, no es el ambiente más plácido el que encontrará. Está acostumbrado: Maisto fue quien piloteó las relaciones con Amé-rica Latina en un momento crítico para la Argentina, la caída del gobierno de Fernando de la Rúa. El ejercía en ese entonces como segundo de Condoleeza Rice, sumergida en aquellos días en una crisis impresionante, la que sobrevino al ataque a las Torres Gemelas de Nueva York. Fue Maisto, desde esa posición en el Consejo de Seguridad Nacional, quien le dio el último adiós a la Argentina antes de que ésta cayera en el pozo de la inestabilidad y el default. Todavía hoy reprocha, entre amigos, ese desenlace para las dificultades del país.Ahora no encontrará un drama pero sí tensiones y giros en el aire. Sin ir más lejos, Bielsa acaba de dar otro: regresó de Cuba, sin haber atendido siquiera cinco minutos a las esposas de los presos políticos del régimen de Fidel Castro, como se había comprometido a hacer antes de viajar. Se lo impidió también Kirchner, haciéndole romper otra promesa con el gobierno de los Estados Unidos. Curioso Bielsa, terminó cargándole a esta administración el costo de su giro: «Yo tenía pensado recibir a los disidentes pero como el gobierno norteamericano endureció su posición contra el gobierno de Castro preferí no hacerlo. Se lo hubiera interpretado como una intromisión en los asuntos internos». Declaración del canciller de un gobierno para el cual la defensa de los derechos humanos es materia no negociable, como predicó Kirchner ante los países del planeta en la ONU.

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