El gobierno se encontró, en la hora decisiva, con el problema central de su estrategia de negociación externa: la pretensión de aislar las tratativas con el Fondo Monetario Internacional de las que se deberían llevar adelante con los acreedores privados de la deuda pública. Ahora los dos problemas confluyeron sobre una misma variable, que es el nivel de superávit primario de 2005. Ese año, además de los intereses de la deuda con tenedores privados de bonos y con organismos multilaterales, el Tesoro debe enfrentar el pago por el capital de los BODEN y los préstamos garantizados, que están sobre todo en manos de tenedores locales, ex depositantes del «corralito» capaces de producir ruido político si se les propone una reestructuración para ese año.
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La presión para que el acuerdo entre la Argentina y el Fondo precise cuál será el nivel de superávit de 2005 fue el principal factor de endurecimiento de los directores del organismo durante las últimas 48 horas. Los voceros principales de esa presión fueron los italianos y alemanes. Roberto Lavagna tuvo noticias por adelantado en el primero de los casos, cuando el viernes recibió en su despacho a Giorgio La Malfa, diputado que preside la Comisión de Finanzas de la Cámara en Roma, habitual caja de resonancia de las preocupaciones del sistema financiero italiano. Los alemanes se expresan más claramente a través de Horst Köhler, titular del Fondo.
¿En qué consiste la posición del gobierno en este punto? Kirchner, inspirado en Roberto Lavagna, aspira a que el texto del acuerdo no se refiera con demasiada precisión la pauta fiscal de 2005, lo que en la vieja fórmula de Anne Krueger sería un plan «no sustentable». Es precisamente en 2005 cuando aparecerá el principal desafío fiscal para el gobierno, sobre todo si no tiene fuentes alternativas de financiación más allá de la recaudación impositiva.
El superávit fiscal de 3% (en rigor, 2,4% para la Nación y 0,6% para las provincias), que se pactará con el Fondo para 2004, es consistente con los vencimientos que tiene el país en ese lapso: Hacienda debe cubrir una deuda equivalente a 2,7% del PBI.
Alemanes e italianos observan que, si se computa una quita de 70% sobre los papeles en manos de los acreedores (o si se descarta la quita pero se calcula un interés de 2%), la Argentina debería pagar aproximadamente u$s 1.650 millones adicionales por intereses de su deuda con privados. Pero se inquietan cuando advierten que en 2005 deben agregarse los vencimientos de BODEN y préstamos garantizados, lo que llevaría la exigencia fiscal a un superávit de 6%. Aquí es donde aparece la pregunta dramática que hacen los acreedores privados, sobre todo los europeos. ¿Cumplirá el gobierno con los tenedores de BODEN y préstamos garantizados o también reestructurará esa deuda cuando llegue el momento de pagarla? El gobierno no quiere contestar esta pregunta, sencillamente porque desconoce la respuesta. Y la desconoce porque dejó pasar lamentablemente más de un año sin negociar con los acreedores, mientras todo el mundo asistía a la revaluación de los títulos argentinos. Es en esta instancia que debe buscarse la explicación al enojo de Néstor Kirchner con Guillermo Nielsen.
El problema es bastante evidente. El Fondo y el Tesoro miran la misma caja (el superávit fiscal) pero hay un tercer aspirante a participar en el reparto (los acreedores privados) que hoy no está sentado a la mesa pero se hace sentir a través de los gobiernos de cada país afectado.
• Precisiones
Lavagna no quiere, con lógica, anticipar las medidas que podrían aliviar la carga fiscal de 2005. Podría decir, por ejemplo, que se quedará con la recaudación de las AFJP colocando nuevos bonos o que ofrecerá a los bancos tenedores de BODEN una postergación en la amortización, con un cupón más atractivo. Pero se niega a adelantar esas medidas que, de cualquier modo, no lo salvarían de alcanzar un superávit fiscal de 4% para 2005. Por esos los tenedores de bonos privados, que hacen sonar su voz en el Fondo, pretenden más precisiones. Calculan que el gobierno querrá sacrificar sus derechos por sobre los de quienes ya perdieron sus ahorros en el «corralito», que son capaces de alborotar Buenos Aires. Nadie se quiso -o supo- en el gobierno encontrar una ecuación que incluya la totalidad de estas variables.
• Irritación
Lavagna se irrita cuando le advierten que su estrategia de negociación fue poco inteligente y muy costosa. A Nielsen le molesta que le recuerden el fracaso de su primera aproximación con los acreedores, en Nueva York, que puede reiterarse en la reunión del Fondo, que comienza en Dubai. Pero estos problemas, que aparecieron a la luz por primera vez de manera dramática en el despacho presidencial, han abierto la primera grieta en la confianza de Kirchner hacia su ministro.
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