27 de diciembre 2001 - 00:00

Rodríguez Saá prometió bajar ley laboral y se pelea con senadores

Adolfo Rodríguez Saá prometió ayer a los "gordos" de la CGT que enviará una ley al Congreso para derogar la polémica reforma laboral, aprobada en mayo de 2000. Sin fecha de presentación, la iniciativa presidencial no se funda en el contenido de la ley de trabajo -que, si se cae, favorecerá a los convenios colectivos más retrógrados-, sino en que, a su modo de ver, fue sancionada con sobornos por el viejo Senado. En ese sentido, Rodríguez Saá rescató delante de Rodolfo Daer, Hugo Moyano y compañía la actitud de Antonio Cafiero -promotor de las sospechas sobre supuestos sobornos- y los votos en contra de Carlos Sergnese, Héctor Maya, Daniel Varizat y de su propio hermano, Alberto Rodríguez Saá. Prometió respaldar la nueva moneda con inmuebles del Estado, como la Casa de Gobierno, el Congreso y las embajadas en el exterior.

Rodríguez Saá prometió bajar ley laboral y se pelea con senadores
La visita de Adolfo Rodríguez Saá a la CGT tuvo un giro inesperado: abrió un conflicto entre la Casa Rosada y buena parte del bloque del peronismo del Senado. El Presidente anunció que enviaría al Congreso un proyecto de ley derogando la reforma laboral. Enseguida censuró el «procedimiento de corrupción» que tuvo esa iniciativa en el Senado y homenajeó «a quienes tuvieron la valentía de votar en contra, a mi amigo Antonio Cafiero, a mi hermano Alberto, a Carlos Sergnese y a Héctor Maya».

Aclaró que no tenía el mismo concepto de los diputados. El Presidente no sólo demostró osadía; también que posee información incompleta.

• Novedad


Esta confesión fue la mayor novedad de la reunión de Rodríguez Saá con los gremialistas. El resto del encuentro fue previsible ya que siguió la onda que predomina hasta ahora en la gestión del nuevo presidente, es decir, la de un distribucionismo sin freno. Sólo que en el contexto acalorado de la central obrera y ante la tribuna que lo vivaba, «el Adolfo» subió el volumen de su prédica: ratificó la creación de un millón de puestos de trabajo en un mes, prometió reponer 13% de ingresos que se había recortado a los jubilados y ratificó que será convocado el Consejo del Salario Mínimo, Vital y Móvil, lo que produjo en el sindicalismo la expectativa de una suba gene-ralizada de salarios.

Rodríguez Saá llegó a la sede de Azopardo 802 acompañado por Oraldo Britos y Luis Barrionuevo. Al ministro de Trabajo le tocó vivir una escena imprevista: a pesar de la custodia, le manotearon la billetera mientras ingresaba a la histórica casa, envuelto en el cariño de sus colegas gremialistas. Britos se defendió solo y en un forcejeo recuperó la cartera, mandando detenido a quien no supo entender que el reparto del «adolfismo» tiene límites.

Ya en la casa de la CGT, Rodríguez Saá fue llevado a una sala en la que se encontró con los secretarios generales de las dos centrales, la de Rodolfo Daer y la de Hugo Moyano. Allí comenzó un discurso que fue subiendo de temperatura, a pesar de que la concurrencia era imposible de ser emocionada. El orador lo advirtió a tiempo, cuando se dio cuenta de que era el único que se euforizaba con su propio discurso. Fue entonces cuando lo interrumpió y dijo: «¿No será mejor que bajemos al salón? Si no voy a tener que repetir todo de nuevo». En el Salón Felipe Vallese estaba el resto del sindicalismo: secretarios generales y miembros de las comisiones directivas de todos los gremios.

Antes de bajar, Daer y Moyano se interesaron por una cuestión vital: una de las «cajas» del gremialismo, el PAMI. Rodríguez Saá los tranquilizó diciendo que no sería provincializado, es decir, que conservará el negocio centralizado de los prestadores de la Capital Federal con quienes los gremios tienen sus principales vínculos económicos. El Presidente jugó todavía más fuerte: «El movimiento obrero va a seguir participando de la conducción del PAMI».

La conversación se prolongó un minuto más con una prevención, casi un pedido: Rodríguez Saá advirtió que la emisión de «argentinos» será dificultosa y que habrá que esperar por lo menos un mes para que estén en circulación. No todos los presentes captaron lo que les estaban diciendo: sencillamente, que requeriría de la colaboración sindical para amortiguar el malhumor que puede generarse a partir de la demora en la entrega de esa «tercera moneda».

Una vez en el salón Vallese, despojado ya del saco para cumplir con la estética de la casa, Rodríguez Saá reiteró su planteo inicial, fortalecido ahora por la barra que lo vivaba, casi tanto como a Moyano. Sobre todo cuando habló del Senado y de la aprobación de la reforma laboral con «procedimientos de corrupción». Como se sabe, el camio-nero fue el primer sindicalista en impugnar esa ley con los mismos argumentos, que le proveyó el abogado Héctor Recalde, quien ahora secundará a Britos (también iría al ministerio Lucio Garzón Maceda, si es que acepta la invitación, y Mario Sanz, laboralista ligado a Barrionuevo).

La embestida de «el Adolfo» contra los senadores que aprobaron el híbrido laboral de 2000 provocó movimientos inmediatos en la bancada del PJ. José Luis Gioja buscó enseguida a Marcelo López Arias para ir, juntos, a visitar al Presidente y pedirle que suspendiera con sus críticas. Las razones son más que evidentes: Rodríguez Saá requerirá de un par de leyes clave que son difíciles de conseguir sin la aquiescencia de los senadores, muchos de los cuales pertenecieron al bloque que aprobó la malhadada reforma. No faltó anoche el legislador que, como primera reacción, pensó en que la Justicia citara a Rodríguez Saá a presentar las pruebas de sus dichos.

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