Salir de la crisis requiere más de un blindaje
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Por el contrario, la imagen de las decisiones de política fiscal de las últimas semanas es que estamos navegando aguas con olas gigantes, que pueden bajar o subir en altura, pero en un barco al que nos negamos a fortalecer y en el que una parte de la tripulación está serruchando la quilla. Es cierto que con condiciones externas tan volátiles no se va a bajar el riesgo país con anuncios fiscales aislados, que por más duros que parezcan se vuelven poco creíbles dada la crisis de gobernabilidad. Esa es la principal lección de la macroeconomía del año 2000 en la Argentina. Pero ¿acaso se puede pensar que abandonando la disciplina fiscal existe alguna chance de hacer creíble que la Argentina va a hacer honor a sus compromisos financieros? Y si la respuesta anterior fuera negativa ¿se puede acaso llegar a pensar que la inversión real se va a recuperar en la Argentina si además se revierten las políticas estructurales? La magia no existe en economía y el voluntarismo de querer hacer déficit para crecer y así tener menos déficit y luego poder crecer sostenidamente es una jugada demasiada arriesgada, no sólo porque crea condiciones propicias para el descontrol sino porque es una mala idea económica.
Interrogante
La pregunta relevante es: ¿Cómo salimos en el mediano plazo cuando no pueda utilizarse el argumento del paquete financiero? La respuesta va más allá de medidas aisladas y debe reconocer los tres ingredientes que desde 1998 han hecho muy difícil la transición política después de una década que, nos guste o no, se transformó a la Argentina en dirección a una economía de mercado con todos los pros y los contras que esa transformación implica. Esos tres ingredientes han sido un fenomenal shock externo, el fracaso cultural colectivo que lleva a una parte importante de la ciudadanía a rechazar la globalización y todo lo que ello significa, y finalmente una severa crisis de mediación en el seno de la clase política.
El enorme shock externo que enfrentó la Argentina, medido en tasas de interés o en los términos de intercambio, está presente todavía y ello -aún en las reacciones más rápidas e inteligentes que uno pudiera imaginarse-genera todavía una demora y una caída en la tasa de crecimiento.
Para mitigar este problema es importante que la estrategia externa sea de máxima apertura e integración regional abierta. Ello minimiza la baja dependencia de la economía argentina a los bienes exportables y ayuda a extender el crecimiento de la producción exportable al conjunto de la actividad económica. La otra tarea es fotalecer el ahorro nacional al máximo frente al racionamiento de inversores externos. Ello es básicamente una política de gran disciplina fiscal y profundización de las reformas estructurales, para hacer creíble el crecimiento y vislumbrar en el horizonte una caída sistemática de la deuda pública en relación con el PBI. No existe alternativa a este sendero, nos guste o no.
En segundo término el desempleo y la distribución del ingreso han influido en las percepciones sociales, como un fracaso casi cultural, para examinar de un modo favorable las oportunidades de cambio ofrecidas por la globalización y el progreso tecnológico. Ello explica la resistencia al supermercadismo, a los productos importados y la obsesión para restringir el comercio exterior, a la privatización y la regulación, a las reformas de los sistemas de salud y previsional y a la reestructuración de los Estados nacional, provincial y municipal. En el inconsciente colectivo subyace una gran resistencia a aceptar al mundo tal cual es y actuar como si fuera como queríamos en nuestra imaginación. Esa resistencia se puede traducir en un intento de desconocer las restricciones y emprender un loco camino populista como hiciéramos en repetidas oportunidades en el pasado. Un erróneo diagnóstico de los problemas, una demonización de la globalización y de las reformas, una incapacidad para reconocer los límites de las políticas públicas, puede todavía dar lugar a una catástrofe.
Por último, para que la Argentina vuelva a crecer con fuerza debe revertirse el fracaso de mediación política que se ve hoy en el país y limitarse la influencia de los que indirecta o directamente llaman a volver al pasado. Como en otros países se ha producido una gran confusión dentro de la clase política respecto a la globalización y el desarrollo de las economías de mercado. Esta ha devenido del error de percepción que ello resta campo a la política mientras que lo cierto es que la tarea de la política se agiganta para garantizar que las acciones públicas permitan asegurar el acceso de toda la sociedad a los frutos del crecimiento y de la inclusión e inserción en el proceso productivo. En el mundo corporativo previo al que hoy añoran volver ciertos dirigentes de la Argentina la política perdía importancia porque en ese mundo estático sólo había espacio para el reparto del botín del poder y para el arribismo. En una sociedad en crecimiento y transformación, la política es una demanda de excepcional gravitación por cuanto se trata de prestar a la organización institucional y económica la mirada estratégica y la capacidad de mediación para hacer cambios posibles. El acuerdo reciente entre la Nación y las provincias es apenas un movimiento en esa dirección, pero debe extenderse la discusión a todos los órdenes de la organización económica y pensando estratégicamente el país en su conjunto.




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