La Bolsa no resiste la prueba de estrés que urdió la Fed. Toca domar la inflación, que triplica (y algo más) la meta oficial de 2%, y no bajará sola. El banco central declaró la urgencia, y una hoja de ruta con una sucesión de suba de tasas de longitud incierta más reducción de activos. Lo que la Fed da, la Fed quita. El que a hierro mata, a hierro muere. Wall Street debe navegar contra la corriente y hoy la marejada es la que manda. El S&P 500 clavó un récord el 4 de enero, esquivó el impacto inicial rotando de las acciones de crecimiento a las de valor, pero sin la fuerza necesaria. No le alcanzan los buenos balances para anclar una posición, y por los que muestran fisuras (JPMorgan, Goldman Sachs, Netflix, Peloton) entra el agua a raudales. El Nasdaq intentó dos fuertes contraofensivas consecutivas, y fracasó sin pena ni gloria. No está muerto quien pelea, pero la sangre incita a las hienas. La Bolsa sufrió así la peor semana desde marzo 2020 cuando la pandemia se hizo del timón.
Wall Street se derrite (y es sólo el zafarrancho de combate)
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Desde el 4 de enero, el S&P 500 reculó 8,3%, a un tris de la corrección de manual de 10% (un azote que toca más o menos una vez cada dos años en un mercado bull). El Nasdaq, más indefenso ante un alza de tasas, cayó 15% desde los máximos. Y el Russell 2000, una cartera de compañías pequeñas, se hundió 19%, a un punto porcentual del mercado bear. Ya no soplan vientos favorables, y la Armada Invencible luce desmantelada, en busca de reparo. Que conste que la Fed montó un zafarrancho de combate. La batalla contra la inflación no empezó. Las tasas subirían recién el 15 de marzo. Como hizo antes del taper, el banco central anticipó el escenario tentativo, lo modeló hiperrealista. Es que no quiere un tantrum, el caos que vivió Ben Bernanke en 2013, cuando entre en acción. Con el taper anunciado no hubo problemas, y la Fed hasta podría cancelarlo en la reunión que empieza mañana. La Bolsa, sin embargo, naufragó en el simulador del aumento de tasas. En 2013, Bernanke, al desatar el tantrum, se echó atrás. Estiró la compra de bonos y suspendió la maniobra del despegue. Recién en diciembre de 2015 movería las tasas de fed funds. Claro que la Fed de Powell no puede darse ese lujo. La inflación se sublevó y está en offside flagrante. Pero Powell tiene lo que Bernanke, no. Una economía que se recuperó con vigor, una demanda pujante más allá de las fluctuaciones que provocan las oleadas de covid. La batalla contra la inflación no debe retrasarse (más). En cambio, la guerra de nervios, el estrés que fabricó la Fed para sondear las condiciones de operación, bien puede bajar su voltaje. La curva de bonos es su principal aliado. Está bien, las tasas largas subieron, y preocupan. Porque, ¿cuán compatible es una inflación al consumidor de 7% con tasas a diez años que cerraron 2021 en 1,51? No sorprende que estampen un nuevo máximo del ciclo: 1,90%, el miércoles. Pero cerraron en 1,76% y amortiguaron la zozobra. Y mientras la tasa nominal escaló 31 puntos base el último mes; la tasa real, 44. Es decir, las expectativas de inflación cayeron con la retórica. ¿Cuánto y con qué prisa deberá la Fed tocar las tasas cortas si los bonos tienen razón? Wall Street, en ese caso, remará contra una corriente menos hostil. Con un zafarrancho de combate más frontal que la realidad (que descuenta de golpe toda una ristra de suba de tasas más una prima de riesgo altamente emocional) se podrá a su tiempo restablecer la vertical. No sería una novedad, la turbulencia del tantrum de 2013 fue mayor que el eco de los seis primeros retoques de tasa entre 2015 y mediados de 2018, del total de ocho que resultaron necesarios. Es lo que la Fed procura; ajustar las tasas cortas y que el mundo no se arruine. Si la inflación acusa pronto recibo la transición no será cruenta. Después de todo, su propulsor, el mega-estímulo fiscal de 2021 fue un ejercicio por única vez. Si se retoba, tallará fuerte el temor a la estanflación. ¿Hacia dónde se inclinará el destino? La pendiente positiva de la curva de bonos, el alza de las tasas de interés reales, y los indicadores líderes (que vaticinan un crecimiento de 3,5% en 2022) no atisban una recesión en ciernes. Como a la Bolsa le sobra valuación, eso sí, podrá descremarse con gusto, sin garantía de devolución. Basta ver cómo se destruye el valor presente de las criptomonedas cuando no cambió la percepción sobre su utilidad, solo las condiciones esperadas de liquidez. No debería haber queja. Son las reglas del juego.



