¿Cuál fue la estrategia de Rafael Bielsa cuando decidió montar una operación de prensa -ahora está claro que fue eso- para reclamar contra la política regional del gobierno brasileño? Es un misterio que tal vez no se despeje jamás. Lo que ya es posible conocer son los resultados de su jugada, que deberían inquietar a Néstor Kirchner, por más intrascendencia que le adjudique a la política exterior de su gobierno:
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• En principio, Bielsa no consiguió que Brasil le conteste más que con esas frases terapéuticas que se dedica a los exaltados. Después de todo, tampoco el gobierno contestó la carta enviada por José Luis Rodríguez Zapatero proponiendo un acuerdo con las privatizadas españolas. «Tiempo al tiempo; estamos en campaña», le explicaron al embajador Carmelo Angulo cuando fue a pedir explicaciones a la Casa Rosada.
«Con el canciller Bielsa tenemos una paciencia estratégica», dijo ayer con ironía un diplomático brasileño a este diario. En cambio, la respuesta la tuvo desde el lugar menos esperado: en los Estados Unidos, Roger Noriega señaló a Brasil como el líder regional, y en Brasilia, el embajador de George W. Bush ante Lula da Silva hizo lo mismo. Si alguien está esperando señales políticas para decidir una inversión y decide guiarse por los consejos de Washington, ya tendrá todo claro. Tal vez, Bielsa podría haber evitado estas muestras de desdén que paga Kirchner como presidente antes que su ministro. En su inexperiencia, el ministro no advirtió que la tensión entre Washington y Brasilia, que la Argentina podía aprovechar en los '90, pertenece a un cuadro desactualizado de las relaciones internacionales. Bielsa llegó tarde al «carnalismo», mal asesorado por algunos de sus instructores en la Cancillería.
• La operación de prensa quedó al desnudo hasta en el propio monopolio «Clarín», que la canalizó. Ayer, el principal divulgador de las pretensiones del canciller, el periodista Eduardo van der Kooy, terminó por confesar que Kirchner desautorizó la operación de su amigo. El sábado en «Página/12» y el lunes en «Clarín», había informado que la embestida contra Brasil era una política del gobierno.Ayer, se aclaró que lo era sólo de Bielsa y que la Casa Rosada prefería seguir la línea de cordialidad de Cristina Kirchner, Alberto Fernández y Carlos Zannini. Los tres, que constituyen con el Presidente el corazón del gobierno, se entrevistaron la semana pasada en Montevideo con José Dirceu y con Marco Aurelio García para acordar un sistema de consultas periódicas que sirvan para destrabar eventuales malentendidos. ¿Por dónde pasará la política exterior de Kirchner? ¿Por Cristina, Alberto F. y Zannini o por Bielsa? Por lo pronto, anoche la primera dama lo citó personalmente para que vaya a dar explicaciones al Senado por sus extravíos en la política sobre Malvinas.
• Tal vez, el aspecto más extraño de la operación del canciller haya sido la convocatoria a un grupo de embajadores a una reunión en Washington para analizar la «política exterior» de la gestión y publicar un pronunciamiento antibrasileño. Ahora, todos ellos quedaron al descubierto como intérpretes muy imperfectos de lo que Kirchner pretende de su gestión externa. El más perjudicado en este punto es Juan Pablo Lohlé, embajador en Brasil. El otro dañado, que tal vez haya frustrado su sueño de convertirse en canciller, es José Octavio Bordón, siempre amenazado por Héctor Timerman, convertido ahora indudablemente en el hombre de la Casa Rosada en los Estados Unidos. De los amigos que sentó Bordón a la mesa, mejor pasarlos al olvido para no hacer daño: Juan Carlos Olima (Aladi) está condenado por los Kirchner desde que defendió el acuerdo con Chile por los Hielos Continentales, y Hernán Patiño Meyer (Uruguay) fue excluido de reuniones del Presidente con Jorge Batlle en Montevideo. Más insólito fue que Bielsa hiciera participar de esa reunión de supuesto análisis diplomático a alguien que ni siquiera es empleado público, como el poeta Eduardo Sgüiglia, a quien Kirchner echó de la Cancillería por haberle prometido un acuerdo con Brasil para negociar con el Fondo que nunca existió (y que Bielsa, enamorado de Copacabana, divulgó en aquel entonces en el diario «La Nación»).
• Para los observadores que pretenden ver debajo del agua, «Rafael quiso hacer la gran Béliz». Traducido: abrazarse con espíritu futbolero a una «gesta» nacional para obligar a Kirchner a mantenerlo en el ministerio y no «condenarlo» a una diputación. Por más que a cada rato haga publicar que él hará lo que le ordenen, como ese dudoso «soldado montonero» que dice haber sido en algún lugar y momento.
Sin embargo, lo que ahora logró es ponerse más cerca de la puerta y mejorar la situación relativa de quienes podrían reemplazarlo en la Cancillería.
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