“Desde chico, cuando iba a conciertos de música clásica, de pianistas en especial, veía al típico maestro vestido de smoking, sentado al piano, y el público debajo, como en un nivel inferior...”, dice a este diario Axel Quincke (1989), pianista, abogado y productor argentino nacido en Adrogué. “No es algo que yo hoy cuestione, pero a mí me interesa otra cosa: yo me propongo disolver esa separación entre músico y espectador, deseo establecer un vínculo no solo entre ellos sino entre las distintas músicas y las distintas artes”.
Axel Quincke: el virtuosismo y la versatilidad como sello personal
En sus recitales de piano conviven Rachmaninov con el jazz o el rock, y las artes entre sí. Su fin es romper la valla que separa al artista del público.
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Axel Quincke. Toca el piano, que aprendió de forma intuitiva desde los 9 años: “La música ayuda a sanar, a liberar la mente aun por unos minutos”.
La versatilidad y el virtuosismo de Quincke corren parejos: puede tocar tanto a Rachmaninov como jazz y rock; hacerlo en auditorios específicos para la música como en presentaciones, desfiles de modas, en el país o en el exterior. Y su próximo paso, como se verá más adelante, es convertirse en un pianista en el metaverso, en la realidad virtual. Pero sigamos dialogando con él:
“Lo mismo quise hacer con el repertorio pianístico, una reducción de estilos y épocas, el clásico, los tangos de Piazzolla, el jazz, el blues. Supongamos -ejemplifica-, en la primera parte de un concierto hago obras barrocas, clásicas y románticas, y en la segunda blues, algo de Piazzolla, y hasta puedo terminar con improvisaciones de rock. Eso es una forma, también, de atraer un público joven a los conciertos.”
Quincke comenzó sus estudios de piano a los 9 años. “Mi amor hacia la música clásica surgió por un cassette de Beethoven que mi padre me hizo escuchar. En casa mis padres tocaban mucho obras a cuatro manos. Así creció mi interés en las sonatas para piano de Beethoven y al principio aprendí de memoria obras que mi padre me enseñaba, ya que en ese momento no sabía leer partituras...”.
Hoy, Beethoven se fusiona no en sus composiciones sino en sus programas. “Lo que estoy haciendo mucho ahora”, relata “es una primera parte de piano, y en la segunda con otros estilos y otros músicos. Puedo ir desde alguien que toca saxo en jazz hasta DJ de música electrónica. Por ejemplo, el 16 de julio vamos a hacer un concierto con Nico Bereciartua y el Zorrito Vön Quintiero en la Costanera. Quiero romper la formalidad, esa cosa tan estructurada de la butaca en el teatro, de la gente tan alejada del músico. Cuando doy un concierto no soy el protagonista: la protagonismo es de la música...”.
En el diálogo le mencionamos una frase que alguna vez dijo el legendario pianista Glenn Gould: “El peor lugar para escuchar un concierto es una sala de conciertos”. Gould se refería a las distracciones, al horario que había que cumplir, al espectador que hablan bajo a nuestro lado. Por eso, fue uno de los principales defensores de las grabaciones: uno escucha lo que quiere y cuando quiere, y en la tranquilidad de su living.
“¡Amo a Glenn Gould”, acota Quincke. “Antes de cumplir 30 años dejó de dar conciertos en público porque decía que era una experiencia desagradable. Yo, personalmente, a veces vivo cosas similares según el lugar donde esté tocando y cuán preparado esté el público. Pero quiero aclarar algo: para mí todo el mundo es sensible, lo que ocurre, después, es muchas cabezas empiezan a hacer ruido cuando empiezan el colegio, y salen las comparaciones con el otro, en fin. Osho decía que para aprender hay que desaprender...”. Añadimos: Y Bernard Shaw dijo “mi educación terminó cuando empecé la escuela”. “Tal cual. Yo estoy totalmente de acuerdo con eso. Es decir, no se requiere un tipo especial de preparación para que el arte le llegue a una persona, es todo una cuestión de sensibilidad y atención. Supongamos, cuando yo escucho por primera vez una obra de Mendelssohn que no conozco, no estoy pensando, ah, ahora entra el clarinete y cosas técnicas por el estilo; me dejo llevar por la música. Una de las cosas maravillosas que tiene la música es que libera la cabeza, aunque sea por unos minutos; el arte nos sustrae de la imagen que tenemos de nosotros mismos, que está creada sobre el pasado, la experiencia, la memoria, y que es una imagen ficticia...”.
Le recordamos, en un sentido opuesto, los casos de Daniel Barenboim, que suele retar a quienes tosen o aplauden entre movimientos, o de Keith Jarrett, que interrumpió su concierto en el Colón porque alguien tosía, y estuvo a punto de irse del teatro. “Yo creo que actitudes así contribuyen a alejar al público de la buena música. El ego está por encima del arte. Hay gente que va a escuchar un concierto y no sabe que una sonata está compuesta por tres o cuatro movimientos, y aplaude en el momento incorrecto. Y ahí aparecen esas viejas o viejos de siempre, quienes de muy mala manera los hacen callar para demostrar que son cultos”.
Quincke se formó con maestros como Pía Sebastiani, Ignacio Gómez Bustamante, Alan Kwiek y Monica Cosachov. Se perfeccionó en interpretación musical en Viena, ha tocado en teatros, auditorios, salas, embajadas y museos del país, y dio conciertos en Holanda, Alemania, Austria, España, Francia, Italia, Croacia y Eslovaquia. Entre los hitos de su carrera figura el concierto, con transmisión en vivo, desde el Waldorf Astoria de Nueva York, con el piano que utilizaba Cole Porter.
Otras de sus características es la unión de diversas artes, como la pintura con la música. ”En el Hipódromo de Palermo hicimos un espectáculo con músicos en vivo y artistas pintando cuadros en vivo también, y la gente no estaba sentada sino que recorría el lugar, pasaba junto a los artistas, vinculaba una creación con otra. Yo suelo disponer el piano de tal forma que el público se pueda aproximas, estar al lado. Es a lo que apunto: disolver esa separación entre el oyente y el músico.
¿Cuál es su posición con respecto a la música académica contemporánea? “Para mí -responde- el maestro de lo contemporáneo es Alexander Scriabin, que rompió con todos los moldes de manera genial. Scriabin dormía con los 24 Preludios de Chopin debajo de la almohada, cosa que se nota en sus primeras obras. Después, a partir de la Sonata 4, hubo una ruptura en la que creó un estilo nuevo, el fin de la tonalidad. Ya después Schönberg me interesa, pero menos…” ¿Y muchos de los otros?. Se sonríe y responde: “Reconozco que me fui de un concierto con obras de Stockhausen porque no lo soportaba. A veces me ocurre eso con las artes plásticas ‘conceptuales’ de hoy. Después se comparan con Van Eyck o Rembrandt...”
Inevitable, sobre el final, hablar del tema del momento. La Inteligencia artificial. Quincke responde: “Hace días hablaba con un ingeniero en electrónica, Julián Petrina, que está diseñando un robot que pinta por inteligencia artificial. Nosotros estamos trabajando en un proyecto en lo que se llama el metaverso; es una colaboración con el Museum District de Decentreland, que es el primer y más importante museo del metaverso. Un museo completamente virtual en una ciudad virtual. Petrina lo está diseñando, allí se pueden poner las obras de arte que quieras, de la forma que quieras, se pueden armar experiencias inversivas para los usuarios, colecciones de arte, eventos, etcétera. La idea es hacer un evento en simultáneo en un espacio con un piano y al mismo tiempo que esto alimente otro en el metaverso, (aprovechando las libertades de diseño y creatividad que da el metaverso)”.





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