Hace 100 años se publicó el primer libro de poemas de Jorge Luis Borges, “Fervor de Buenos Aires”, su hermana Norah ilustró la portada y ejerció una influencia crucial. La familia Borges estaba en Europa cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Los hermanos estudiaron en Ginebra y en 1919 se establecieron en Lugano. Allí se consolidaron las afinidades estéticas. Norah aprendió la técnica del grabado y conoció el expresionismo alemán mientras Borges traducía poemas de los expresionistas alemanes. Las imágenes lapidarias y fragmentadas de los grabados ostentan el mismo espíritu de los versos. Borges expresa su conmoción ante el horror de la guerra. Luego, ambos comparten la urgencia vanguardista de las publicaciones españolas. El dinamismo de las imágenes y las palabras resulta notoriamente afín. Borges destacaría años más tarde: “Norah, en todos nuestros juegos era siempre el caudillo; yo, el rezagado, el tímido y el sumiso. En la escuela el contraste se repitió”. Y se repitió también durante el inicio de sus carreras artísticas. Norah era la estrella. No había cumplido veinte años cuando deslumbró en España a los ultraístas y comenzó a ilustrar sus revistas. Y así la reciben: “Norah Borges es nuestra pintora, saludadla, porque además está nimbada de una dulce belleza, análoga a la de los ángeles del divino Sandro Boticelli”.
Un “Fervor” fraternal celebra su centenario
El influjo de Norah Borges fue decisivo en el primer libro de su hermano Jorge Luis.
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Antes de “Fervor…” compartían el interés por la arquitectura. En Mallorca Norah realizó un grabado de la Catedral y las líneas dramáticas del expresionismo subrayan las formas de piedra. El fenómeno intersubjetivo se acentúa; la imagen y el verso fluyen al mismo ritmo. “La catedral es un avión de piedra/ que puja por romper las mil amarras/ que lo encarcelan”. En 1921 los Borges regresan a Buenos Aires y con ellos llega la vanguardia. En la revista mural “Prisma”, el rotundo grabado de Norah muestra la ciudad con una definida impronta cubista. Pero la velocidad y el vértigo se detienen en Buenos Aires. El mundo quieto y estable de Norah aparece en la obra de Borges hasta promediar sus trayectorias. Ella pintaría un universo metafísico poblado de ángeles; Borges buscó un lenguaje propio, rioplatense. Y soltaron las amarras de los ismos.
La arquitectura volvió a reunirlos cuando Norah descubrió los suburbios porteños. Borges reconoce la afinidad estética y cuando se refiere a “Fervor…”, dice: “Guardé esa imagen, esa imagen deliberadamente simplificada y que mi hermana acentuó en la portada del libro, donde pinta una suerte de Buenos Aires platónico, todo con casas bajas, todas con azoteas, todas con zaguanes, todas con patios. Yo me aferré voluntariamente a esa primera imagen.”
Borges reconoce que Norah le hizo ver la horizontalidad de Buenos Aires. “Yo le debo mucho a ella. Por ejemplo, volvemos a Buenos Aires al cabo de tantos años de ausencia – 1914, 1921 – y ella descubrió algo que yo solo no habría descubierto. Ella descubrió que Buenos Aires era una ciudad muy dilatada, de casas bajas, con patios, que era horizontal (ahora es vertical). Ella me dijo: ‘¡Qué raro! Esta ciudad, tan larga y tan chata, y sin embargo todo queda bien’. Y de ahí salió Fervor de Buenos Aires; toda mi literatura salió de esa observación de Norah, que pintó, además, las casas de Buenos Aires antes de que yo empezara a escribir sobre ellas”. En París la torre Eiffel representaba la modernidad, el énfasis vertical, mientras en la Argentina se experimentaba el vértigo horizontal.
El escritor madrileño Gómez de la Serna escriben la “Revista de Occidente”, en 1924, sobre una ciudad que todavía no conoce, pero que adivina casi mágica a través de los versos de “Fervor de Buenos Aires” de Jorge Luis y las pinturas de su hermana Norah. Así describe “esas terrazas en las que suenan los pasos como en habitaciones, como si la noche inmensa adquiriese profunda intimidad sobre ellas y fuese una habitación estrellada”.
Borges relataría al “The New Yorker”: “Escribí esos poemas entre 1921 y 1923, y el volumen apareció a comienzos de 1923. El libro -Fervor de Buenos Aires-, de hecho, se imprimió en cinco días. Hubo que apresurar la impresión (…) No hubo corrección de pruebas, ni se hizo sumario, y las páginas iban sin numerar. Mi hermana hizo un grabado en madera para la portada y se imprimieron trescientos ejemplares. En aquellos tiempos, publicar un libro era una suerte de empresa personal. Nunca se me ocurrió, por ejemplo, mandar ejemplares a los libreros o a los reseñistas. La mayor parte los regalé,”
Opacada
Los críticos aseguran que perdió su talento al abandonar la vanguardia y la describen reiteradamente como una mujer “opacada por su marido y su hermano”. La vanguardia, como un valor en sí misma, dejó de tener sentido para Norah y para Borges también. Ella estudió todos los ismos, se casó con el mentor del ultraísmo, el crítico Guillermo de Torre; expuso sus pinturas junto a las de Picasso y Miró, pero no salió a buscar la fama. Borges le dedicó un libro donde observa: “Norah escribía poemas, pero los destruyó para no usurpar lo que ella juzgaba mi territorio. (...) Publicó asimismo generosas críticas de arte en una revista casi secreta, “Los Anales de Buenos Aires”, y los firmó, para no alardear de escritora con el seudónimo de Manuel Pinedo. Otra vez la misma delicadeza”. Si bien Norah y su marido acaparaban la atención donde quiera que estuvieran, de ningún modo se dedicaron a domesticar a Norah, ni la recluyeron en una prisión. Sí estuvo en una sórdida prisión en 1948, un mes entero, por cantar el Himno Nacional en la calle Florida. Al año siguiente Oscar Ivanissevich denunciaba: “El arte abstracto, el arte morboso, el arte perverso, la infamia del arte”. Si se analiza la influencia del contexto sociopolítico en la sensible Norah, es posible conjeturar otras hipótesis. Miguel de Torre, su hijo, aseguraba que ella se refugió en las iglesias. En el convento Santo Domingo, incendiado luego del cruento bombardeo de 1955 a la Plaza de Mayo, pintó un fresco, como si quisiera curar las heridas. La trayectoria de Norah continuó ligada a su hermano a través del afecto y un sin fin de ilustraciones, muchas para amigos mutuos, hasta la noche que él la invitó a comer al Dorá y le contó que se iba a morir a Ginebra.
Años más tarde, Beatriz Sarlo encuentra en todas las librerías de Inglaterra las ediciones de bolsillo de Borges y analiza con cierta nostalgia el fenómeno del escritor “universal”. Lo cuenta “como una provinciana ingenua” y, agrega: “Sin embargo, experimenté al mismo tiempo la sensación de que algo de Borges (por lo menos del Borges que leemos en la ciudad que él amó, Buenos Aires) se diluía en este proceso de triunfal universalización. Leer a Borges como un escritor sin nacionalidad, un grande entre los grandes es, por un lado, un impecable acto de justicia estética: se descubren en él las preocupaciones, las preguntas, los mitos que, en Occidente, consideramos universales. Pero este acto de justicia implica al mismo tiempo un reconocimiento y una pérdida, porque Borges ha ganado lo que siempre consideró suyo, la prerrogativa de los latinoamericanos de trabajar dentro de todas las tradiciones, y ha perdido, aunque sólo sea parcialmente, lo que también consideró como un dato inescindible de su mundo, el lazo que lo unía a las tradiciones culturales rioplatenses y al siglo XIX argentino”.




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