Accame: "Molestarse por lo extranjero me parece vano"

Espectáculos

Participó el celebrado autor que reside en Jujuy, del foro de dramaturgos realizado en el marco del Festival de las Tres Fronteras, en Puerto Iguazú, donde se reflexionó sobre el desafío de hacer teatro en lugares inhóspitos del país. Dijo que ayudó a la repercusión internacional de la pieza "Venecia" el éxito que tuvo a nivel local. "Creo que los años en cartel influyeron en que directores y productores la vieran y quisieran llevarla", señaló Jorge Accame. Sostuvo además que "no hay que desechar sino alentar el comercio cultural".

Puerto Iguazú - «Los ingleses ofrecieron la puesta de «Venecia» más precaria que jamás había visto», cuenta Jorge Accame, el autor de una de las obras de teatro argentinas más exitosas de los últimos tiempos en nuestro país y en el exterior. «No podía haber más economía que eso, una tarima, un par de sillas, nada de utilería... y cuando me contaron que había costado veinte mil libras hice cuentas: ¡fingir precariedad en Londres había costado treinta y cuatro mil dólares»! El celebrado autor que reside en Jujuy, participó del foro de dramaturgos realizado en el marco del Festival de las Tres Fronteras, en Puerto Iguazú, donde se reflexionó sobre el desafío de hacer teatro en lugares inhóspitos del país. Dialogamos con Accame sobre la rivalidad -para él, «vana»- de los autores locales con los extranjeros, el Instituto de Teatro y la difícil tarea de conjugar la calidad artística con el éxito.

Periodista: ¿Podría recordar cómo llegó «Venecia» a Buenos Aires?

Jorge Accame: Tito Cossa fue a Jujuy a dar un taller, vio la obra y le gustó. Luego me llamó porque Elena Tritek estaba buscando obra para un ciclo en el Teatro del Pueblo. Después, Elena tuvo que viajar y la quería levantar pero cuando regresó, la salita estaba repleta y la siguieron manteniendo. Lo de «Venecia» fue azaroso. Me influyeron mucho dos Titos: además de Cossa,Alberto Damián «Tito» Guerra, en Jujuy, con quien trabajé muchos años. Cuando vi la puesta de Tritek sentí que le faltaban algunos ajustes e imaginé que si Tito Guerra hubiera estado vivo, habría logrado la mejor versión.


P.:
¿A qué atribuye la repercusión internacional de una pieza que, al menos a nivel de lenguaje, está repleta de localismos que suenan extraños incluso en Buenos Aires?

J.A.: No hay demasiado secreto. Con «Venecia» volví a las brujas de «Macbeth», pues las tres mujeres que ayudan a la vieja prostituta a concretar su sueño no son más que eso. Creo que ayudó el éxito local para que los ingleses, por caso, repararan en el espectáculo y quisieran llevárselo. Muchas obras buenas se levantan y privan la posibilidad de explotarlas en el exterior. Creo que los años en cartel influyeron en que directores y productores la vieran y quisieran llevarla.


P.:
Usted trabaja en Jujuy, donde los presupuestos son ínfimos, como en todo el interior del país. ¿Cómo se las ingenian con la escenografía, el vestuario, la utilería...?

J.A.: Existe una metáfora sobre eso que me la enseñó el arquitectó que me ayudó a construir mi casa. Me aconsejó que hiciéramos el techo de zinc, que era más barato, pero yo insistía en construirlo con tejas creyendo que el zinc quedaría mal. Sin embargo, me convenció de usar zinc, bajo la condición de que no lo ocultáramos. Y quedó realmente bello. Con el teatro pasa lo mismo, cuando hay pobreza y busca ocultarse con escenografías aparatosas, queda mal. Cuando la precariedad se exhibe con elegancia, funciona mejor y hasta resulta bella. Sería aplicar el lema de Raymond Carver, «Al escribir, nada de trucos».


P.:
¿Qué evaluación hace de la gestión del Instituto de Teatro?

J.A.: Desde que salió la Ley de Teatro, el Instituto ofreció subsidios en todo el país y los grupos resurgieron como si una fuerza contenida saliera de golpe; se realizó la primera fiesta provincial importante, etcétera. En Jujuy, las salas alternativas que hay, existen por la ayuda del Instituto.

P.:
Algunos autores se quejan de que su trabajo peligra por el auge de obras extranjeras, ¿usted qué opina?

J.A.: Ponen el conflicto en la transculturación, pero yo creo que funciona a la inversa: a los escritores nos viene bien ver qué se hace en el exterior, pues el trabajo del resto oxigena e impide el estancamiento propio. Creo que no hay que desechar sino alentar el comercio cultural, hay que capitalizar. La molestia por lo extranjero me parece vana pues la apropiación que cada grupo haga de los grandes dramaturgos será una obra en sí misma.


P.:
Usted mencionó que hubiera preferido otro director para la versión de «Venecia». ¿Le resulta muy duro resignar su propia visión y aceptar las de los directores?

J.A.: Una vez fui a dar una charla a una escuela sobre el teatro y sus autores y sostenía que las obras, una vez que se las apropian los grupos, dejan de ser de los autores. Luego comenté que «Pajaritos en el balero» ya no me gustaba y que pese a eso la seguían interpretando en los colegios. Y una nena, desde el primer banco, me preguntó: «¿Entonces por qué opina si dice que esa obra ya no le pertenece?». Y no tuve qué responderle.


P.:
«Venecia» conjugó calidad y éxito de público, algo no muy frecuente en nuestro medio...

J.A.: Lo bueno necesita compromiso por parte del espectador. En literatura, están los buenos libros y están los best-sellers. Sería bueno que los empresarios en lugar de apostar a obras chatas con figuras conocidas y libros flojos invirtieran en piezas de mayor calidad. Está claro que prefiero, por caso, «Art», con todas sus falencias, a «Chiquititas» pero al empresario le importa qué «elige» el público masivo.

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