2 de octubre 2001 - 00:00

Al Di Meola volvió a sorprender

La música de Al Di Meola se sostiene en un trípode de orígenes bien distintos. Y aunque él, como repitió frente a un Gran Rex con poco público, sólo reconoce a dos de ellos como sus «maestros» (Astor Piazzolla y Chick Corea), resulta evidente de la audición de su concierto que también ha sido muy importante en su vida artística su asociación, veinte años atrás, con el guitarrista español Paco De Lucía.

Su estética actual, como una suerte de resumen de su propia discografía, pasando por «Return to Forever», el trío con De Lucía y McLaughlin, y la amistad y las reinterpretaciones de la música de Piazzolla, circula entonces entre el tango moderno, el flamenco y el jazz-rock. Así arma su repertorio, con temas propios («The Grand Pasión», «Beyond the Mirage», «Tango Suite», «Infinite Desire», etc.), de Piazzolla («Soledad», «Libertango») y de Corea («Sr. Mouse»).

Y así va pasando, prácticamente sin solución de continuidad, de un estilo al otro, virando al candombe o al flamenco los temas tangueros, aflamencando el jazz, rockeando la música más latina. Como siempre, Di Meola deslumbró con su técnica. Su manejo de la púa es, por cierto, la envidia de cualquier guitarrista. Y las notas se suceden a velocidades extremas sin que se pierda la calidad de sonido.

No estaría mal, sin embargo, que se preocupara menos por exhibir su incuestionable virtuosismo y diera mayor espacio al silencio y a su también evidente talento como músico. De hecho, cuando pasa por los temas o los fragmentos más tranquilos, su propuesta crece y saca lo mejor de sí.

Un renglón aparte merecen, en este caso, sus compañeros de tour. El argentino Mario Parmisano, además de tener también una muy buena técnica, es el mejor cable a tierra para los temas latinos y los tangos. El baterista Ernie Adams es preciso y original y se acopla perfectamente a la locura de notas del líder. Aunque quien se lleva los mayores laureles es el percusionista hispano, de Florida, Gumbi Ortiz quien, con su cuerpo de estibador portuario, puede pasar de las combinaciones rítmicas más atrevidas a la mayor sutileza.

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