7 de diciembre 2000 - 00:00

"Al público lo fastidian los subsidios"

Díaz Salgado y Federico Luppi
Díaz Salgado y Federico Luppi
Se completa durante estos días en Buenos Aires una coproducción hispano-argentina iniciada en octubre último en Madrid, «Pasos perdidos», segunda película de Manane Rodríguez («Retrato de mujer con hombre al fondo»), una uruguaya que, tras residir algunos años en la Argentina, está haciendo ahora una buena carrera en España.

En reunión de prensa antes de empezar el rodaje argentino de este film que aborda el problema de hijos de desaparecidos a través de un hombre que busca a su nieta, dijeron lo suyo la protagonista Irene Visedo («hago una chica española que lleva una vida española, de tortillas, amigos, y olé, hasta que descubre que es hija adoptiva»), Federico Luppi («el papel de abuelo era para Brandoni, ahí está la directora que no me deja mentir»), el diputado Luis Brandoni («para trabajar en esta película tomé una licencia de cinco semanas sin goce de sueldo en el Congreso», se apuró a señalar), Concha Velasco, y Cristina Collado, la elegante y apetecible alcaldesa de «París-Tombuctú», cuyo envidiable marido es el productor Rafael Díaz Salgado. Con él conversamos acerca del negocio del cine y los varios directores que lo hicieron sufrir.

Rafael Díaz Salgado:
Conozco a Manane desde 1987, cuando participaba en «Luna de lobos», sobre los maquís españoles que resistieron al franquismo en los montes de León. Ahora, trece años después, le estoy coproduciendo «Pasos perdidos», un drama psicológico que me parece muy bonito, sobre una chica que debe plantearse su identidad. Mi socio argentino es Isidro Miguel, con quien ya hicimos una de aventuras «La ley de la frontera», de Adolfo Aristarain. Lo llamé, me contó claramente la situación financiera, y, pese a ello, aquí estamos: «Pasos perdidos» se hace sin créditos oficiales. Y me parece bien, porque me consta cómo se fastidia el público cuando ve eso de las subvenciones y los créditos estatales.

Periodista: ¿Cómo entró usted al cine?


R.D.S.:
A través de la literatura, y de mi buena fama como empresario económico. Este es un negocio muy arriesgado, mitad arte y mitad industria, y hay que saber evaluarlo. A favor tengo películas como «La marrana», de José Luis Cuerda, que hicimos para reírnos del V Centenario, «Caín», de Manuel Iborra (con quien pronto haremos una comedia sobre libro de Angeles Mastretta), una del portugués Joaquim Leitao, «Adan y Eva», dos de Pilar Miró, dos de García Berlanga...

P.: ¿Cómo es trabajar con Berlanga?

D.S.: El maestro, el amigo, nuestro padre. Puede desesperarte, en medio de la filmación parece estar hablando de fútbol o de paellas, y sin embargo al mismo tiempo está atendiendo todo lo que pasa a su alrededor, capta conversaciones, capta ideas, las roba, es una verdadera esponja que absorbe todo, por eso hace esas películas corales, propias de un mediterráneo exuberante, como «Todos a la cárcel» o «París-Tombuctú». En cambio Pilar Miró era lo contrario. El racionalismo y la dureza. Ella me enseñó a pelear con los directores. Cuando murió estábamos desarrollando una película sobre el terrorismo vasco, desde el punto de vista de un ciudadano madrileño, es decir, la visión de las víctimas, sobre una actuación absurda, que para la inmensa mayoría del pueblo no tiene sentido, porque nosotros somos españoles, no vascos. Ricardo Franco, el de «La buena estrella», estaba en el equipo. Pero ambos han muerto. Curiosamente, el último plano que Pilar hizo en su vida lo rodó en el cementerio donde ahora está enterrada. A 300 metros justos...

P.: ¿La película era «Tu nombre envenena mis sueños»?


R.D.S.:
Sí. Me tocó acompañarla en su última película. También me tocó la última de Berlanga, porque, con 80 años, no quiere dirigir más. En cambio está desarrollando con nosotros una idea suya muy buena: la construcción de un gran estudio en su tierra, Alicante, con todas las de la ley, incluyendo hoteles, piscina para tomas submarinas, y tecnología de última generación. Queremos que dentro de tres años sea el mejor estudio europeo, la California europea, una Universal en pequeñito, porque también tenemos en cuenta a los turistas, en fin, un estudio capaz de atraer hasta a los americanos.

P.: Como cuando Samuel Bronston iba a hacer sus superproducciones a España.


R.D.S.:
Precisamente en Alicante.

P.: Pasando a otra cosa. ¿Cuánto cuesta una entrada de cine en España?

R.D.S.: Cuatro dólares, y eso que estamos mejor que ustedes, en buena situación industrial, y con ventanas como la televisión digital, cuyas compras cubren hasta 40% del presupuesto de una película española estándar. ¿Acá con cuánto participa la televisión argentina en una producción cinematográfica?

P.: Con nada. Cuanto mucho, compra la película en 20.000 dólares y a perpetuidad.


R.D.S.:
Eso es increíble. En España hay sanciones muy gordas si una empresa de televisión digital no invierte en cine, tanto da que sea la de Telefónica o la del Grupo Prisa. Y precisamente la competencia entre ambas es lo que más ayuda al cine español.

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