«800 balas» (id., España, 2002, habl. en español). Dir.: A. de la Iglesia. Guión: A. de la Iglesia, J. Guerricaechevarria. Int.: S. Gracia, A. de Andrés López, C. Maura, E. Poncela y otros.
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Hace años que terminó la producción de western-spaghetti en el sur de España, pero en medio del desierto perduran los restos de un pueblo de fantasía. En esos restos y esa fantasía se han quedado unos ridículos extras, que hoy viven de pasadas glorias, de escasos turistas, y de la mucha paciencia que les tienen en el pueblo vecino, el de verdad. De un lado, entonces, la Tierra del Nunca Jamás de unos grandulones que todavía juegan a los cowboys, guiados por el más bravucón y mitómano de todos, un tipo que, en el fondo, está escapando de sus propias culpas. Del otro lado, los malos recuerdos, los planes inmobiliarios de una nuera malhumorada y muy apurada, la presión de mucha gente con balas de verdad. Y entre medio, un nieto, que a veces no sabe de qué parte ponerse.
Ese es el esquema de esta historia, ingeniosa y cariñosamente inspirada en tres ricas fuentes: el clásico relato americano del viejo vaquero enfrentado a los nuevos tiempos, tal como lo puede ver una criatura; la forma áspera y aspaventosa del western-spaghetti (adobada por el western-paella que practicaron Antonio Román, Eugenio Martín, J. A. de la Loma y Julio Buchs, este último con nuestra Susana Campos como la heroína), y el humor español, en este caso más esperpéntico que sainetero.
De uno, toma el conflicto socio-crepuscular y le da una luz mediterránea. De otro, el ampuloso cinemascope, el manejo de los tiempos, y una iconografía mítica, bien fuerte y atractiva, como la chica del «saloon» que juega una cubanita preciosa. Y el humor, en fin, es el ya conocido del autor Alex de la Iglesia, un poco emparentado con el de los maestros García Berlanga y Rafael Azcona, con sus juegos corales, sus sabrosas réplicas verbales, y su galería de personajes que se inventan a sí mismos un personaje, y viven algo absurdo con lo más natural del mundo.
Esa es la parte por donde también entra el resto de la humanidad, vale decir, los vecinos, la policía, los noticieros televisivos, el propio director, que hace un cameo, y hasta los marroquíes que en vez de cosecheros ilegales van a trabajar de pieles rojas para los turistas japoneses, y terminan participando en una fiesta de aquellas que nunca vieron y que a uno le gustaría que lo inviten, en especial por la cubanita, que además hasta cumple graciosamente el sueño del pibe, en una escena que aquí hubiera llevado a tribunales a todos sus responsables.
Redondeando: la película está muy bien llevada, y es regocijante. Pero se estira un poco. Acumula demasiadas situaciones, no todas del mismo nivel, y algún espectador puede llegar medio cansado al desenlace, que es un poquito duro y triste, como final de juego, o como lo que esto es en el fondo, mas allá de las risas: una película «de despedidas». Por suerte cierra, eso sí, con un remate inolvidable, un chiste suave y antológico, de esos que hacen reír y llorar un poquito al mismo tiempo. Que para eso va uno al cine.
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